Reflexión Teológico-moral sobre la realidad de los abusos sexuales de menores en la Iglesia Católica


JOSEPH CAROLA, S.J., MARK ROTSAERT, S.J., MICHELINA TENACE, H. MIGUEL YÁÑEZ, S. J.

Introducción

El análisis de los casos de abuso indica que el nexo entre la pedofilia y el celibato es menos significativo que el nexo entre pedofilia y degradación del ambiente familiar. La relación varón­mujer, padre-madre, entre ellos mismos y con otros miembros de la familia y el menor, es determinante en la historia de los abusos. La crisis de la familia cuestiona el carácter único de la unión conyugal del varón y de la mujer y por tanto, también el principio de la fecundidad. La teoría del gender (negación de la dualidad varón-mujer como determinante de la identidad y la maduración de la persona), el aborto (negación de la vida del niño a través de su eliminación violenta después de la concepción), y la pedofilia (abuso del poder sobre uno más débil, un menor, que alimenta un desorden en la vida sexual), tienen en común un significado falsificado de la sexualidad, lo que lleva a un rechazo sistemático de la paternidad, de la maternidad y de la filiación.

A esto se agrega que en la opinión común el celibato religioso fue interpretado como negación de la sexualidad, de modo tal que en la formación se descuidó la integración de la vida sexual afectiva y se minusvaloraron los signos de desviación de los candidatos y de sus formadores.

Varón y Mujer1

Si Dios es comunión de personas, la humanidad creada a imagen suya lleva en sí misma los signos de la misma vocación a la comunión de personas. Dios ha creado al ser humano como “varón y mujer” (Gn 1,27). El ser humano encuentra en Dios mismo el origen de su masculinidad y feminidad, llamados a la unidad a través del amor conyugal2.

La diferencia sexual ha sido inscripta también en la economía de la salvación, es decir, en la vocación (GS 12; FC 11). El amor es divino en cuanto fuerza de unidad entre las personas, aquello que las hace semejantes (desde el punto de vista de la naturaleza humana) y diferentes (como personas únicas e irrepetibles). La diferencia sexual orienta el amor hacia una unión en la alteridad, hace del amor una fuerza capaz de vencer el egoísmo de considerarse único. Así, el símbolo del

1 SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Orientaciones educativas sobre el amor humano. Pautas sobre educación sexual,

Cf.http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/ccatheduc/documents/rc_con_ccatheduc_doc_1 9831101_sexual­education_sp.html

2 SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Orientaciones educativas sobre el amor humano, n.26.

 

amor según Dios es la comunión, una unión en la carne sin fusión de personas, sin posesión y por tanto, sin muerte, basada en el mutuo respeto.

De este modo, nacer varón o mujer lleva consigo una llamada a llegar a ser una persona capaz de amar a otro y de ser amado como “otro”, una llamada a la búsqueda del otro, a la confianza en el otro… prefiguración de la fe en Dios, el Totalmente Otro.

Hay una responsabilidad profunda del cristiano en testimoniar hoy la fuerza del amor que hace participar al propio cuerpo en la gracia de la salvación, impidiendo identificar la sexualidad con aquella parte de nosotros dejada a merced solamente de la seducción y del dominio, que no provienen precisamente del sexo sino del corazón enfermo y del pecado.

Todo, excepto el Otro

Pero ¿qué es el pecado? Precisamente aquel que es considerado el origen de todos los pecados y es el primero en la Escritura, no está relacionado con la sexualidad; es narrado en los primeros capítulos del Génesis como abuso de libertad, pérdida del paraíso de la relación3. En la relación, el otro es el límite de mi libertad que puede todo salvo anular la alteridad. En el abuso, la libertad quiere anular la alteridad para poseerlo todo, ser él mismo lo uno y lo otro, la totalidad del ser. Es una idea de libertad como mera expansión del yo sin tomar en cuenta el contexto relacional que la origina.

