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El invento moderno del “Profesional”. Historia comparada de la noción de ‘profesional’ en relación al ‘maestro’ y al ‘profesor’

 

Veamos entonces la historia de la palabra ‘profesional’ que nos develará la diferencia con nuestra semántica moderna de lo ‘profesional’.

Profesional viene de la raíz genitiva de la palabra ‘professio’, es decir de ‘professionis’. Profesional es la substantivación personalizada de ‘professio’, professio significa manifestación o declaración de orden público. A su vez viene del participio pasivo de ‘profiteor’ que es ‘professus’ (declarado, manifestado). Profiteor significa declarar abiertamente, reconocer públicamente, confesar y se deriva del prefijo ‘pro’ que significa ‘delante’ y de ‘fateor’ manifestarse que tiene alguna relación con el griego “φαίνειν” manifestarse, de allí vienen las palabras fenómeno, epifanía, teofanía, etc. De modo que la ‘professio’ es el acto de manifestación (fateor) pública (pro = delante de) de algo que es tenido por tal en un orden privado, y por tanto anterior a la ‘professio’.

La profesión como declaración pública de algo que se cree se mantuvo en toda la edad media pero adquiere una ligera desviación semántica en relación a la palabra ‘maestro’ en latín ‘magister’.

En la Edad Media estaba reservado al ‘magister’ (maestro) la lectura de los libros sagrados, sin embargo con el paso de los años y con el aumento de la población cristiana se vuelve imposible reservar únicamente al ‘magister’ la lectura de la Sagrada Escritura, de modo que tal tarea se extiende también a sus discípulos al título de ‘professio’, es decir manifestación o lectura pública de la Sagrada Escritura. De este modo se habilita un sutil desplazamiento semántico. La professio deja de ser solamente una acción para convertirse en el hábito de quien realiza la professio, y de tal habito de hacer ‘professio’ se pasa a designar el rol de quien ejerce la ‘profesio’ que es el ‘professor’ que es quien hace ‘professio’ de algo determinado o se dedica a algo determinado de un modo público y manifiesto. El ‘professor’ existía en el latín clásico con el mismo significado pero queda unido y contrapuesto semánticamente al ‘magister’ en el contexto de la cultura cristiana.

‘Magister’ viene de la composición de ‘magis’ y un sufijo indoeuropeo -ter, contrastivo, es decir que marca contraste u oposición. Por lo que el que es ‘magis-ter’ necesariamente lo es en relación a otro respecto del cual es ‘magis’. ‘Magis’ es un adverbio comparativo que significa ‘más’, de modo que ‘magis-ter’ es el que se encuentra en una posición superior, normalmente de conocimiento y/o experiencia, respecto de otro que sirve de término de la comparación contrastante. Es decir que si se es ‘magister’ se lo es en relación a alguien que está en una posición de inferioridad de conocimiento y/o experiencia.

Es interesante destacar que en el latín clásico el antónimo de ‘magister’ no es el alumno, ni el discípulo sino el ‘minis-ter’, que viene de ‘minus-ter’, es decir el que está en posición de inferioridad y servidumbre en relación a alguien (minus = menos), por lo tanto el ‘magister’ en latín se opone a ‘minister’ (de aquí viene ministro en español) y este último significa inferior, servidor, criado o subalterno, es decir quien  está a las órdenes de otro en posición superior. Por lo que la asimetría maestro-alumno está insita hasta en la misma raíz de la palabra.

Por lo que magister sería en latín el que está por encima de otro con un cierto nivel de autoridad así encontramos que magister significa: jefe, director, guía. Por ejemplo: magister equitum (jefe de caballería), magister pecoris (pastor), magister populi (dictador, jefe del pueblo), magister artis liberalis (maestro de las artes liberales) magister ludi (maestro de escuela en Cicerón, nótese que ‘ludus’ es juego, literalmente sería un maestro de juegos). Sin embargo el maestro de la escuela elemental pública, nuestra primaria, se llamaba litterator, es decir el que enseña las letras (las primeras letras). Por otro lado distanciándose del ‘magister’ estaba el ‘paedagogus’, palabra tomada directamente del griego παιδαγωγέω (paidagōgeō); en el cual παῖς (παιδός, paidos) significa “niño” y άγω (ágō) significa “líder”, o sea “dirigir al niño”. De modo que el ‘paedagogus’ era el esclavo que algunas familias pudientes tenían en casa para completar la educación que los niños recibían en la escuela, en principio eran esclavos griegos, pero después se generalizó a todo esclavo que cumpliese funciones educativas tanto griegos como no griegos. Por lo que hay que tener en cuenta que Magister designa en latín al que ha alcanzado el más alto grado de conocimiento y competencia en su campo o profesión, y por eso podría dar lecciones en ello. Y por tanto se posiciona en un lugar superior al litterator, que era el maestro de escuela primaria y al paedagogus que era el educador de los niños de las familias ricas.

