La influencia del desgaste físico y laboral en la crisis de la madurez.

León Rappoport

LOS FACTORES CRITICOS

El desgaste

Casi parece innecesario especificar aún más por qué puede conside­rarse que el desgaste constituye un factor crítico y decisivo de la madurez. La definición del diccionario:’una merma producida por la fricción o que se asemeja a la que ésta produce”, concuerda manifiestamente con los rasgos ostensibles de la vida adulta El único punto adicional que parece justificar una mención es el de que también los estudios normativos del desarrollo humano apoyan la idea del desgaste como factor crítico.

Los puntajes de los tests de inteligencia, por ejemplo, caen, según se piensa en general, después de cumplidos los 30 años. Un estudio clásico de Jones y Conrad (1933) mostraba disminuciones de moderadas a agudas en los puntajes de tests a medida que transcurría cada década de edad a partir de los 20 años, pero, como es usual en esta área, los resultados son discuti­bles. Algunos estudios recientes han indicado que el punto más alto en los puntales de inteligencia se alcanza entre los 25 y los 30, mientras que otros han sugerido que los puntajes permanecen aproximadamente en el mismo nivel entre los 25 y los 50. No obstante, la preponderancia de los datos actualmente disponibles sugiere que, sea lo que fuere lo que miden los tests ello no mejora en modo alguno durante la madurez.

Desde el punto de vista fisiológico) prácticamente todo lo que puede ser medido comienza a sufrir de modo significativo alrededor de los 40 años. Se produce una creciente pérdida de la aptitud para oír los tonos agudos, una brusca caída de la precisión visual, una disminución del metabolismo físico que provoca problemas de peso. Además, (es más pro­bable que órganos tan vitales como el corazón, los pulmones, los riñones y el hígado comiencen a funcionar mal a partir de esa edad.

En pocas palabras, pues, además de todas las evidencias de desgaste que se hacen visibles desde las áreas principales de la conducta social durante la madurez, sé produce también una “merma” de las capacidades intrínsecas. Mucho de esto puede no resultar inmediatamente manifiesto para el individuo, o para quienes lo rodean, debido a ciertas compensacio­nes que llegan con la edad. Así, a los 35 o a los 40 años puede que no sea usted capaz de obtener en los tests de inteligencia resultados tan buenos como los que solía, cl-,:no tener la misma habilidad para aprender nuevas destrezas, pero por lo general estas cosas no le serán exigidas. Además, en la medida en que un rol en el trabajo exija un nuevo aprendizaje, las habilidades, tretas, técnicas, o lo que fuerett>achuiridls a lo largo de años de experiencia pueden compensar fácilmente las pérdidas de capacidad innata.

No obstante, en lo que concierne al desarrollo de la personalidad, nuestro problema fundamental es el de tratar de comprender el impacto psicológico del desgaste. A este respecto se ha mencionado ya de qué manera pueden probablemente operar los mecanismos de defensa. Pero a un nivel más profundo, más psicológico genera, el desgaste de la madurez parece provocar la aparición de una exigencia de sentido personal. Esto es, bajo las presiones cada vez mayores del desgaste social, psicológico y físico, los adultos no pueden dejar de preguntarse a sí mismos “¿Por qué?”, “¿Para qué sirve todo esto?” “¿Qué es lo que suma finalmente mi vida?”

El sentido

En el trabajo.

Quizá el tipo de problema de sentido más fácil de comprender sea el que se produce en relación con el trabajo Los jóvenes adultos comienzan, a menudo, tratando su trabajo como una cuestión de utilidad, como un modo de ganarse el pan: cuanto más, mejor. Mas después de varios años, generalmente cuando ya se tiene asegurado un buen suministro de pan, pueden comenzar a cuestionarlo y a buscar algo más. Kaplan ha descripto este fenómeno en un artículo sobre las tendencias actuales de la teoría psicoanalítica:

Los analistas ven con frecuencia este conflicto en los pacientes que pasan los 30 años. Estos pacientes han resuelto la cuestión de quiénes son, y se han interesado por el liderazgo, por dejar alguna marca palpable en el mundo que los rodea. Hablan sobre los proble­mas de ser padre o madre, sobre los problemas de carrera, sobre cosas que son exteriores a ellos. E1 estancamiento, en las personas que están alrededor de los 30 años se expresa en una prolongada auto-absorción de tipo adolescente un temor de no hallar actividades en las que valga la pena creer (1938, pág. 59, las bastardillas son del pre­sente autor).

