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El tiempo y la enfermedad mental. Un insight terapéutico.

 

Hace meses un amigo me comentaba sobre el caso del “Pequeño Nicolás”, un impostor y figurón que logró hacerse pasar por una persona importante, y lucrar con ello, a partir de dejarse ver con personas famosas. Me decía mi amigo que sería interesante que escribiese algo en mi blog sobre el tema o sobre el Pequeño Nicolás, a lo cual le respondí un tanto evasivamente:

Sí, lo seguí más o menos al caso mientras estaba en la prensa. Lo curioso es que la mayoría de las personas piensan que a los psicólogos nos gustan estos casos raros, y capaz que así sea, los psicoanalistas, por ejemplo, los más ortodoxos, todavía enseñan psicología en base a casos, por supuesto, raros. Y tal vez sea verdad, y hasta se puede detectar un cierto morbo por los casos psicológicos más extremos entre mis compañeros. A mí me pasa lo contrario, los casos raros no me gustan mucho, porque la mayoría casi no tiene solución real (asesinos seriales, violadores, etc.) o porque la terapia a seguir es más que evidente. Tengo un par de pacientes jodidos, un hipomaníaco y otro  con trastorno de la personalidad, pero si bien ambas patologías son jodidas ninguna me apasiona demasiado, porque es muy claro lo que hay que hacer, hay que tener mucha personalidad y aplicar ciertas líneas de trabajo. En estos casos difíciles los roles paciente terapeuta son muy rígidos, en realidad no exigen demasiado del terapeuta, uno prácticamente está allí como un capitán de barco y no mucho más. Sí, me apasionan los casos de personas normales, que no puede decirse que padezcan algún tipo de patología específica sino que están estancados en una fase de crecimiento. Ahí es donde veo mis falencias, ahí ya no podés jugarla de capitán de barco, sos apenas y sos menos que un compañero de ruta. Exige una plasticidad enorme que yo de fábrica no tengo, vos, por ejemplo, en esos casos, aún sin toda la formación específica, creo que podrías hacer un trabajo igual o mejor que el mío, tu plasticidad para volverte el instrumento de sanación del otro haría maravillas. Yo lo intento con mucha torpeza y hago lo que medianamente puedo, y me entreno, me reviso, para hacerlo lo mejor que pueda. La verdad, tengo que dar gracias a Dios que ha sido bueno conmigo, me fascina lo que hago.

Hasta ahí mi respuesta, totalmente sincera, pero hace unos días tomé consciencia de algo que me reconcilió bastante con estos casos difíciles.

La terapia de estos casos difíciles, y el funcionamiento psíquico de estos sujetos en tanto que buscan la salud mental, es similar al neurótico pedestre, pero con tiempos enormemente mayores.

Me llevó un año ampliar la capacidad de escucha en un paciente hipomaníaco, pero fue posible, muy frustrante, porque era golpear una y otra vez la roca con las mismas estrategias, pero posible, a cada golpe brutal de mi parte, que hubiera dejado de cama a un neurótico prosaico, podía ver una pequeña fenda de luz que penetraba su interior. Con el tiempo la fenda se volvió grieta y ya era humanamente perceptible el cambio, no solo para mí, el psicólogo, sino también para el paciente, lo cual me llenó de alegría y orgullo.

Lo mismo con el caso de trastorno de personalidad, en este caso chocaba contra la roca de la ausencia de consciencia de enfermedad. Paciente y brutalmente intenté iluminar desde todos los ángulos posibles su problema, para que entrara en él en la categoría de problema y dejara la zona de anécdota pintoresca. Y otra vez, es ciertamente frustrante, pero después de 4 meses sucedió la epifanía, me dijo: “He estado actuando como un robot toda mi vida”.

Este tipo de pacientes son como los Ents de Tolkien, tienen sus tiempos, tienen otros tiempos, hay que esperarlos, pero gracias a Dios, se mueven, ciertamente que se mueven y eso me llena de alegría y esperanza.

 

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