La pulga en la oreja

 

Entre estos dos contrincantes, entre estos dos protagonistas de la historia: el cuerpo y el alma, materia y espíritu, el tiempo y la eternidad, se encuentra el significado de nuestro ser; pero la clave de este significado no es la sociedad, no son los partidos, no es la Iglesia, no es ninguna una fuerza exterior, es el yo inmortal, el yo indestructible, que no admite ninguna delegación  porque tiene que ser solo él mismo.

 

Fra questi due altercanti, fra questi due protagonisti della storia: il corpo e l’anima, la materia e lo spirito, il tempo e l’eternità, sta il significato del nostro essere; ma la chiave di questo significato non è la società, non sono i partiti, non è la Chiesa, non è nessuna forza esteriore, è l’io immortale, l’io indistruttibile, quell’io che non ammette nessuna delega perché deve essere solo se stesso.

 

Cornelio Fabro

 

Este tipo de afirmaciones me pusieron la pulga en la oreja, me devolvieron la libertad, me devolvieron, sobre todo, donde se encuentra el último parámetro en base al cual construirse uno mismo, que jamás está en el afuera en tanto que ‘conjunto de parámetros construidos por otros’, significantes en el lenguaje de Saussure, sino, en el mejor de los casos esos parámetros ajenos contribuyen a la tarea en tanto que significados, es decir siendo meros vehículos del ser en su irreductible alteridad.

Todo hombre tiene la irrenunciable tarea de tamizar todo lo que lo construye. De no dar nada por sentado. Sin caer en el oposicionismo revolucionario absurdo y adolescentonto descalificador de todo lo anterior por el simple hecho que no le pertenece. Pero, tampoco, sin la comodidad acrítica y la inconsciencia letárgica de no pesar por sí mismo cada ladrillo que constituye lo más profundo de su esencia. Somos seres históricos y la historicidad limitante de nuestro ser en el cuerpo nos obliga a recibir la mochila cultural de otros, que nos precedieron, nos obliga a ser humildes, a reconocer nuestra condición de seres cultivables y no rechazar los planos que otros dibujaron simplemente porque no son nuestros, sería un gran error y sería estúpido. Del mismo modo que sería estúpido usar esos planos para construir nuestra casa sobre un terreno existencialmente diverso sin hacerlos nuestros, sin filtrarlos en la incomunicable experiencia personal de poder decir, en la más solipsista de las expresiones, “estos planos TAMBIÉN construyen la verdad de mi casa”.

 

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