Dios es el Otro respecto a una humanidad que puede todo, salvo ser Dios; puede poseerlo todo salvo la totalidad del ser, la cual solo Dios posee; puede conocerlo todo, salvo lo que sólo Dios conoce, es decir la creación y el tiempo, he ahí la grandeza y el límite de la libertad humana. Esto es lo que se indica en el mandamiento que Dios da al ser humano en Génesis 2,16-17. El árbol de la vida no es accesible más que a través del camino de comunión, de amor gratuito, de confianza en la libertad del otro y de obediencia a su voluntad porque Dios es principio de toda bondad y de vida. Después de la caída, el conocimiento del mal (hacer el mal) se agrega al conocimiento del bien (la familiaridad con Dios). El mal es realizado como rechazo del Otro y como deseo de poseer la totalidad, sin ningún límite.

De este modo, “conocer el bien y el mal” (Gn 2,17) será la condición del ser humano siempre puesto delante del fracaso de un conocimiento que no le procura el Bien (de Dios, la vida eterna) ni el amor.

Después del pecado la creatura comete el mal en la búsqueda desenfrenada de vida usando y abusando de la creación y de las creaturas, para colmar el vacio ontológico de amor producido por

3 Cfr. A. WENIN, D ’Adam à Abraham ou les errances de l’humain: lecture de Genèse 1,1-12-4, Paris 2007.

 

el pecado. Esta búsqueda de vida, a través del abuso y no a través de la comunión, desemboca en la muerte, que de hecho es el salario del pecado (Rm 6,23).

A la vida divina se accede a través Aquel que es la puerta del Reino de Dios, Jesucristo, Aquel que no ha querido tomar nada para sí, Aquel que no ha querido privilegios, no ha querido el poder, no ha querido servirse de las creaturas para hacerse servir, Aquel que ha conocido y amado el Bien, Dios Padre, y ha hecho el bien que ha conocido, es decir, la voluntad de Dios, obedeciéndolo hasta dar su vida por los pecadores, llegando a ser de este modo El mismo el nuevo árbol de vida eterna del cual alimentarse. Ha sufrido el pecado y ha tomado sobre sí el mal para sanarlo, ha indicado en su muerte un atajo hacia la vida eterna.

En la desviación sexual de los abusos de menores, el mal causado es complejo: el adulto no hace crecer al niño, sino que lo violenta; el creyente no comunica su fe, sino su inmadurez; la vida sexual no testimonia la dignidad de la persona y su vocación a la vida, sino que sigue las desviaciones de la seducción y del dominio típicas del pecado que lleva a la muerte psíquica, física y espiritual, puesto que la voluntad es solicitada por las pasiones (lo que no se puede controlar), y la patología puede llegar a ser la justificación de violencias y de injusticias escandalosas.

La realidad del pecado

Cuando la teología habla de pecado es para indicar en términos típicos para la fe y la revelación la raíz lejana de los actos malvados, uniéndolos a la primera perversión moral y desviación ontológica, es decir, la perversión de la amistad entre la humanidad y Dios, de la cual derivan las otras perversiones. Al menos dos convicciones acompañan la fe: sin integración de la sexualidad en la vida humana no tenemos acceso al sentido de la vocación; pero también es necesario considerar que la sexualidad fuera de la vocación a la comunión de amor priva a la persona del código que la hace más humana en la medida en que está más abierta al misterio de la vida divina.

Un pecado es una respuesta personal y libre al Creador y Redentor que acontece en la elección consciente de un mal, motivada por el egoísmo personal. Una pregunta pertinente respecto a la imputabilidad de un acto es justamente la capacidad de libertad que una persona pueda ejercer en una determinada situación. La teología moral puede decir una palabra sobre el acto libre, pero no tiene ella misma elementos para juzgar cuándo una persona obra libremente o es víctima ella misma de alguna coacción interna que le impide realizar el bien o evitar el mal. Pero ello no autoriza a presuponer con ligereza la falta de libertad, la cual es ella misma un don y una conquista personal. Así, el principio del “voluntarium in causa” indica el alcance de la responsabilidad personal más

