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La personalidad y su geografía

UN TEMA INTERMINABLE Y ESENCIAL

Los innumerables matices, ingredientes y ángulos de la perso­nalidad convierten este tema en un mar sin orillas. Todos y cada uno de ellos van construyéndola poco a poco, desde la in­fancia, y las vivencias, los aspectos congénitos y los adquiridos se amontonan lentamente. Tres son las caras de la personali­dad: herencia, ambiente y experiencia de la propia trayectoria. Llegar a ser una persona libre, independiente, con una cierta madurez y equilibrio es la meta hacia la que debemos dirigir nuestros esfuerzos. Hemos de ser capaces de pilotar nuestro mundo personal. La clave para lograrlo suele estar en una síntesis de planos, entre los que destaca tener claro el propio modelo de identidad.

Cuando yo era un adolescente pensaba que había una serie de personas dignas de imitación. Más tarde, ya en la universi­dad, me sucedió lo mismo, pero entonces podía afinar más y no quedarme sólo en lo que se veía, sino bucear en su interior. Los psiquiatras, expertos en la conducta, tenemos muy pre­sente lo importante que es crecer entre personas sólidas, fuer­tes, firmes, consistentes, que nos atraen a seguir en una direc­ción similar. En la sociedad de la comunicación en la que vivimos nos sentimos traídos y llevados, bombardeados por una ingente cantidad de información y de datos que, a la larga, aportan poco al crecimiento personal. Se suceden las imágenes negativas, las noticias sombrías, los personajes sin mensaje… Y no es que no haya gente emulable, sino que los grandes medios tienden a escoger sujetos vulgares, de escaso interés.

Es preciso saber mirar por debajo de las apariencias para traspasar el límite entre la superficie y la profundidad. Así es posible conocer a fondo a las personas, saber qué encubren, por qué han seguido esa travesía y no otra, cuáles han sido sus motivaciones… Los psiquiatras constatamos a diario que el comportamiento resulta equilibrado cuando hay coherencia entre lo que dice y lo que hace un sujeto. Al entrevistarnos con alguien, con el fin de saber qué le pasa, sobre todo hemos de escucharle, un arte que necesita tiempo y oficio. También de­bajo del discurso verbal hay un subsuelo que es menester des­cubrir.

En los niños la exploración de la conducta es más sencilla, pues todavía no han aparecido los mecanismos de camuflaje. En la adolescencia se produce un desbordamiento de vivencias: todo sube y baja, se vive apasionadamente, el ánimo se entris­tece sin saber por qué, los sentimientos carecen de una arqui­tectura fuerte y resultan muy influenciables… Ya en la prime­ra juventud nos encontramos con más elementos de juicio; la vida se pone delante con todo su realismo y nos hace saber que, si uno quiere avanzar, tiene que saber en qué dirección, ya que de lo contrario se sentirá perdido. Por su parte, el adulto empieza a obtener resultados de todo lo que ha ido haciendo. Los argumentos de su existencia han ido dejando un poso que puede estudiarse con cierto rigor; estamos ante una bio­grafía más elaborada.

En cada etapa de la vida, marcada por sus notas peculiares y sus inquietudes propias, la personalidad funciona como centro rector del patrimonio psicológico. Si se tiene una buena ar­monía, se irá construyendo un castillo amurallado en el que protegerse de los enemigos y las dificultades exteriores. No hay nada peor que estar desequilibrado, perdido, sin visibilidad in­terior. Por eso, para ser feliz lo primero que necesitamos es ha­bernos encontrado a nosotros mismos.

La «mansión» de la personalidad está habitada por distintos elementos: físicos, psicológicos, sociales y culturales; tetralogía en la que sus huéspedes se influyen recíprocamente. La enfer­medad modifica de alguna manera el temple del estado de ánimo, de igual modo que la soledad excesiva pesa y modifica el estilo de ser. La cultura sirve de trampolín para saltar, en una pirueta inteligente, sobre las circunstancias. En las crisis depresivas, por ejemplo, se produce un repliegue sobre uno mismo que invita a dirigirse al pasado y quedarse con los re­cuerdos más negativos; los sentimientos de culpa emergen si­lenciosos. En los cuadros de ansiedad, la personalidad se ve empapada de un porvenir incierto, temeroso, difuso y poblado de malos presagios; unas veces es el pasado el que toma el mando y otras, el futuro. Esta oscilación tiene lugar entre dos polos: interioridad-exterioridad o pasado-futuro. Pero lo que el ser humano debe conseguir es vivir apoyado en un presente fugaz, transitorio, de paso_ permanente, que sirva de cauce para que los hechos transiten_su geografía.