A un nivel más concreto Jersild (en Hamachek, 196) ha examinado el problema del sentido en el trabajo de los docentes. La definición del sentido que este autor adopta pone el énfasis en la involucración personal, cualidad que según es obvio tiene gran importancia para los maestros que influyen sobre los niños tanto por su estilo informal como por sus acciones formales . Además, dado que Jersild se refería a resultados de su encuesta que indicaban que el 60 por ciento de una numerosa muestra de maestros se veían perturbados por sentimientos de carencia de sentido, su preocupación por este problema era sumamente práctica.

Cuando algo tiene sentido, se siente uno comprometido con ello. Donde hay sentido, hay convicción. Ese compromiso y esa convicción son algo que difiere del conformismo o de la mera representación de un papel, o de vivir como el diente de un engranaje, o de perder la propia individualidad en lo que Kierkegaard ha llamado la “multitud sin rostro”. Cuando falta el sentido en el trabajo que uno desempeña como maestro, el sí mismo no se siente comprometido.  Falta lo subs­tancial y el enseñar no resulta más que una formalidad vacía (1965, pág. 539).

Jersild pasa después a mencionar algunos de los síntomas de falta de sentido que percibió en el desempeño del trabajo de los docentes, y es fácil trasponer estos síntomas de modo tal que indiquen lo que ocurre también en otras profesiones. Uno de los síntomas es la preocupación por técnicas mágicas que prometen un mayor control manipulador sobre los estudiantes. Otro es una preocupación excesiva por las formalidades de la disciplina y los programas de estudio. (En las universidades, este tipo de cosas se observa con excesiva frecuencia entre los docentes que se preocu­pan-de un modo compulsivo por registrar la asistencia, detectar las trampas y elaborar resúmenes). Por consiguiente, esa falta de sentido del trabajo no resulta sólo un problema para el individuo mismo que éste pueda llevar consi­go al gabinete del analista, sino que es también un problema que afecta a quienes lo rodean.

No obstante, no debemos echarle toda la supuesta “culpa” por la falta de sentido al individuo mismo. En la medida en que el rol de una persona en el trabajo se defina de acuerdo con rutinas que pongan el énfasis más en la forma y en el procedimiento que en la substancia, al individuo que ocupe el rol le resultará difícil lograr ese sentido. Muchos administradores escolares, por ejemplo, les asignan muy alta prioridad a los planes de lec­ciones, a los registros de asistencia y a la disciplina del aula. Es probable que el docente a quien se juzgue como deficiente en una de estas activi­dades se vea criticado independientemente, de cualquier otra cosa que pueda lograr con los estudiantes.

Merton (1940) ha examinado el modo en que los requisitos rutinarios de trabajo pueden influir sobre las personalidades de quienes trabajan en burocracias. Ha sugerido que las personas que tienen ciertos atributos personales —compulsividad, necesidad de orden; lo que los freudianos deno­minan la estructura “anal”— se ven atraídos por las instituciones burocrá­ticas. Y ha sugerido también que, por otra parte, esas instituciones inculcan estos atributos en sus integrantes. Merton no utilizó este ejemplo, pero todo aquel que haya tenido que tratar con sargentos de suministros del ejército, reconocerá el tipo a que se alude.

Aparecen también ideas semejantes sobre la relación existente entre los roles de trabajo y la personalidad en las obras tempranas de John Dewey y Thorstein Veblen, mientras que en las obras de Herbert Marcuse y Marshall McLuhan pueden hallarse extensiones más contemporáneas y más radicales de esta línea de razonamiento.