 

allá del momento presente, para tomar en consideración las causas del estado actual de una persona o de una determinada situación. El dialogo interdisciplinar ayudará a precisar en concreto la situación de un determinado sujeto o de determinadas categorías de personas afectadas por anomalías psicológicas de personalidad por las que su libertad se encuentra limitada o bien disminuida. Así y todo, se ha de recordar que si bien la responsabilidad subjetiva llega hasta donde el sujeto es capaz de autodeterminarse por el bien o el mal, la libertad personal se ha de cultivar siempre a través de todos los medios posibles para superar todo aquello que se pueda, tendiendo a procurar un mayor dominio de sí mismo y una sensibilidad cada vez más profunda respecto a valores y deberes que solicitan a la persona.

Un pecado es un acto interpersonal ya que al menos es realizado delante de Dios, y generalmente en relación a alguna persona o grupo humano al que se le daña. Por otra parte, el acto humano se inserta en un proceso en el que la persona se realiza a sí misma delante de Dios y en relación a los demás tejiendo de ese modo la historia personal y comunitaria en la cual acontece el pecado y la gracia, la virtud y el vicio, el bien y el mal moral. Por ello, así como el bien tiende a difundirse a través del tejido relacional, también el mal, creándose de este modo estructuras de bien o de pecado (RP, 16; SRS, 16c) en medio de las cuales el sujeto es solicitado a actuar conformándose a ellas, o resistiendo, incluso rechazándolas firmemente. La presencia del mal en la comunidad eclesial llevó a los santos padres a denominar a la Iglesia “santa y pecadora”, conscientes de la presencia del Espíritu de su Fundador que realiza la redención en ella y a través de ella (“sacramento de salvación”); pero contemporáneamente también la presencia del pecado, obra de sus hijos seducidos por el espíritu del mal.

Por ello, a diferencia de Cristo, el único Sumo Sacerdote sin pecado, ningún cristiano puede reivindicar estar sin pecado. “Si decimos: ‘no tenemos pecado’”, San Juan nos amonesta, “nos engañamos y la verdad no está en nosotros” (1 Jn 1,8). La Iglesia peregrinante es una sociedad mixta de santos y de pecadores cuyos miembros son reconciliados en la misericordia de Cristo. Ella es el campo donde tanto el trigo como la cizaña crecen juntos hasta la última cosecha al final de los tiempos (cf. Mt 13,24-30, 36-43). Ella es la red que contiene tanto peces buenos como malos que serán clasificados sólo cuando la red sea sacada fuera en el Ultimo Día (cf. Mt 13,47-50). Mientras que su vocación es estar sin mancha ni arruga (cf. Ef 5,27), Ella reconoce que esta vocación se cumplirá plenamente sólo en la vida que vendrá. Todo fiel cristiano necesita rezar cada día: “perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores” (Mt 6,12). Los fieles católicos en cuanto miembros del Cuerpo eclesial de Cristo son llamados a imitar a Cristo en la administración recíproca de su misericordia la cual ellos mismos han recibido primero. Así, el primer paso hacia la sanación y la renovación comienza con el reconocimiento sincero de nuestros

 

propios pecados, de nuestra necesidad de misericordia y de nuestra común misión de conducir unos a otros al reconocimiento de la propia culpa para nuestra mutua salvación _la salvación ganada por Cristo para nosotros, quien llevó la culpa de la humanidad a la cruz. Así, la misericordia de Cristo Cabeza brota hacia los miembros vivos de su Cuerpo eclesial en vistas a curar los miembros heridos o muertos por causa del pecado. Es su misericordia la que nos santifica.

Mientras camina en el mundo, el cristiano ha de tener presente su situación de lucha entre la carne y el espíritu (Rm 8), en medio de la cual es seriamente invitado a la vigilancia (Mt 25,4;1 Ts 5,6).

