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Los valores alemanes: los Mandarines alemanes o Bildungsbürger

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Los valores alemanes: los Mandarines alemanes o Bildungsbürger

El historiador Fritz Ringer (1969) ha establecido un paralelismo entre los líderes culturales de Alemania, los Bildungsbiirger, y los Mandarines de la China de Confucio. Los Mandarines eran una elite intelectual. según su propia definición, basada en una profunda formación en la cultura china, especialmente en poesía. Un joven varón podía entrar a formar parte de esa elite aprobando una especie de oposiciones cuyas prue­bas no evaluaban sus aptitudes burocráticas o de gestión, sino su dominio de la cultura y la lengua. Los Man­darines valoraban la formación académica en sí misma y se enorgullecían de trabajar sólo con la mente, no con las manos. menospreciando el «trabajo manual» que también los Bildungsbiirger despreciaban. Este én­fasis de los Mandarines en la formación académica frenó en China el desarrollo de la ciencia y la tecnolo­gía, igual que en Alemania frenó el desarrollo de la psicología aplicada.

Los Bildungsbiirger se veían a sí mismos como miembros cultos de una elite basada en una formación rigurosa en la cultura alemana. El autor inglés Matthew Arnold (1822-1888) apuntó: «Lo que admiro de Ale­mania es que allí, aunque también la Industrialización está provocando nuevos y rápidos progresos, la Cul­tura, ta única y verdadera Cultura, es también una fuerza viva» (citado por Smith. 1997, p. 371). Además, los intelectuales alemanes se consideraban excepcionalmente capacitados para acceder a las formas más al­tas de la educación. Albert Schweitzer (1875-1965), para explicar los logros de la teología alemana. escri­bió en 1906: «Sólo en el temperamento alemán pueden encontrarse los perfectos factores y condiciones de pensamiento filosófico, visión crítica, visión histórica y sentimientos religiosos. sin los que la verdadera teo­logía es imposible» (citado por Noll, 1994, p. 35). Los valores de esta elite de los Mandarines influyeron enormemente en la psicología alemana. lo que hizo imposible exportar sus ideas, aunque no sus métodos.

La distinción que hace el sociólogo alemán Ferdinand Tonnies (1855-1936) entre Gemeinschaft (co­munidad) y Gesellschaft (sociedad) nos abre una reveladora ventana al mundo mental de los Bildungsbiir­ger. El concepto de Gemeinschafi representaba todo aquello que los Bildungsbiliger valoraban y aprecia­ban, mientras que la Gesellschaft englobaba todo aquello que temían y odiaban (Harrington. 1996).

El término Gemeinschaft se refería a una auténtica comunidad de individuos que compartían la misma lengua. cultura y raíces geográficas según los ideales de las polis de la antigua Grecia (véase el Cuadro 7.1). Debido a estos lazos comunes, una comunidad formaba una unidad orgánica. una única raza o Vo/k. Una so­ciedad era simplemente una aglomeración de individuos aislados a los que no unía lazo alguno_ a excepción de la ciudadanía y un revestimiento superficial de modales r<civilizados». Las ciudades, especialmente las ciudades nuevas como Berlín, eran la viva imagen de las lacras de la sociedad. La población de las ciudades

Cuadro 7.1

Geeneinschaft   Gesellschaft

Comunidad      Sociedad

Cultura Civilización

Organismo vivo            Agregado mecánico

Rural    Urbana

Vida y Tierra    Mente y Razón

CAPÍTULO 7 La psicología de La conciencia 215

estaba constituida en su mayoría por extranjeros. inmigrantes desarraigado~ por voluntad propia de sus lu­gares de origen para perseguir en solitario sus ambiciones, prioritariamente materiales.

Los cultos Bildungsbürger no rechazaban el pensamiento y la razón como tales. En lugar de ello, se habían empapado del rechazo romántico y kantiano a la razón limitada y calculadora que veían en las ideas de Newton o Hume. De hecho, para muchos mandarines alemanes, la ciencia newtoniana era enemiga del bien, la verdad y la belleza porque concebía el universo como una simple máquina que carece de todo po­sible carácter refinado o espiritual, y cuyo movimiento puede calcularse matemáticamente. La ciencia dio origen a la industrialización, y las máquinas y las fábricas ocuparon el lugar del ser humano y de sus cone­xiones orgánicas con la sangre y con la tierra. Además, al estar compuestas por meras piezas aisladas, las máquinas y las sociedades pueden caer en la anarquía y el caos (Burrow, 2000). La educación de la Bildung quería ser una educación para la vida en una auténtica comunidad. Tal y corno escribió un autor socialista, el objetivo de la Bildung era «hacer crecer todas las semillas de uno mismo, pero al servicio del todo» (ci­tado por Harrington, 19%, p. 24).

