Los distintos aprendizajes del niño II

El llanto sigue siendo el lenguaje prioritario. Se inicia un periodo más «fantástico» en el que los cuentos tienen un valor funda­mental. Los padres suelen acompañar a sus hijos por la noche cuando se meten en la cama —ese bed time inolvidable— y leen relatos e historias que cumplen una doble misión: educar y estimular su imaginación. Son vivencias que quedan graba­das a fuego en la personalidad y que, cuando pasan los años, son rememoradas con amor, como los tiempos más dulces que uno ha vivido.

El deseo del niño de agradar a su madre deja paso a preguntas más filosóficas sobre la bondad o la maldad de una con­ducta, Dios, la enfermedad, la muerte… La vida escolar cobra una dimensión extraordinaria, más allá de lo académico, por la relación con los compañeros, el sentido de la amistad y la di­ferencia entre los sexos, entre otras cosas. Los padres deben sa­ber que es en esta época cuando comienza la educación de la voluntad, y buscarán hacerla atractiva y sugerente, explicando a su hijo, en un lenguaje sencillo y claro, el porqué de la mis­ma. Aprender a leer y a escribir constituye un hito, y en esto, como en lo demás, la madre sigue siendo una figura central.

Es muy interesante el experimento realizado por Harlow con monos criados con dos madres artificiales: una era un cilindro alargado cu­bierto de gomaespuma y envuelto en una especie de tela y, la otra, un ci­lindro de alambre con una cabeza de madera y un biberón. El resultado, sorprendente, mostraba que los monos preferían a la primera madre, ya que su contacto físico era más suave, a pesar de que la segunda les daba el alimento.

Hoy sabemos que algo parecido sucede con los animales domésticos, perros y gatos: el trato afectuoso y las caricias constituyen la base de una buena relación y de la amistad que pueden establecer con sus dueños.

Sería largo y prolijo ir describiendo lo que sucede con el niño a partir de los 7 años. Baste decir que a esa edad la per­sonalidad tiene  ya un perfil bastante definido, siendo los pa­dres capaces de diferenciar la forma de ser de ese niño y de otro hermano, o de un primo o de un amigo. Es más, ya e posible observar parecidos psicológicos, así como distinguir e carácter y el temperamento, es decir, lo adquirido y lo heredado.

De los ocho a los 11 años, aproximadamente, se produce un salto cualitativo extraordinario, especialmente en las niñas, cuya maduración suele tener lugar 3 o 4 años antes que en los niños. Maduración y experiencia van de la mano. Cuando de­jamos de ver durante unos meses a un niño de esta edad, no­tamos más los cambios que se han producido en su conducta y, especialmente, en su modo de ser.

La maduración de la inteligencia es un proceso gradual en el que el individuo va interiorizando esquemas psicológicos, lec­turas, influencias de padres y hermanos, relación con profeso­res y amigos… También hay que tener en cuenta el poder de la televisión, un ingrediente importante que no debemos perder de vista, sobre todo por su efecto negativo si no se ejerce sobre ella un control que evite que los niños queden a merced de lo peor de la programación.

En este proceso gradual que es el desarrollo de la inteligen­cia es conveniente poner orden. Insisto en que los padres no deben olvidar que son los primeros educadores y que educan más por lo que hacen que por lo que dicen. Es su conducta la que habla y su ejemplaridad la que arrastra a los hijos a seguir  una dirección que estiman coherente y atractiva.

Estos son los derroteros por los que se va fraguando la personalidad inicial, que se asoma y se esconde, se diluye y vuelve a aparecer. Se trata de los primeros tanteos, los ensayos y tentativas que sondean el entorno y a uno mismo, buscando una identidad que al principio resulta imprecisa pero que, poco a poco, se vuelve más nítida y de perfiles más precisos.

 

En la actualidad existen bastantes trabajos sobre hijos adoptados. Se plantea de inmediato la cuestión de si éstos se parecen y en qué grado a los padres adoptivos, lo que pondría de relieve que el ambiente familiar es capaz de inclinar la balanza en esta dirección. Un trabajo de Rowe (1990) sobre varios centenares de familias adoptivas americanas puso de manifiesto que el hecho de que los hijos crezcan en el mismo seno fami­liar no tiene por qué significar que sus personalidades se parezcan, al igual que ocurre con los hermanos biológicos, que a veces «parecen cada uno de su padre y de su madre», como dice el refrán.

Surge así de nuevo el viejo dilema: genética frente a entorno, herencia y ambiente. La adopción influye en muchos aspectos que deben ser es­tudiados con rigor, si bien en la mayoría de los casos los hijos adoptivos se adaptan bien y sus padres se preocupan de ellos en todas y cada una de las vertientes de la vida: escolaridad, afectividad, cultura…

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