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El envidioso y la envidia

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… los fariseos salieron enseguida con los herodianos y se reunieron en consejo contra él para hacerlo morir (Mc 3,6)

 

Ya habían decidido que Él no podía ser el Mesías. Un obrero de Nazareth… ¡por favor, faltaba más!

No le correspondía. Punto.

De nada valía que hubiera expulsado un demonio, que hubiera curado radicalmente una depresión («fiebre»), que hubiera hecho caminar a un paralítico para demostrar que podía perdonar los pecados, que hubiera curado una mano seca para demostrar que el sábado mismo dependía de Él.

No. Por más que estuviera por encima del demonio, del pecado y de la ley… y hubiera dado pruebas, no podía ser. No. Y sanseacabó.

Era la envidia.

Era ver el bien del prójimo como un mal para sí.

Pero este muchacho imprudente con pretensiones de Mesías no paraba de hacer «locuras», una atrás de otra. Si no se lo podía tener bajo control, la única solución era eliminarlo. Y a la hora de eliminar al envidiado, las diferencias se suprimen: es por eso que se juntan en consejo los fariseos y los herodianos.

 

*    *    *

         ¿Qué síntomas presenta la enfermedad de la envidia? Antes de responder a esta pregunta conviene considerar cómo la envidia corroe el alma. Esto se ve en las necesidades que impone a quien la padece.

El envidioso tiene la necesidad imperiosa de «hacerle algo» al envidiado, de mostrarle y demostrarle que no es el mejor en todo –el envidioso es pusilánime y tiende a dramatizar, a exagerar y a sufrir mucho lo que serían o lo que él vivencia como pequeñas «victorias» del envidiado–, la necesidad de hacerle notar sus (reales muchas veces, y muchas veces no,) defectos y hacerlo sufrir por ellos (claro, se lo tiene merecido: si presume de ser el mejor, pues bien, que acepte también y sufra en carne viva sus limitaciones…); tiene la necesidad insuprimible de corregir al envidiado: porque el que corrige se pone de hecho en una situación de cierta superioridad, y al envidioso se le hace insoportable la vida si no llega a paladear, aunque más no fuera, mínimamente, una cierta superioridad sobre el envidiado.

 

Muchas veces el envidioso lee una intencionalidad –que, normalmente no es tal– del envidiado en los hechos que lo hacen de hecho sobresalir: el envidioso interpreta allí una voluntad indebida de sobresalir, de mostrarse mejor, «santo», y estalla en persecuciones, maldiciones e improperios. En realidad, no porque le duela el (presunto) desorden del envidiado, sino porque él no tiene manera de mostrarse a ese nivel y no puede competir, porque el envidioso ambiciona la fama y le duele tener que, al menos, compartirla. Como el envidioso es soberbio, no aspira a la virtud, sino a sobresalir, y confunde el sobresalir del otro con la falta de virtud, atribuyéndole una intencionalidad desviada: porque todo se recibe al modo de recipiente y todo se lee según la propia condición. En efecto, la raíz de la envidia es la soberbia, que lleva a hacer del «yo» la medida moral de la realidad moral: «El Mesías –es éste el mensaje del fariseo y del herodiano– si tiene que venir, tiene que ser como yo, y no puedo concebir ni permitir que sea de otra manera». Por supuesto, hábil conocedor de la Ley y los Profetas, acumulará argumentos para demostrar que así debe ser.

 

A la luz de estas consideraciones, por cierto parciales y elementales, es posible hallar con seguridad y relativa facilidad diversos síntomas. Se podría hablar, de manera genérica, de persecución. En efecto, de manera explícita o solapada, como sea, pero siempre, siempre, el envidioso va a perseguir al envidiado. La persecución asume diversas formas y grados de intensidad, muchas veces concatenados en un secuencial in crescendo.

Elencamos algunas manifestaciones sintomáticas.