Hoy podríamos afirmar que las formas de vida desestructu­radas se han popularizado, se han democratizado. La actuali­dad, como hemos comentado, nos trae modelos humanos in­consistentes, con poca densidad; vidas caracterizadas por la permisividad y el relativismo. Son éstos tiempos revueltos, pero ¿cuándo han sido serenos, pacíficos, no conflictivos? Basta echar una ojeada a la historia reciente de Europa.

Creo que la desorientación es uno de los signos de la pos-modernidad. El ser humano está cada vez más preparado para vivir instalado en la incertidumbre, el desconcierto, la perplejidad. La sociedad de hoy es compleja; está tejida de in­gredientes contradictorios que conducen a muchos individuos a no saber a qué atenerse: lo bueno y lo malo, lo exce­lente y lo perverso, el blanco y el negro… Los nuevos enemi­gos de la sociedad planean de forma solapada: el aburri­miento, el hastío, la depresión, el cansancio psicológico, el escepticismo, la incultura, la frivolidad… Se tambalean los puntos de referencia y emerge una nueva perplejidad: es la y e­volución del desconcierto y del pensamiento débil. Todo en la persona se vuelve endeble, ligero, a punto de desmoronarse; y ello incide directamente sobre la célula de la sociedad, que es la familia. El escepticismo es propio de los tiempos que co­rren, cuyos principios son cada vez menos firmes e inamovibles, y el individualismo se ha convertido en una fortaleza en la que muchos se atrincheran, levantando la bandera del subjetivismo.

Es como si hubieran desaparecido los héroes, como si las vi­das extraordinarias no interesaran, salvo que estén rotas o fragmentadas. Tener cierto equilibrio psicológico resulta para muchos algo aburrido; se lleva estar en crisis, vivir sin convic­ciones fuertes. La cultura light convierte cualquier relación en algo de usar y tirar, sólo invita a consumir y a dejarse llevar, lo permite todo.

Si éste es el paisaje que nos envuelve, parece lógico que los desajustes de la personalidad se hayan multiplicado. Una so­ciedad como la nuestra, cada vez más adolescente, se caracteriza por la inmadurez colectiva, y sus mensajes son tan con­trapuestos que resulta muy difícil reconciliarlos.

La Psiquiatríaha pasado de ser una disciplina menor —casi un apéndice de las facultades de Medicina— a una asignatura de gran importancia. Se refuerza la idea de que lo primero que tiene que conseguir el ser humano es encontrarse a sí mismo; dar con las piezas del rompecabezas de su forma de ser y or­denarlas. Tener un centro de gravedad nos permite elaborar esos argumentos que dan sentido a la vida, armonizar lo de fuera y lo de dentro.

La personalidad se alimenta poco apoco de todo  lo que en­cuentra a su alrededor. Tarda tiempo en hacerse armónica  y en lcanzar una cierta seguridad, que será la base de la autoes­tima. Por ello, alcanzar la madurez personal constituye el pri­mer gran logro de cada uno.

La persona es fachada e intimidad: lo de fuera está al al­cance de cualquier análisis, pero la intimidad necesita una la­bor de espeleología: descubrir la vida por dentro, lo que ha pasado, los hechos que la jalonan… La persona es transpa­rente y opaca, mediterránea y continental, nítida y oscura, diáfana y borrosa. Entre estos polos circula la condición psi­cológica. La persona tiene ventanas, pero también cerrojos. El último reducto de cada cual alberga la idea de quién se es, a lo que se aspira, los fracasos y las conquistas. Para llegar a este fondo inequívoco de la persona es preciso cruzar antes una selva espesa, desbrozando los senderos de los sentimien­tos, las costumbres, los hábitos, las pasiones, la inteligencia, la afectividad…

Educar es convertir a alguien en persona. Y ser persona es sacar lo mejor de uno mismo; condición indispensable para al­canzar la reciprocidad con los otros. Uno puede mejorar en cualquiera de los argumentos básicos que sustentan la persona­lidad y articulan una tupida red de influencias mutuas: físico, psicológico, social y cultural. Cualquier alteración o enferme­dad que afecte a uno de estos planos cambia momentáneamen­te a la persona, lo mismo que la influencia social determina muchas conductas con su influencia.

Hacer psicología significa elaborar preguntas acerca de los porqués y de los cómo, no aceptar las cosas porque sí, sino in­dagando en su sentido, y abrirse al mundo personal, con su fondo jerárquico, en el que se asientan los distintos valores. ¿Y qué puede uno esperar de su psicología si la ha ido trabajando y puliendo con esmero de artesano? La aspiración no es otra que ser uno mismo, atreverse a escalar las mejores cimas posibles, tener un buen equilibrio psicológico y, a la larga, estar contento con la propia forma de ser. En pocas palabras, lograr la virtud de las ideas sencillas y de los objetivos claros.

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