Para entender el “relato”: La propaganda política.

JEAN-MARIE DOMENACH

INTRODUCCIÓN

La propaganda política es uno de los fenómenos dominantes en la primera mitad del siglo xx. Sin ella serían inconcebibles las grandes conmociones de nuestra época, la revolución comunista y el fascismo. Fue en gran parte gracias a ella que Lenin pudo establecer el bolchevismo; y esencialmente a ella Hitler debió sus victorias, desde la toma del poder hasta la invasión del 40. Los dos hombres que han marcado más profundamente, aunque de manera muy distinta, nuestra reciente historia son, antes que hombres de estado y jefes militares, dos genios de la propaganda que proclamaron la supremacía de esta arma moderna. “Lo principal, dijo Lenin, es la agitación y la propaganda en todas las capas del pueblo”.Hitler, por su parte, afirmó; “La propaganda nos permitió conservar el poder y nos dará la posibilidad de conquistar el mundo”.

En su libro Le Pouvoir et L ´Opinión. Alfred Sauvy observa, justamente, que ningún estado moderno de corte fascista ha caído sin intervención exterior, y ve en ello la prueba del poder de la propaganda política.Podría decirse que, sobremanera, ése es el efecto de la acción de la policía. Pero la propaganda precedía a la policía o al ejército y preparaba su labor. La policía alemana poco podía hacer fuera de las fronteras de su país; la anexión sin combate de Austria y Checoslovaquia y el derrumbe de las estructuras militares y políticas de Francia son, en primer lugar, victorias de la propaganda.En la jerarquía de los poderes del totalitarismo moderno la propaganda política ocupa, innegablemente, el primer puesto, antes que la policía.

Durante la Segunda Guerra Mundial la propaganda acompañó siempre a los ejércitos y con fre­cuencia los precedió. En España, las brigadas internacionales tenían sus comisarios políticos. En Rusia, la Wehrmacht tenía “compañías de propaganda”. La Resistencia francesa nunca hubiera sacrificado miles de hombres, y de los mejores, para imprimir y difundir folletos o volantes de contenido frecuentemente muy pobre, si no hubiera tenido la oscura intuición de que ese esfuerzo era vital. Después llegó el armisticio; pero la propaganda no cejó en su esfuerzo. Contribuyó a la conversión de China al comunismo más que las divisiones de Mao Tse-tung. Radios, diarios, películas cinematográficas, folletos, discursos y afiches, enfrentan las ideas, se impugnan los hechos y se disputan los hombres. Muy de nuestra época es esa historia de los prisioneros japoneses que, en 1949, retornan de la URSS convertidos al comunismo después de una permanencia en campos de “educación política”, y que cuando desembarcan son esperados, Biblia en mano, por los ardientes predicadores de la otra doctrina, para someterlos a una “reeducación democrática”.

Ciertamente, desde que hay rivalidades políticas, es decir, desde el principio del mundo, la propa­ganda existe y desempeña su papel. Fue una verdadera campaña de propaganda la que Demóstenes realizó contra Filipo, o Cicerón contra Catilina. Napoleón, muy consciente de los procedimientos que hacen admirar a los jefes y divinizar a los grandes hombres, había comprendido perfectamente que un gobierno debe preocuparse, ante todo, por obtener el asentimiento de la opinión pública.

“Para ser justo no basta con hacer el bien; es necesario, además, que los gobernados estén convencidos de ello. La fuerza se funda en la opinión. ¿Qué es el gobierno? Cuando le falta la opinión, nada.”