 

1) La excesiva preocupación por la «excelencia» (presunta) moral del otro, preocupación por exigirla, por procurársela o simplemente por una cuestión de «fijación», de estar fijándose en ella, de estar considerándola. Esto se manifiesta en esa tendencia a examinar con una minuciosidad que supera largamente al más sofisticado microscopio atómico, la vida, dichos y obra del otro.

2) La tendencia al juicio inmisericorde que no procura interpretar del mejor modo lo que en el obrar y decir del otro pueda resultar ambiguo u oscuro.

3) La corrección dura, inflexible e implacable. En efecto, la preocupación por corregirlo es un elemento clave, porque esconde la enfermedad de la envidia bajo el bien de la corrección, la cual, por estar corroída desde adentro y desviada de su natural finalidad, se convierte en una mera apariencia de bien, una falsa corrección. La actitud de dureza al corregir se manifiesta en el convertir la corrección en la exposición aplastante de la lista de «defectos» o «errores» o «cosas negativas» al envidiado, al modo de una lapidación moral. Eso constituye un síntoma, aunque no exclusivo, de la envidia y ciertamente del ansia de poder. Se expresa, además, en la incapacidad de diálogo sincero y de una efectiva escucha de las razones o aspectos que considera el otro. Decimos «efectiva»: es decir, escuchar formalmente, en sentido propio, porque «materialmente»… ciertamente, eso está dispuesto a hacerlo. En efecto, le permite enmascarar su desviación.

Es que la corrección constituye la excusa ideal para esconder al vicio bajo la máscara de la virtud, y la preocupación por satisfacer la propia pasión de la envidia presentándola bajo la figura del deseo del bien del prójimo. Cierto… el envidioso jamás lo admitirá: él nunca, nunca, corrige por envidia, «siempre corrige por caridad y con razones». Sin embargo, la pasión es vehemente y no se puede ocultar. Por eso, de aquí se sigue

4) la dureza y desproporción del castigo impuesto o de la reparación requerida. Este punto no requiere mayore explicaciones.

5) Perdona lastimando y humillando. Cuando el envidioso perdona –tenga realmente algo que perdonar o no–, ello no ocurre por misericordia sino por envidia. No para vivificar, sino para matar. En efecto, lo hace de tal manera que humilla al perdonado, haciéndole notar toda su (presunta) indignidad e inmerecimiento con respecto a tal perdón, el cual deja caer casi con desdén, como las migajas de la mesa de Lázaro. ¿Porqué se da esto? Porque al perdonar de esa manera, el envidioso paladea su (presunta) superioridad y la hace notar: es una victoria refinadísima. Así, bajo la apariencia de misericordia, lo único que hace el envidioso es «apedrear» y «sepultar» a la persona.

6) Argumentación confusa y pruebas insuficientes contra el envidiado. Como hay pasión, muchas veces faltarán una argumentación clara y pruebas fehacientes. Sin embargo, a veces ocurre que el envidioso es una persona con poder y, además inteligente: en esos casos, es capaz de poner su inteligencia al servicio de la envidia, llegando a «encontrar» pruebas –casi como «plantándolas», como se dice en jerga policial–. Por eso es típico de la actitud persecutoria del envidioso el tender trampas al envidiado, ya sea personalmente, ya sea por medio de emisarios («preguntále esto…»), para acumular «pruebas». En ese caso, la pasión se manifestará en esa búsqueda prácticamente insaciable de argumentos y de mil particulares para «agrandar» la gravedad del caso. Se añade a esto la confusión entre lo realmente grave y lo insustancial.

7) La maquinación: juntarse para diseñar planes estratégicos con respecto al envidiado. En la maquinación suelen suprimirse las diferencias entre los maquinadores, vehementemente acomunados por la necesidad imperiosa de suprimir a quien de hecho, y sin procurarlo, (ellos estiman que) los relega.

El texto del Evangelio también muestra que muchas veces la envidia asume el espíritu de casta y se alimenta con la maledicencia compartida entre varios. Así, la envidia tiende a generar una atmósfera hostil hacia la persona envidiada y un ambiente de rechazo hacia la misma.

