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La infancia: el momento más feliz. III

Cuando tiene unos seis meses, se ríe al ver el biberón o al re­cibir un juguete o un mordedor. En esta época descubre su imagen en el espejo y se queda sorprendido, sin saber bien lo que está pasando. Poco a poco se va familiarizando con ella y, en torno al año, descubre a los demás. Tiene un significado es­pecialmente rico la aparición de otro niño, su igual, con quien es capaz de compartir una relación nueva, singular, notable, de exploración recíproca.

En el aprendizaje del niño hay dos notas muy destacadas: por un lado, los procesos de imitación, a través de los cuales copia lo que hacen los demás; por otro, la identificación. Sobre ambas empieza a construir­se su personalidad, que dependerá mucho de lo que viva en la infancia. Si ésta es feliz, saldrá fortalecido y en la mejor disposición para afrontar la vida. No obstante, es preciso hacer una enmienda a la totalidad: tan mala es la privación afectiva como la hiperprotección psicológica.

A los dos-tres años empiezan a formar parte de su vocabulario las pa­labras «yo», «mío», «mi». Sobre todo tras su primer contacto serio con la realidad, es decir, al comenzar el colegio o la guardería. Entonces abandona la cálida atmósfera familiar para establecerse en un espacio educativo donde él es uno más.

 

Es cuando hacen su aparición los primeros atisbos de amistad, enfado y celos. Y cuando tiene lugar uno de los grandes descu­brimientos de este periodo: el juego. El niño necesita «meterse dentro» de un juguete y romperlo para saber qué se esconde allí. Al mismo tiempo, el dibujo y los muñecos forman para él un universo clave. La rivalidad, el miedo o el sentimiento que le produ­ce el hecho de que le quiten algo suyo va haciendo que salten las primeras reacciones afectivas.

La educación de los padres en esos años ha de tener el sabor de la maestría.  Un clima de amor y paz es el mejor alimento psicológico que podemos dar al niño, sabiendo combinar, con sentido común, unas reglas de vida estables y a su vez no de­masiado rígidas, que van conformando un proceso educativo solemne, espléndido y fundamental.

Una correcta y sana nutrición, que enseñe a evitar caprichos inútiles que más tarde cuesta quitar, es también muy impor­tante. Debe aprender a comer solo y a manejar por sí mismo los cubiertos, algo que se suele lograr hacia el año y medio. Otra regla que ayuda a regular la vida del niño es el sueño. Si de recién nacido se pasa el día durmiendo, a medida que pasan los meses esto se va modificando. La madre no debe perder de vista que, poco a poco, va inculcando en el cerebro del niño un reloj biológico que pronto él hará suyo, y según el cual dor­mirá y se despertará. Se puede dormir al niño moviendo su cuna o cantándole, pero sin olvidar que, si no se anda con cui­dado, él pronto manipulará a sus padres y creará un círculo vi­cioso. También en esta etapa tan temprana de la vida resulta conveniente educar al niño, pues si se crean unos hábitos ne­gativos todo será después más difícil.

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