En todos los tiempos los políticos, los hombres de Estado y los dictadores han tratado de lograr la adhesión a su persona y a su sistema de gobierno. Pero entre las arengas del Agora y las de Nuremberg, entre los grafiti electorales de Pompeya y una campaña de propaganda moderna, no hay punto de comparación. La ruptura se halla muy próxima a nosotros. La leyenda napoleónica misma, tan preponderante que cuarenta años más tarde llevaba al poder a un nuevo Napoleón, no puede compararse con el mito que rodea a los jefes modernos. Aun la propaganda del general Boulanger actualiza los viejos tiempos: caballo negro, cancioncillas, imágenes de Epinal… Treinta años más tarde, las formidables olas de la propaganda tendrán como vehículo la radio, la fotografía, el cine, la prensa de gran tirada, los “affiches” gigantescos y todos los nuevos procedimientos de reproducción gráfica. Al conjunto de los medios empleados en todos los tiempos por los hombres políticos para hacer triunfar su causa, y que se relacionaban con la elocuencia, la poesía, la música, la escultura y, en suma, con las formas tradicionales de las bellas artes, sucedió una técnica nueva que emplea medios puestos a su disposición por la ciencia, para convencer y dirigir las masas formadas en el mismo tiempo; es una técnica de conjunto, coherente, que puede ser sistematizada hasta cierto punto. El vocablo con que se la designa es contemporáneo del fenómeno. La palabra propaganda es uno de esos términos arbitrariamente extraídos de las fórmulas del latín pontifical; fue empleado por la Iglesia en los tiempos de la Contrarreforma (de propaganda fide) y casi no rebasó los límites del vocabulario eclesiástico (Colegio de la Propaganda) hasta que, a fines del siglo XVIII, irrumpió en la lengua laica. Pero aun entonces conservó su resonancia religiosa, que solo en el siglo XX perdió definitivamente. Las definiciones que de ella hoy pueden darse poco tienen en común con su primer sentido apostólico: “La propaganda es una tentativa para ejercer influencia en la opinión y en la conducta de la sociedad, de manera que las personas adopten una opinión y una conducta determinadas”1 . Según otra definición, “ la propaganda es el lenguaje destinado a la masa. Emplea palabras u otros símbolos a los cuales sirven como vehículo la radio, la prensa y la cinematografía. La finalidad del propagandista es ejercer influencia en la actitud de las masas en puntos que están sometidos a la propaganda y que son objeto de opinión”2.

La propaganda puede compararse con la publicidad en cuanto tiende a crear, transformar o confirmar opiniones y usa algunos de los medios propios de ésta; pero se distingue de ella porque persigue un fin político y no comercial. Las necesidades o las preferencias que suscita la publicidad están enderezadas a un producto particular, mientras que la propaganda sugiere o impone creencias o reflejos que a menudo modifican el comportamiento, el psiquismo y aun las convicciones religiosas o filosóficas. La propaganda por consiguiente, influye en la actitud fundamental del ser humano.En este sentido puede comparársela con la educación; pero las técnicas que emplea habitualmente y, sobre todo, su designio de convencer y subyugar, sin formar, la hacen su antítesis.

Sin embargo, la propaganda política no es una ciencia que pueda condensarse en fórmulas. Prime­ramente, porque actúa en mecanismos fisiológicos, psíquicos e inconscientes demasiado complejos, algunos de los cuales son poco conocidos; luego, porque sus principios dimanan tanto de la estética como de la ciencia: enseñanzas de la experiencia, indicaciones generales que sirven de base a la invención; y cuando no hay ideas, talento o público, ya no se trata de propaganda ni de literatura. La “psicagogía”, es decir, la dirección del alma colectiva, tiene mucho de las ciencias modernas. Pero ¿ puede llegar a ser ella misma una ciencia?. Esa es la pregunta que deberemos formularnos. Por tanto, no intentaremos codificarla, aun en su estado actual. Creemos y esperamos, que no permanecerá encadenada a las reglas funcionales que le reconoceremos.

1 BARTLETT, Polítical Propaganda

2 Propaganda, communication and public opinión, Prínceton

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Un comentario sobre “Para entender el “relato”: La propaganda política.

  1. Excelente artículo, desnuda muy claramente los hilos que manejan la consecución de acciones que derivan en una manipulación del actuar humano.

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