8) La marginación. El procurar dejar al otro al margen de cualquier cosa relevante en la que pudiera sobresalir: cargo, apostolado, función, lo que fuere. Esto ha de entenderse no de las palabras sino de las decisiones, incluso como estrategia a largo plazo y de manera solapada. La marginación, sin embargo, suele estar también acompañada por la

9) denigración, que la procura. La denigración consiste en la búsqueda de menoscabar la fama del otro mediante las palabras, hacer que baje la estimación en que se lo tiene o a la que puede tener derecho de aspirar. Como el envidioso ambiciona la fama y se goza en ella, le molesta indeciblemente que los demás vayan tras la otra persona, que la busquen, que la tengan como una referencia. Por supuesto, va a encontrar el modo de justificarlo: «Es que tiene defectos graves y hace daño a los demás». Es decir, para el envidioso, el envidiado sólo podría tener derecho a la fama si fuera como el envidioso mismo es, si fuera una copia, una proyección de su identidad: es el mismo código operativo de los fariseos y herodianos. Con la denigración busca, pues, alejar del envidiado las personas que puedan seguirlo. La denigración, además, tiende siempre a expandirse, como una humareda.

Esto equivale a un verdadero asesinato, bajo el respecto de la inserción en la vida social. La denigración suele ser a veces explícita, amparándose bajo el poder que da la autoridad –lo cual la convierte en tanto más grave cuanto más fácilmente asimilable por parte de los destinatarios (sobre todo si se hallan en etapa de formación) y, por consiguiente, más difícilmente reversible–, mientras que otras veces puede ser sutil y esconderse bajo la máscara de una alabanza: «Sí, NN para tal cosa es muy bueno» –dejando muy pero muy en claro el «para tal cosa»–.

En efecto, si el sobresalir del envidiado es muy evidente e inevitable, el envidioso procurará delicada pero tenazmente evitar concederle cualquier otro tipo de espacio en el que pueda sobresalir –sobre todo si en ese ámbito las diferencias son menores o directamente no las hay– para restringir cada vez más el ámbito en el que la persona pueda brillar. Esto se nota inequívocamente en lo siguiente: cuando de manera habitual y prácticamente sistemática se evita encomendarle lo que se encomienda habitualmente a otros que tienen ciertamente menores o iguales condiciones o, al menos, menos experiencia. En efecto, obrando así, el envidioso que tiene poder de decisión se garantiza al menos tres cosas: 1) la imposibilidad de que el envidiado le arrebate protagonismo –entendido en todo el abanico que va desde el simple «espacio de autoafirmación» hasta el «estrellato»–; 2) la imposibilidad de que quien tiene menos experiencia o menores condiciones se lo arrebate, por motivos evidentes; 3) la seguridad de poder sobresalir o seguir sobresaliendo él en ese ámbito constituido mediante el ejercicio del propio poder, ya para sí mismo, ya para la casta (en la cual la «rueda de la fama» le garantiza el retorno, el feedback, de las alabanzas y promociones).

En su afán de denigrar, el envidioso será capaz, incluso, de llegar a alabar a la persona y promoverla en ese ámbito en que incontestablemente descuella, con la sola finalidad de asegurarse el «encerrarla» en ese ámbito y mantener reservados para sí otros ámbitos en los que él mismo, el envidioso, pueda sobresalir. Es capaz de llegar a hablar bien, sí, incluso al modo de una «pequeña penitencia»; pero siempre cuidándose de que ese hablar bien no vaya a significar un ensalzar «desmedidamente» al envidiado, que sea un hablar bien «light», superficial e ineficaz: incluso a veces usará esa misma benedicencia para quedar él como virtuoso a costa del envidiado.

