La influencia del desgaste de pareja y familiar en la crisis de la madurez.

León Rapopport

Si los roles de trabajo pueden, parecer desprovistos de sentido cuando no son más que recursos instrumentales —vehículos para el logro de algún fin o meta extrínsecos al trabajo mismo- por las mismas razones los roles familiares pueden sufrir el mismo destino. Podemos comenzar a desentrañar en parte este problema empezando por el acto mismo del matrimonio, que con frecuencia implica consideraciones extrínsecas tales como conformidad para con los valores de los pares, búsqueda de seguridad material y bús­queda de status. Recuérdese la sugerencia efectuada en otra obra de esta colección en el sentido de que las mujeres jóvenes pueden percibir el matrimonio de un modo muy semejante a como los hombres jóvenes perci­ben sus carreras. Parece, por ende, probable que muchas de las conside­raciones que llevan a los hombres a conseguir trabajos ventajosos conduzcan a las mujeres a situaciones matrimoniales ventajosas, produzcan el mismo tipo general de falta de sentido al llegar la madurez.

A nivel práctico, el problema del sentido con que se enfrentan quienes se casan por el dinero o el prestigio consiste en que una vez lograda esa meta, no encontrarán ellos razón fundamental alguna para mantener la relación por un período largo, particularmente si la amenaza de pérdida de la seguridad material puede eliminarse merced al pago de alimentos. De ordinario, buena parte del sentido mutuo que las parejas encuentran en el matrimonio implica un esfuerzo compartido por lograr seguridad material; la esposa que trabaja para ayudar a que progrese su marido, por ejemplo, puede experimentar con ello un importante sentimiento de parti­cipación en el progreso de aquél, y una sensación igualmente importante de que se la necesita. Nada de esto es probable si inmediatamente después de la ceremonia del matrimonio se ha logrado una plena seguridad material.

Por fortuna, dado que la mayoría de nosotros no tropezamos nunca con la oportunidad de prostituirnos en el matrimonio (no existen tantas personas ricas que anden por allí haciendo ofertas de casamiento), los problemas de sentido de este carácter no aparecen con gran frecuencia. Ocurre, sí, y bastante a menudo, que en la madurez, después que la pareja corriente ha alcanzado la seguridad financiera, se pierda la necesidad mutua y la lucha compartida que le otorgaron un sentido importante a su rela­ción. Constantemente podemos encontrar ejemplos de esta situación: la esposa que primero trabaja duramente para ayudar a su marido y después engorda criando niños puede a los 35 ó 40 años, encontrarse sin función significativa si su marido y sus hijos son para entonces relativamente autosuficientes. Además, si al marido las cosas le han ido realmente bien, éste puede, a esta altura, no hallar mucho sentido ni en su esposa ni en sus hijos. La primera puede haberse transformado en una aburrida ama de casa, los segundos pueden verlo como a un tonto, y las relaciones que con ellos mantiene pueden encontrarse centradas en la libreta de cheques más que en ninguna otra cosa. Si, además de esto, el hombre es todavía lo suficientemente vigoroso y bien parecido como para que a su paso se vuel­van las cabezas de las secretarias jóvenes, se halla ya dispuesto el escenario para un melodrama de gran estilo.

Todo esto puede sonar como un trillado guión para una película de segunda categoría, pero algunas realidades son precisamente así: realmente chocantes en su banalidad. Uno de los clichés que pueden observarse en la vida académica es el del exitoso profesor titular, distinguido, locuaz, al que nada le falta, ni el bigote elegante, ni las patillas, ni las chaquetas de fantasía, ni el auto deportivo, pero que tiene una esposa o ex esposa abu­rrida y de desagradable aspecto arrinconada en lugar seguro y que nunca aparece en primer plano.

Otra forma de carencia de sentido, puede producirse durante la madu­rez si la vida de familia se convierte en un instrumento defensivo mediante el cual cualquiera de los esposos mantiene cierta seguridad psicológica; Es difícil transmitir este punto sin entrar en los detalles clínicos, pero, en ge­neral, puede planteárselo del modo siguiente: enfrentados con todo el desgaste de la vida adulta, los esposos o las esposas pueden utilizar la vida en familia como una especie de elaborado mecanismo de defensa; El hombre que se siente vencido o amargado en el campo del trabajo; por ejemplo, puede dar salida a estas frustraciones volcándolas sobre su familia del mis­mo modo que algunos hombres liberan con prostitutas sus frustraciones sexuales. O bien puede utilizarse la familia con propósitos de sublimación o proyección: el padre que trata de convertir a su hijo en el médico o el abogado que habría querido ser, la madre que empuja compulsivamente a la hija hacia una atractiva carrera o matrimonio y todos los progenitores que racionalizan sus propias desilusiones insistiendo en que vivieron para sus hijos, cuando en realidad han tratado de vivir a través de ellos.