El pecado de David

El pecado del rey David (2 Sam 11) presenta una serie de elementos que ilustran e inspiran nuestra reflexión. En primer lugar, el cambio de actitud de un creyente, que en el descuido de su propia vocación de rol mediador de la presencia de Yhwh en medio de su pueblo, distrae su atención privilegiando su capricho en desmedro de la lealtad y del respeto debido a un súbdito fiel. Probablemente la voluntad de poder encegueció el corazón del rey David transgrediendo el precepto divino y provocando un efecto que no se atreve a aceptar oportunamente a través del reconocimiento de su pecado. La acción pecaminosa no registrada como tal, le lleva a cometer otros pecados como es la hipocresía durante su conversación con Urías, a quien tiende a engañar para seducir su corazón solicitándolo a no respetar la norma de la pureza ritual, con el fin de encubrir la evidencia de su adulterio. El relato presenta de modo antitético la posibilidad de la pérdida de la piedad por parte del “Ungido de Yhwh”, en contraposición con la piedad del mercenario extranjero que pone al descubierto la actitud del rey con su comportamiento. Ante la negativa de Urías a colaborar en su plan, David decide ejecutar su muerte valiéndose del valor de su fiel soldado; el relato contrapone la valentía de Urías a la cobardía del Ungido de Yhwh. El proceso interior de David es el del empecinamiento en el mal con tal de encubrir su propio pecado y salvar su reputación a toda costa. El pecado como tal no queda circunscripto a un mero acto, proviene de una actitud previa, se inserta en un proceso personal que, como bien indica San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales, va “de pecado (mortal) en pecado (mortal)” (Ej § 314). La actitud fundamental del rey ha cambiado y sus acciones le llevan a una profundización en el mal y a un alejamiento y olvido de Yhwh.

Pero el pecado también seduce y solicita la complicidad de otros. La primera es la mujer de Urías, luego el intento de inducir a su marido a no cumplir con la norma de la pureza ritual, a continuación hace cómplice de la muerte de Urías a su general, y hasta el mensajero debe acomodar los hechos para complacer al rey. Seguramente habrá habido otros que vieron, voces que se

 

corrieron, en definitiva, un mal ejemplo que, dado por el Ungido de Yhwh, aparece amplificado. Es la dimensión social del pecado que no rara vez se estructura solicitando la colaboración directa o indirecta de otros, el silencio cómplice, el mal ejemplo asimilado por otros.

Sin embargo, la Sagrada Escritura no oculta estos pecados, realizados por los hombres elegidos por Dios para llevar a cabo su plan de salvación. No sólo el relato que hemos tomado en consideración abunda en detalles que ponen de manifiesto la maldad de David en su actuación; la misma tradición recoge sin ambages esta realidad, cuando aparece en la genealogía de Jesús “la mujer de Urías” como madre de Salomón (Mt 1,6). La transparencia con que se narran estos escándalos se basa en la confianza en el actuar de Dios en la historia, recogida en la genealogía de Jesús presentada por Mateo (1,2-17). Y el mismo relato del pecado del rey David desemboca en su conversión, en la que David vuelve a ser el que era, al experimentar el reproche del profeta y la misericordia de su Señor (1 Re 12), si bien el mal realizado continuará su procesualidad en una serie de efectos representados por los castigos anunciados por el profeta (1 Sam 12, 10-12).

El pecado y la sexualidad

Un análisis apresurado del pecado de David lo centraría en el adulterio y el subsiguiente homicidio de Urías. Sin embargo, hemos visto cómo el relato sugiere un cambio previo de actitud en el Rey que sería la fuente desde donde manan los pecados que se suceden como una cadena de efectos que culminan en el homicidio. Mas que la “comisión”, la forma del pecado es la “omisión”; es decir, todo pecado de “comisión” presupone una “omisión” previa a un nivel profundo de la libertad de la cual no siempre se es del todo consciente.