De lo cual podemos sacar conclusiones muy interesantes de los contenidos relativos de ambas palabras. Magister nos da la posición asimétrica de orden cualitativo de quien ha alcanzado un cierto nivel de excelencia en el conocimiento en relación a otro que está en un nivel inferior. Professor nos habla de quien dice de sí mismo en un ámbito social que tiene un hábito que lo habilita, valga la redundancia, a realizar una determinada tarea. El professor,  por su naturaleza social, pone los primeros ladrillos de la institucionalización de la tarea propia del magister.  El professor está siempre subordinado al magister, viene después, en el orden ontológico-social, hay que tener el hábito de excelencia para ‘profesarlo’ socialmente y en el orden histórico de la cultura cristiana son los magister los que dan lugar a los professor en relación a la Sagrada Escritura.

Es interesantísimo que el primer diccionario de la lengua española escrito por Sebastián de Covarrubias[1] ni siquiera tiene la palabra professor como un lema independiente, para Covarrubias lo más importante de la familia de palabras formada de la raíz “profes…” y que se convierte en un lema digno de tener una entrada propia es el verbo professar, que lo estructura como una doble entrada homónima, y en la primera incluye dos acepciones, dándole gran espacio a la acepción religiosa de professar, incluye una segunda acepción un tanto perdida hoy en día: ‘decimos hacer profesión de una cosa, esto es, preciarnos de ella, y cumplirla en todo trance’, que vendría a adecuarse a un sentido amplio de aquel significado que se utiliza en la expresión ‘profesión de fe’, es decir una especie de profesión (por ende pública y social) de valores que se retienen substanciales para la persona. Finalmente, y extrañamente para un lexicógrafo[2], trata como una segunda entrada homónima la misma palabra professar y no se ocupa mucho en definirla sino simplemente da ciertos demarcadores semánticos, literalmente: Professar algún arte, o ciencia. Sentido el cual existía ya en latín clásico pero aquí está notablemente reducido y supeditado a la semántica religiosa propia de la cultura cristiana. Lo cual confirma nuestra tesis de más arriba (a saber, professor se liga diacrónicamente en su semántica a magister). Finalmente, casi como de pasada y sin considerarla digna de una entrada propia define la palabra professor literalmente: “Professor della (el arte o ciencia mencionado en la oración previa), el que la sigue y profesa”. La palabra profesión no se encuentra y no es que no existiese en ese momento, sino que simplemente Covarrubias no considera que tenga la suficiente autonomía y densidad semántica como para tratarla por separado, lo que nos lleva a pensar que todavía en esa época ‘profesión’ significa principalmente y casi únicamente ‘profesión religiosa’ como la describe Covarrubias en la entrada.

A continuación la imagen de la entrada del diccionario a la que nos referimos:

Por otro lado después de la publicación de Covarrubias, del 1611, aparece por primera vez como entrada de un diccionario la palabra ‘profesión’ en el Diccionario de la lengua castellana compuesto por la Real Academia Española, del año 1780, bajo la responsabilidad de Joaquín Ibarra, he aquí el texto original:

Vemos claramente que la palabra profesión se ha despegado de su uso meramente religioso y el primer significado, que normalmente se considera el más usado o popular en ámbitos lexicográficos, ya es una equiparación a la noción moderna de ‘oficio’. Es digno de resaltar que las palabras ‘profeso’ y ‘profesor’ están tratadas por primera vez también como entradas independientes:

Sin embargo, lo cual es altamente significativo, no aparece todavía la palabra ‘profesional’, y digo que es muy significativo por el hecho que este diccionario de la Real Academia ya tiene toda una estructura formal lexicográfica equiparable a nuestros diccionarios de hoy en día, por lo que resulta muy difícil hipotizar que la ausencia de esa palabra fuese un simple descuido del lexicógrafo, como sí se podría pensar, tal vez, en el diccionario más primitivo de Covarrubias. Muy por el contrario el trabajo de Ibarra tiene las características de un producto lexicográfico de primer nivel (estuve tentado de poner ‘profesional’ pero puede confundir a alguien la ironía semántica), por lo que podemos suponer que si Ibarra no incluyó la palabra ‘profesional’ en su diccionario como entrada entonces no existía con la suficiente densidad semántica que meritase tal inclusión.

Tenemos que esperar recién hasta 1869 en el Diccionario de la lengua castellana por la Real Academia Española, Undécima edición, para que aparezca por primera vez, como entrada, la palabra ‘profesional’:

Hay que poner de relieve que la categoría morfológica con la que aparece es la de adjetivo, lo que nos indica que apenas señala una característica propia de quien ejerce una profesión, lo cual nos indica que no es todavía, con toda precisión, la semántica moderna que usamos en la actualidad cuando decimos ‘profesional’. Recién en 1927, cinco ediciones después aparece la sustantivación de ‘profesional’:

[3]

Sin embargo tal definición en algún matiz es más amplia que la concepción moderna de profesional, recién en 1970, seis ediciones después, encontramos una definición que semánticamente se ajusta perfectamente al sentido actual más asimilada a la noción de oficio:

[4]

Sin embargo recién en la edición siguiente de 1984 se despliega toda la riqueza semántica del término, añadiendo hasta una expresión idiomática (a saber, ‘enfermedad profesional’) totalmente nueva y  propia de la época:

La edición siguiente incluye a los deportistas profesionales y en las ediciones posteriores, conservándose en la 22ava edición, se agregan expresiones idiomáticas muy importantes para nosotros como: ‘deformación profesional’, ‘secreto profesional’, ‘sigilo profesional’.