Los valores de los Bildungsbürger tienen su origen en el romanticismo, el idealismo kantiano y la Con­tra-Ilustración de Herder. Su deseo de totalidad tenía sus raíces en la experiencia política y social de la Ale­mania del siglo XIX. Antes de 1871. Alemania era una idea, no un estado político como podían serlo Fran­cia o Gran Bretaña. Los pueblos de habla alemana estaban repartidos por toda Europa central, pero estos «alemanes» vivían en estados pequeños. más bien diminutos. casi feudales. El más grande de todos ellos era Prusia. El pueblo alemán aspiraba a la unificación en una sola Alemania. Por este motivo valoraban tanto el estudio de la cultura y la lengua alemanas, que de algún modo les unificaban, si no política. sí espiritual­mente. Con Bismarck a la cabeza. Prusia recurrió a la guerra para crear un imperio alemán que trajese la unidad de la mayoría de los pueblos alemanes, pero no consiguió la unidad que los Bildungsbürger tanto deseaban. Bismarck gobernó su nuevo Reich, no con erudición académica y cultura, sino con sangre y hie­rro. Irónicamente, los Bildungsbürger no eran Mandarines, según se entendía el término en China, porque no gobernaban Alemania como ellos habían esperado. Los catedráticos alemanes conseguían la libertad aca­démica renunciando a sus ambiciones políticas. Al mismo tiempo, la industrialización y la urbanización que alimentaban la maquinaria de guerra de Prusia debilitaron los valores de la Gemeinschuft y amenazaban con convertir el nuevo Reich alemán en una Gesellschaft que podría caer en el caos. El desarrollo económico amenazaba con derrocar la cultura alemana tradicional rural y reemplazarla por un panorama urbano, bur­gués e individualista. Reflejando el desprecio de los griegos por los intereses egoístas, el político e indus­trial alemán Walther Rathenau (1838-1916) escribió:

Todo ser pensante caminará con horror por las calles y verá las galerías comerciales. las tiendas, los almacenes.. La mayor parte de lo que allí se almacena y se vende. elegantemente colocado y despachado por atentos vende­dores. es horrible y sirve a degradantes vicios… Es. en realidad, estúpido, perjudicial, carente de valor… carente de significado e inútil (citado por Wiedienck. 1996, p. 516).

La aversión de los Bildungsbürger se debía en parte al carácter popular de esos productos. Ellos eran «se­res pensantes» guiados por ideales. Los clientes de las tiendas eran miembros de la clase productiva no pen­sante pero numerosa descrita por Platón en su República, a los que guiaba sólo la búsqueda utilitaria del placer.

La Primera Guerra Mundial llevó a un punto álgido de exaltación las esperanzas de unidad de los ale­manes, que quedaron, tras la derrota, hechas añicos. En 1914,  el teólogo e historiador Ernst Troeltsch (1865­1923) expresó el entusiasmo que despertaba en él y en sus compañeros el comienzo de la guerra, ya que ésta parecía conllevar la unidad nacional y el servicio al estado (a imagen de los griegos) que los Mandarines tanto anhelaban:

La primera victoria que conseguimos. incluso anterior a las victorias en el campo de batalla, fue la victoria sobre nosotros mismos… Una vida superior parecía revelársenos, Cada uno de nosotros… vivía para el todo, y el todo vivía en cada uno de nosotros. Nuestro propio yo con sus intereses personales quedaba disuelto en la gran exis­tencia histórica de la nación. ¡La madre patria nos llama! Los partidos desaparecen… Así, la elevación moral del pueblo precedió a la guerra; la verdad y la realidad de un poder espiritual y más allá de lo personal embargaba a toda la nación (citado por Harrington. /996, p. 30).