A través de la narración, el texto nos trasmite la finalidad del pecado que es precisamente la muerte del prójimo. Y allí reside la seriedad del pecado: lleva a la muerte a través del homicidio de la víctima y la muerte espiritual del asesino, produce la rotura de la comunión, conlleva la pérdida del sentido de la existencia.

El pecado sexual, en este caso, evidentemente se basa en la satisfacción de una pasión desordenada, pero, a través de ella, el Rey corrompe la finalidad de su propia sexualidad para hacerla, en lugar de instrumento de amor, instrumento de egoísmo que se expresa a través de la violencia, atentando al mismo tiempo contra la dimensión relacional de su propia persona al romper la relación que lo liga a sus súbditos y al pueblo en su conjunto como Ungido de Yhwh.

La sexualidad, en este caso, es expresión de un poder absoluto que se transforma en violencia en lugar de servicio. No se trata de disculpar a Betsabé, pero ciertamente una mujer solicitada por el rey, en el esquema de poder de entonces, puede tener connotaciones de abuso. La

 

sexualidad va mas allá de la genitalidad; expresa la totalidad de la persona en su relación interpersonal y social. Es más, como realidad compleja, configura a la persona a la vez que es conformada por ella.

Educar la persona en su dimensión sexuada

La educación de la persona en su dimensión sexual requiere de instrumentos congruos con la realidad humana de la sexualidad. Ante todo, una educación en la afectividad que se expresa también sexualmente en los diversos niveles que la sexualidad implica. Se trata de comprender la afectividad en su riqueza y potencialidad, para vivir la sexualidad de modo inteligente y creativo, integrando los diversos aspectos y superando la tendencia a disociarlos. La sexualidad se vive en un contexto valórico que asume y expresa en todas sus formas de manifestación4. Para ello será fundamental la valoración personal y del otro, el clima de confianza que favorece la comunicación interpersonal, el cultivo del diálogo en todas sus formas, la gratuidad y el altruismo, la solidaridad y el sentido de justicia.

Es así que la formación personal se debería realizar en un ambiente educativo sano, donde cada uno aprenda a relacionarse cultivando las amistades personales en un contexto valórico encarnado en instituciones y grupos animados por una mística de comunión que el evangelio de Jesús propugna5. La importancia del otro como persona, nunca utilizable como medio, y la dimensión gratuita de la amistad personal, son valores que se han de aprender en la misma experiencia de relacionalidad interpersonal, de la cual la familia es un lugar privilegiado.

Una oportuna información acerca de la sexualidad adecuada a la edad, debería ser necesariamente integrada en la formación de la conciencia personal mostrando el camino de la auténtica libertad que se realiza a través del amor (Gal 5,1). En efecto, solo a través de la experiencia de la gratuidad del amor se puede llegar a comprender el alcance de la obligatoriedad de la fidelidad que compromete toda la persona, en todas y cada una de sus dimensiones, de su pensamiento y de su actividad.

La mediación del poder al servicio del bien común

4 SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Orientaciones educativas sobre el amor humano, n.35-37.

5 SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Orientaciones educativas sobre el amor humano, n.90-93.

 

El primer mandamiento de la Primera Alianza proclama contemporáneamente la unicidad de Jhwh como único Señor, y el rechazo de los ídolos, es decir, la absolutización de toda realidad intramundana tomada como Dios en lugar de Jhwh (Ex 20,2-3; Dt 5,6-7. Este principio clave de interpretación teológica de las realidades humanas o intramundanas, llevó a Israel a comprender la misión del Rey como Ungido de Jhwh, es decir, como mediador de su presencia en medio de su pueblo, y hermano entre hermanos (Dt 17,20). La teología de la realeza no adjudicaba al Rey ningún rasgo de divinización como en las culturas vecinas, pero sí una vinculación estrecha a través de la figura de la filiación, mediadora de la presencia de Yhwh en medio de su pueblo.