Las variedades de la patología que son posibles cuando se utiliza a  la familia como mecanismo neurótico de adaptación, son casi infinitas, y es casi imposible distinguirlas de los sentimientos saludables de responsabili­dad y de preocupación, a menos que se trabaje sobre historias de casos detalladas. No obstante, el problema existe. Además, conduce a una parado­ja lógica: ¿cómo es posible decir que la vida de familia carece de sentido si cumple una función, neurótica, pero no obstante importante? El único modo de responder a esto consiste en apelar muy brevemente a la dinámica clínica. Siempre que una persona o una situación adquiere sentido en fun­ción del servicio que presta como mecanismo neurótico de adaptación su sentido intrínseco y auténtico se perderá. Si a la vida de familia se la explota de este modo, sólo puede proporcionarle al individuo un sentido artificial o adulterado. Y el problema de todo lo que es adulterado reside en que precisamente no se mantiene como la cosa real. Por ende, puede sostenerse que cuando la familia se vea sometida a una tensión suficiente, o se produzcan en ella cambios significativos, entonces, como cualquier otro mecanismo de defensa, su sentido neurótico cederá y dejará lugar a una ausencia de sentido que lo invadirá todo.

¿Qué tipo de sentido positivo pueden, pues, esperar un marido y una esposa cuando las perspectivas parecen serles tan adversas? Si el sexo envejece y las energías se desgastan en diferentes direcciones, si los intere­ses cambian, ¿qué esperanza hay de que siga teniendo sentido su relación? Más adelante pasaremos revista a algunos enfoques teóricos que abarcan este problema, pero es preciso hacer aquí unos pocos comentarios directos sobre el mismo.

El matrimonio frustrado de Bertrand Russell constituye un ejemplo instructivo. Según él lo describe, su compromiso con su esposa era prácti­camente total; lo suficientemente fuerte como para mantenerlo a su lado aun después del momento en que habría preferido vivir solo. Durante varios años aquel compromiso bastó, aparentemente, para que el matrimonio fuese feliz. Mas a lo largo de su autobiografía, aun después de descontar su inevitable parcialidad, resulta perfectamente claro que el compromiso que su mujer tenía con él no era en modo alguno tan fuerte como el que él tenía con ella. Ahora bien, una situación como ésta puede mantenerse durante algún tiempo sin que se convierta en una fuente grave de problemas. Pero a medida que los años van transcurriendo, la mayoría de las per­sonas -inclusive una tan singular como el brillante Russell de su juven­tud- comenzarán a sentir que esa situación es irritante.

La cuestión es que tras varios años de matrimonio, el sentido de éste dependerá de una lealtad de un compromiso mutuos relativamente fuertes e incondicionales. En realidad, esa lealtad o confianza es quizás la única cosa realmente singular que varios años de matrimonio pueden producir. Todo lo demás: compañerismo, sexo, intereses compartido, pueden obtenerse con poco esfuerzo; ninguna de esas cosas exige años y años de vivir

en común, ni necesariamente resulta de relaciones prolongadas. Pero la confianza y la lealtad profundamente asentadas exigen tiempo, y a través del tiempo pueden tornarse más fuertes. Este tipo de cosa requiere qué cada interés o actividad individual se comparta según la base de 50/50; lejos de ello. En lugar de esa parodia del compromiso mutuo que suele indicarse mediante expresiones tan atroces como “la necesidad de estar juntos” [togetherness], apuntamos aquí hacia una relación lo suficiente mente fuerte como para que admita, sin deterioro, los intereses divergentes, las diferencias de opinión, y/o las circunstancias que imponen a veces ‘la necesidad de estar separados’. En suma, si el matrimonio ha de resultar significativo a lo largo de los años, será preciso que se produzca una acumulación de confianza, consideración mutua o como quiera llamárselo (amor maduro quizás) que no solamente pueda sostener a los miembros de la pareja a través de las tensiones domésticas usuales, sino robustecerlos también de modo que cada uno, en virtud de la existencia del otro, por así decirlo, se más de lo que él o ella serían si estuviesen solos.

Sin duda, todo esto implica un precepto de suma exigencia y por cierto que habrá de considerarse afortunada la persona que a este respecto pueda mirar su propia casa sin temer ni temblar, pero en el caso de Russell nos encontramos con claras evidencias de que el precepto no se cumplió. Su esposa nunca cedió en su adhesión a una peculiar filosofía que combi­naba una religión fundamentalista con los derechos de la mujer, al accedió a dejar de lado sus vínculos familiares con una madre y un hermano neuró­ticos, en favor de su marido. Russell concilió, y le admitió muchas veces sus deseos, mas casi nunca recibió a cambio una consideración semejante. De modo que, finalmente, se separaron, mientras ella se esforzaba por seguir conservando a Russell como un importante objeto instrumental de su vida.

Resumen y discusión

Es poco lo que proporciona la investigación formal en materia de evi­dencias que guarden manifiesta relación con el tema que ahora tratamos, pero nuestro supuesto de que, el desgaste y el sentido constituyen factores críticos de la madurez, encuentra sólido apoyo en la experiencia común que es propia de este período. Por una parte, parece manifiesto que la, mayor parte de las personas sienten formas significativas de desgaste a mediados de su treintena, quizás antes, y ciertamente no mucho después. Esta generalización se aplica tanto a la esfera fisiológica como a la social-psicológica de la vida. Por otra parte, es menos notorio, pero probablemente no menos cierto, que aproximadamente por la misma época las personas toman también conciencia de problemas de sentido que guardan relación con su trabajo o su situación familiar.

Si bien es posible apreciar por separado cada uno de estos dos factores críticos, debiera quedar claro, también, que puede existir entre ellos una mutua relación causal. EI sentido común sugiere que si bien el desgaste de la madurez no habrá de producir directamente problemas de sentido, habrá de servir no obstante, con seguridad, para intensificarlos

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