Aunque pueda tener gran interés, la lógica según la cual los fracasos en los intentos por hallar un sentido auténtico en el trabajo adulto pueden llevarse al nivel de la crítica social global no constituye nuestra preocupación principal. Igualmente importante es para nosotros estipular que las dificultades que impiden el descubrimiento del sentido se vinculan con fuen­tes básicas de desgaste que se hallan en la vida cotidiana de la mayoría de los adultos. Es muy fácil escuchar infinitas versiones de esas fuentes básicas si se frecuenta, después de cierta hora de la noche, el bar de cualquier hotel que esté atendiendo a alguna convención de hombres de negocios o de profesionales.

Quienes en cambio encuentran, sentido en el trabajo lo describen como una mezcla de  estimuló, desafío y éxito. George Kennan, que pasó los primeros años de su treintena trabajando en la embajada estadounidense en Moscú, constituye un buen ejemplo a esté respecto. En aquella época. (1934-1937),la Unión Soviéticaconstituía para el resto del mundo una especie de misterio. Kennan ha dicho que el desafío de vivir allí y de tratar, con un pequeño grupo de colegas, de comprender esa realidad, le proporcionó el período más lleno de sentido de su vida.

Me faltarían las palabras si fuera a tratar de transmitir en este contexto la excitación, el gozo, la fascinación y las frustraciones de este servicio inicial en Moscú.

Las impresiones que se acumulaban en nosotros y que provenían de todos los aspectos de nuestro ambiente soviético, eran de tal carácter que desafiaban incesantemente nuestros propios valores, y del modo más provocativo. Al reaccionar ante esas impresiones, sen­tíamos una necesidad ilimitada de discutir entre nosotros. Estas discu­siones eran amistosas, pero serias y a veces apasionadas. Lo que los otros hayan sacado de ellas, es cosa que ellos podrán comentar; pero  yo siento que no hubo ninguna otra experiencia en mi vida que hiciera más por aguzar mi mente y refinar mis juicios sobre el problema general del comunismo ruso que estas discusiones y exploraciones diarias (Memorias, págs. 62-63).

Adviértase la frase “aguzar mi mente y refinar mis juicios”; toca una parte de la esencia del sentido personal. Y todo el empuje exhuberante de las reflexiones de Kennan muestra que sean cuales fueren las fuentes de desgaste que pueden haberse hallado presentes en su vida de aquella época, se vieron más que contrapesadas por un excitante espíritu de compromiso y de descubrimiento.

Bertrand Russell ha descripto otra forma de sentido del trabajo igual­mente excitante, aunque más solitaria e intelectual. Tenía 29 años cuando encontró un modo de desentrañar nuevas relaciones entre la matemática y la filosofía:

Durante años y años había estado esforzándome por analizar las nociones fundamentales de la matemática, tales como los números ordinales y cardinales. Repentinamente, en el espacio de unas pocas semanas, descubrí las que parecían ser respuestas definitivas a los problemas que me habían desconcertado durante años. Y al descubrir estas respuestas, estaba introduciendo una nueva técnica matemática, gracias a la cual regiones que antes habían debido abandonarse a las vaguedades de los filósofos fueron conquistadas para la precisión de las fórmulas exactas. Desde el punto de vista intelectual, el mes de septiembre de 1900 fue el punto más alto de mi vida. Iba de un lado a otro diciéndome a mí mismo que ahora, finalmente, había hecho algo que valía la pena, y tenía la sensación de que debía cuidar que no me atropellaran en la calle antes de terminar de escribir lo que descubría. (Autobiografía de Bertrand Russell, vol. I, pág. 192).

Parece, pues, claro que desde el punto de vista psicológico, el sentido del trabajo se reduce, en última instancia, a una cuestión de involucración del yo a una suerte de entrega del propio yo a una actividad que parece ser intrínsecamente válida, y no tan sólo una actividad útil ejecutada para lograr dinero, prestigio, o alguna otra consideración vanal. El  mismo principio general se aplica de modo algo diferente, a las situaciones familiares durante la madurez en cuyo caso también, las consideraciones extrínsecas a la relación misma pueden resultar en que no se encuentre sentido en la relación.

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