Un signo inequívoco de ese procurar encerrar a la persona en un ámbito reservándose para sí otros igualmente o más brillantes lo constituye el cómo se cela toda actividad que conlleve un retorno de prestigio dentro del contexto social en el que éstos pueden hacer crecer la autoridad moral del envidiado. Por ejemplo: le serán encomendadas estas actividades dadoras de prestigio donde no pueda existir ninguna influencia ni poner en jaque el renombre dentro del propio ambiente; antes bien, se procurará, incluso con argumentaciones («el tiempo…»), evitarlo (el envidioso, en su uso distorsionado del intelecto llega a tener la, de suyo extrañísima, cualidad de mentir diciendo la verdad: dice la verdad… ¡pero es mentira!). El envidioso será incluso capaz de llegar a pisotear el derecho de las personas de elegir libremente a quién confiar la propia conciencia; todo, por supuesto, bajo razón de bien y procurando el bien de las almas… a las cuales se les quita el poder de decidir sobre las propias cosas interiores. Esta tendencia opresiva es típica de la voluntad de dominio que se esconde detrás de la envidia.

10) Es por ello que, cuando está en el poder, el envidioso jamás procurará hacer crecer al envidiado, sino que intentará en la medida en que le sea posible «cortarle las alas». Esta actitud llega a su culmen cuando el envidioso que ejerce el poder efectúa una suerte de castración psico-espiritual, es decir, cuando de manera definitiva decreta para la persona el cierre de una posibilidad, la mutilación del ejercicio de una capacidad. Para quien envidia es un verdadero placer mutilar el alma del envidiado: en estos casos, la sentencia tiene sabor de juicio final y, aunque inconscientemente, bajo la pasión de la envidia el envidioso juega a ser Dios.

11) El grado último de marginación es el asesinato cruento.

 

Los síntomas de la envidia la hacen tan evidente, que hasta Pilato se dio cuenta: «… sabía que lo habían entregado por envidia» (Mt 27,18).

Johannes de Silentio

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  1. #1 por stephanusmurlinis el 9 febrero, 2015 - 5:45 PM

    Perdón, una nota al margen. No está para nada claro que un carpintero en aquella época pudiese ser considerado un “obrero” en el sentido moderno. Menos aún en el contexto hebreo donde los oficios artesanales eran altamente considerados, religiosa y culturalmente (el acomodado Saulo de Tarso –el apóstol San Pablo– sabía el oficio de tejedor de tela de carpas).

    Pero, aún cuando lo fuese, tampoco está claro que Cristo fuese rechazado por “obrero”. De hecho, ningún apologeta hebreo lo menciona como justificación de la crucifixión. Lo que los fariseos rechazaban en Jesús era otra cosa: lo acusan de blasfemo por decirse Mesías sin que se hubiesen materialmente cumplido, según ellos, las promesas de Yahvé. (Esto está clarísimo en el diálogo con el judío Trifón de San Justino Mártir.)

  2. #2 por psiqueyeros el 9 febrero, 2015 - 6:05 PM

    Supongo que la intención del autor del escrito es poner el énfasis en que el envidioso rechaza todo lo que supera el conjunto de sus estructuras valorativas de la realidad. No puede ser Mesías nadie que no encaje en las propias estructuras de lectura de la realidad (cumplimiento material de las promesas…), pero en ese cumplimiento material de las promesas ¿cabría que el Mesías fuese otra cosa distinta de un Rey humano? (No es una pregunta retórica, hay auténtica curiosidad, si tiene alguna respuesta me encantaría conocerla) En principio supongo que no. Por lo que, si bien un artesano pudiese ser valorado en esa cultura como alguien digno de aprecio, ¿conservaría tal aprecio al proclamarse Mesías? En principio la respuesta sería no, un artesano no puede cumplir las promesas del Mesías materialmente (en su totalidad como las entendías los fariseos), y, sin embargo, se habían cumplido algunas de esas promesas, inclusive materiales (los ciegos ven, etc.), las suficientes como para garantir su calidad de Mesías. El escándalo está en que eso lo hace un artesano, no un líder, ni un rey, que doblega a sus servidores con muestras de poder humano avasallante, que no necesita de la fe, al menos en el caso de cumplir con las promesas materiales según entendían estas los judíos. La auto atribución de la condición de Mesías es actuada por un carpintero ecce el escándalo…

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