Recién en el año 1947 decimoséptima edición aparece el sustantivo ‘profesionalismo’:

Esta palabra y su correspondiente definición son sumamente importantes porque por primera vez se menciona el ‘lucro’ como distintivo de lo profesional, si se observa atentamente las anteriores definiciones no había aparecido hasta ahora en ninguno de los lemas tratados el lucro de modo explícito.

En el año 1970 decimonovena edición aparece el verbo ‘profesionalizar’:

En el 1984 vigésima edición el sustantivo abstracto ‘profesionalidad’:

Hemos seguido paso por paso el crecimiento de la constelación semántica en torno a la palabra profesional y casi hemos podido ‘tocar’ su transformación a través del tiempo. Las palabras son meros vehículos de las necesidades semánticas de una época, ellas son un fiel reflejo de lo que fue sucediendo en el tiempo con el ‘profesional’, y como  florece contemporáneamente en todos sus matices esta noción netamente moderna.

En la lengua española, y podemos suponer otro tanto para las lenguas neolatinas, es bastante tardía (1869) la aparición de la palabra profesional, sin embargo no parece ser el mismo rumbo tomado en las lenguas germánicas.

Según Max Weber con Lutero se generaliza la profesión desligándola del magister. Max Weber cita a Lutero para confirmar su tesis: “Cada quien recibe el llamado en una profesión (Beruf)”[5]. La palabra que usa Lutero para decir esto en alemán es ‘Beruf’ que deriva del verbo ‘berufen’ que significa nombrar, destinar (por ejemplo: ‘jn ins Ausland berufen’ destinar a alguien al extranjero, ‘jemanden zum Minister berufen’ nombrar a alguien ministro). Por otro lado ‘berufen’ como adjetivo significa vocación (‘zu etw berufen sein’ tener vocación de algo).  A su vez ‘berufen’ está compuesto del prefijo ‘be’ + ‘rufen’. El prefijo ‘be’ en alemán tiene el sentido de realización efectiva de algo, evaluación de algo, aproximación a algo o agarrar algo poseyéndolo. Por su parte ‘rufen’ significa en su modo intransitivo gritar y reclamar, y en modo transitivo llamar, gritar. En interesante agregar que la sustantivación del verbo ‘rufen’, que es ‘Ruf’, significa reputación, fama, grito, llamamiento, reclamo y cátedra. Por lo que el ‘Beruf’ carga en sí la realización efectiva de una vocación  y de un llamado en un ámbito social ya que implica reputación o fama delante de otros.

Según el mismo Weber con la industrialización y el incipiente capitalismo se forma la semántica moderna de profesión que añade lo que ya dijimos que es la mercantilización (lo digo sin valor peyorativo) del trabajo que otorga al contraprestador el derecho de exigir un producto de excelencia en medio de un reconocimiento social que funciona como contralor social de que se posee la idoneidad para realizar tal producto propio del profesional.

Esta tesis se ve totalmente confirmada con el seguimiento histórico de la aparición de las palabras. También es probable que esa noción de ‘profesional’ se diese primero en el protestantismo por su misma tensión de mayor inmanencia en la transformación del mundo que en la cultura católica, más ligada a la trascendencia y a la importancia de ‘lo vocacional’.

(continúa en posts sucesivos)


[1] Capellán del rey Felipe II y canónigo de la catedral de Cuenca, fue un humanista, político y hombre de letras que a partir de 1605 y en sus ratos libres se dedicó a escribir el Tesoro de la lengua castellana o española, considerado el primer diccionario de nuestro idioma. Esta obra la terminó en cinco años, a razón de seis entradas diarias que escribía en orden alfabético. De la lectura de este libro surgen muchos datos curiosos.

[2]  En realidad no es un homónimo, es simplemente una acepción distinta, pero está fuera de lugar una crítica lexicográfica en este lugar y mucho menos a Covarrubias, estamos hablando del primer diccionario de la lengua española, un documento precioso en sí mismo considerado, fundador de la lexicografía en español y totalmente intangible y fuera del alcance de cualquier crítica pseudo-erudita. De todos modos vale la aclaración para todos aquellos que no conocen lexicografía y por medio de estas observaciones puedan detectar y dar relieve a lo que queremos decir en el cuerpo del artículo.

[3] La abreviatura “com.” en el DRAE significa: nombre común en cuanto al género.

[4] La abreviatura U.t.c.s. en el DRAE significa: usado también como sustantivo.

[5] En el Sermonario eclesiástico (Ed. Erl., 10; págs. 233, 235-236)

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