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El valor precioso de la tristeza y los devastadores efectos de la euforia

La tristeza tiene mala prensa desde el mismo momento que nacemos. A todos nos encanta un bebé que se ríe y nos deshacemos en mieles con sus pequeñas carcajaditas, sin embargo, admitámoslo, nos saca, nos vuelve loco y nos irrita, aunque pongamos cara de ‘pobrecito el crío’, el bebé que se desgañita gritando en inasibles tonos de agudos creando una catarata de filos de vidrio que se ensañan perrunamente con nuestros tímpanos. Por desgracia a ese bebé siempre lo sostiene impasible la señora de atrás en la cola, del banco de al lado en la iglesia o justo tenía que entrar en el mismo negocio cuando precisamente estaba mirando esos artículos que nunca compro, porque no da el bolsillo, pero que el solo mirarlos me relaja. Pero distingamos un poco, por ahí, el instinto maternal hace que la sensibilidad femenina sea un poco distinta, como dice una amiga, cuando uno los escucha llorar y son de otros se pregunta ¿qué les estará pasando?, cuando son tuyos simplemente te da ganas de matarlos…


Las instancias de placer-displacer gobiernan desde los primeros momentos de la más tierna infancia, al menos, la confirmación o desconfirmación del obrar humano. Lo que en términos freudianos sería el ‘principio del placer’, mal que le pese a todo buldog apologético de la ortodoxia que todavía no ha aprendido a administrar, ni a relacionarse con los autores que han dicho cosas geniales aunque con consecuencias nefastas.
Desde pequeños aprendemos que lo que nos da placer es bueno y lo que nos causa displacer es malo. Crecemos y queremos que el placer sea sustentable, articulado en la totalidad de nuestra vida, perfectivo, por lo tanto somos capaces de soportar innumerables momentos de displacer, como el estudio de una carrera universitaria, en función de la obtención de un gozo más integral y omniperfeccionante en relación a la identidad personal y que va ligado a un logro como vehículo de expansión plenificante de la propia identidad. También crecemos y somos capaces de etiquetar el placer inmediato como algo ‘malo’, a saber el conjunto de cosas que, por poner un ejemplo gastado, como la droga o el sexo promiscuo, compromete la realización de un logro mayor expansivo perfeccionante de la propia identidad (sin embargo, por fuerte que sea la etiqueta el atractivo del placer inmediato del atajo permanece y a eso le ponemos otro rótulo: ‘tentación’).
Sin embargo, aunque lo aprendemos, la fuerza de la etiqueta valorativa ‘el placer es bueno, el displacer es malo’, incorporada desde las instancias más tempranas, se propaga como el eco irrefrenable del big bang originario de la formación de nuestra identidad.
Como consecuencia de ese eco huimos como la muerte de la tristeza y buscamos, no ya ‘sorprendernos con la alegría’ (en el inconmensurablemente sabio decir de Lewis), sino habitar en ella con el férreo lazo de la pertenencia, ser los ‘amos’ de la alegría, algo que capturamos y pretendemos administrar despóticamente en nuestra vida, expulsando lo más lejos posible la tierra de infieles, Mordor, el tenebroso reino de la tristeza.
Todas estas reflexiones no se me hubieran hecho figura, no lo las hubiese parido en su especificidad, si no fuese por alguien con tendencias maníacas que últimamente me ha pedido ayuda. Ahí, en carne viva, he podido constatar lo que mi existencialmente distraído estudiante de psicología aprendió hace unos años atrás: el devastador efecto de la euforia.
La euforia hasta en la misma etimología esconde el luciferino engaño. Euforia viene griego εὐφορία que está compuesta del prefijo εὐ que pone la etiqueta de ‘bueno’ o ‘bien’ a todo lo que precede y del verbo φέρω, que significa ‘llevar’. Por tanto euforia sería algo así como ‘andar bien’, ‘llevar bien las cosas’ o ‘ese es el perfecto y embriagador modo dionisíaco de ser, vivir y existir’, bueno lo admito, en este último significado hay una cierta licencia literaria de mi parte inspirado en la nietzscheana sacralización contemporánea de la euforia, la abominación de la desolación en el lugar santo…
La euforia cierra y fosiliza toda posibilidad de aprendizaje. Todo lo hecho es automáticamente autoconfirmado por el bienestar interno producto de la euforia. Se destruye hasta la misma posibilidad de sintonía con la realidad. Quien tiene tendencias maníacas no puede aprender casi nada, está en permanente actividad, en permanente transformación del mundo y es absolutamente impenetrable a cualquier feedback por parte de la realidad. Su estado de ánimo lo diviniza, mira sobre lo actuado y permanentemente descansa en ello como un dios en su creación: ‘y vio que todo era bueno’. Si el maníaco se adapta o simplemente posee un mecanismo de adaptación eufórico que es absolutamente funcional en el orden social obtenemos el perfecto sicópata impenetrable al remordimiento y a la culpa, aunque en apariencia pueda ser desde un líder indiscutido de naciones, fundador de congregaciones religiosas o asesino serial.
Aquí es donde caí en la cuenta del precioso valor de la tristeza. Es el valor del síntoma, es el valor del signo, es el valor de lo que indica que hay que cambiar el rumbo, que estamos por encallar en el arrecife…
Sin la tristeza no habría arrepentimiento, remordimiento, ni, en el plano religioso, conversión.
Sin la tristeza seríamos como ángeles con una sola elección y dirección imposible de corregir, una especie de pulsión ciega fijada impasiblemente en una dirección.
Por eso Señor de las alegrías y de las tristezas no puedo dejar de agradecerte, en lágrimas (y aquí no hay recurso literario…), cada uno de esos preciosos diamantes que han iluminado enceguecedoramente mi vida, aunque haya andado mucho tiempo distraído, atontado, en busca de la euforia…

P&E

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