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Alabanza y generosidad

Hace unos días le envié a un amigo mi opinión sobre un trabajo que él había hecho.

Les dejo aquí la respuesta que no pudo menos que sorprenderme:

Te agradezco. Sabía que valía más de lo que me habían dicho o de un simple muy bueno. Pero no pertenezco al grupo de los que podían hacerlo, de los que me podían servir de espejo. Y se sabe, la generosidad del halago no abunda en aquellos que no pueden vivir sin el retorno narcisista de alabarse a sí mismos alabando a alguien de la ‘pertenencia’.
Te agradezco el reflejo. Sin el otro, sin el otro bueno, preciso y caritativo, la sana imagen de sí no fragua, no se solidifica, no se consolida.
Dios nos hizo de barro, de un mismo barro, y por más que nos retorzamos en la fantasía de una consciencia con pretensión de individualismo absoluto, al final del día, el barro reclama lo suyo, cae el velo, se dobla el espinazo y descubrimos que estamos hechos de tantos otros, descubrimos el arlequín cosido con retazos de humanidades.

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