216      HISTORIA DE LA PSICOLOGÍA

Wundt compartía el entusiasmo de Troeltsch. Él y sus compañeros «patriotas de facistol» escribieron agresivos panfletos anti-ingleses y anti-americanos en los que ponían de manifiesto las diferencias existen­tes entre la comunidad alemana y las «sociedades» más occidentales. Ante todo, despreciaban a Norteamé­rica por considerarla como el emblema de la Gesellschaft, una nación compuesta por inmigrantes que ha­bían llegado allí por motivos comerciales, que no compartían una cultura profunda ni el apego a una tierra común. Para Wundt y otros intelectuales alemanes, los norteamericanos y sus primos hermanos los ingle­ses eran, según palabras de Werner Sombart, meros «comerciantes» que concebían «la existencia del hom­bre sobre la faz de la tierra como una serie de transacciones comerciales que cada uno intenta que le resul­ten lo más provechosas posible». Wundt los vilipendió a causa de su «utilitarismo egoísta», su «materialismo», su «positivismo» y su «pragmatismo» (Ringer, 1969). Por otro lado, el ideal alemán era «el héroe», un gue­rrero cuyos ideales eran «sacrificio. lealtad, franqueza, respeto. coraje, religiosidad, caridad y buena dispo­sición para la obediencia». El mayor valor para los anglo-americanos era el bienestar personal, mientras que el de los alemanes era el sacrificio y el servicio a una totalidad superior.

Pero la Primera Guerra Mundial fue un desastre para Alemania y desencadenó el caos que tanto temían los alemanes. Tras la derrota en el campo de batalla, estallaron motines, revueltas y finalmente, la revolu­ción que reemplazó el Reich por una república gobernada no con sangre y hierro sino con votos. Pero la Re­pública de Weimar venía indeleblemente marcada por su nacimiento en la derrota alemana en la Gran Gue­ITU, por lo que los intelectuales alemanes nunca llegaron a apoyarla. Además, en vez de unidad, la demócracia generó más caos y un gobierno en manos de ciudadanos atomizados e irreflexivos divididos en facciones políticas e incluso en ejércitos privados de soldados descontentos, los Freikorps. Con tan frágiles cimien­tos, la República de Weimar fracasó y cayó en 1933. año en el que fue reemplazada por la unidad totalita­ria de Hitler y los nazis: Ein Reich, Em         Ein Führerlun Imperio, un Pueblo, un Caudillo).

La psicología alemana tomó forma a partir de los valores de los Bildungsbürger. La psicología, al ser la ciencia más directamente relacionada con la naturaleza humana, se debatía entre su alianza con la cien­cia materialista, por un lado. y la esperanza alemana de que el ser humano no fuera sólo cerebro, concien­cia y conducta, por el otro. Wundt fundó la psicología como ciencia dentro de la filosofía_ pero, a medida que fue avanzando su carrera, fue añadiendo límites a lo que la psicología podía hacer como ciencia natu­ral y dejando fuera del alcance de la psicología experimental algunos logros exclusivamente humanos como la cultura y el lenguaje, aspectos fundamentales de la Gemeinsehuft. De igual modo, Wundt se debatía en­tre la visión atomista de la conciencia, que parecía más compatible con la ciencia, y la visión holista del uni­verso que compartía con los demás Mandarines. Él defendía que la conciencia estaba compuesta de elementos. pero que éstos se unificaban en unidades más grandes gracias a la capacidad de síntesis de la voluntad hu­mana. Los psicólogos alemanes de las dos generaciones siguientes se enfrentaron al conflicto entre los va­lores de los Mandarines y la vida moderna, la vida de la industria y la urbanización. La mayoría de los psi­cólogos querían trasladar íntegramente la psicología al reino de las ciencias naturales y algunos querían que se convirtiera en una disciplina aplicada. El poder de la filosofía y el gran valor que los Mandarines conce­dían a la educación académica impedían que se alcanzaran esos objetivos. La vida moderna parecía tender cada vez más hacia las máquinas (la industrialización) y el caos (la urbanización). lo que hacía que cada vez fuera más difícil reconciliar los valores científicos y los humanísticos. No obstante. los psicólogos de la Ges­talt lo intentaron, asegurando encontrar en la naturaleza, en el cerebro y en la conciencia unidades organi­zadas o Gestalten que trascendían satisfactoriamente sus componentes elementales.

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