A la luz del misterio de la Encarnación, toda mediación humana de la presencia de Dios en la historia humana es relativizada, es decir, puesta al servicio de Dios y de la promoción del hombre. En este sentido, toda autoridad humana es relativa en cuanto constituida por Dios y llamada a mediar su presencia en medio de su pueblo. Los principios teológicos que legitiman el origen divino de la autoridad humana son contemporáneamente un límite preciso que permite su ejercicio con una clara finalidad de mediación de la presencia de Cristo y de servicio al bien común (Rm 13,1; Jn 19,11).

El abuso de poder

Dios no le puso límites a Adán en su potestad de dominar la naturaleza, sí en cambio en el dominio y sometimiento a sus semejantes6. La tentación genesiaca de “ser como dios” se hace presente en todo ser humano, mas aun cuando las circunstancias lo llevan a asumir un rol de autoridad en la es “protegido” por los mismos principios teológicos que lo limitan. Quien asume un rol de legítima autoridad está llamado a asumir su estrecha dependencia del Creador que lo constituye en autoridad pero también lo limita en su rol legitimado por el servicio al bien común, sobre todo el de los más débiles, cumpliendo en todo la voluntad de Dios, expresada de modo privilegiado en las “Diez palabras” de la Torah (Ex 20, 2-17; Dt 5,6-2 1).

El principio teológico de la dignidad de la persona humana creada a imagen y semejanza divina, pone un límite al dominio de unos sobre otros. Por otra parte, la misma dimensión creatural exige una cierta regulación de las relaciones interpersonales y sociales, además de la realidad de la concupiscencia que anida en el corazón humano como consecuencia del pecado, que incita a formas de relación interpersonal en las que se privilegia el yo en desmedro del otro, entablando formas de relacionalidad que rebajan al otro a algún modo de sometimiento contrario a su vocación. El ejercicio del poder se legitima moralmente por la necesidad de custodiar y promover el bien común

6 Cf. JUAN PABLO II, “Discurso en el centenario de G. Mendel”, en Ecclesia, 2.168 (31 -marzo-1 984), 397.

 

en una determinada sociedad, y desde el punto de vista religioso, para mediar la presencia de Dios según el principio de la Encarnación.

El liderazgo cristiano

El liderazgo cristiano, tal como Jesús lo define y ejemplifica, es diametralmente opuesto al liderazgo del mundo secular. “Vosotros sabéis”, Jesús explica a sus discípulos, “que los que son tenidos como jefes de las naciones, y las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros…” (Mc 10,42-43). Jesús enseña más bien que quien ejerce la autoridad en medio de la Comunidad cristiana debe servir a los demás. Aquel que está primero debería hacerse esclavo de todos. Cristo mismo da el ejemplo. Primero, él insiste en que él no ha venido en medio nuestro a ser servido, sino a servir _ “a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10,45). En la Ultima Cena él se humilla a si mismo ante sus discípulos y lava sus pies. Después, él mismo explica su actuación: “”Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (Jn 13,14-15). Al día siguiente Jesús revela todas las implicaciones de su liderazgo a través del servicio al entregar su vida en la cruz. Cuando los cristianos que ejercen su liderazgo a través del servicio miran a su Señor Crucificado, no dejan de recordar que “no es más el siervo más que su amo, ni el enviado más que el que lo envía” (Jn 13, 16). Así como ha actuado Cristo, del mismo modo ellos mismos deberían actuar.

Obispos y sacerdotes participan de un modo único del significado del Sacramento del Orden Sagrado en el liderazgo de Cristo. Ellos están en medio nuestro y sirven in persona Christi capitis (cf. Catecismo de la Iglesia Católica § 1548). Describiendo la capitalidad de Cristo sobre su Cuerpo eclesial, San Pablo se refiere al amor de Cristo hacia su Iglesia que la purifica haciéndola santa e inmaculada (Ef 5,25-27). Cristo ha querido compartir de modo especial su misión salvífica con sus ministros ordenados que ejercitan el liderazgo a través del servicio. En las Sagradas Ordenes ellos reciben el triple oficio de gobernar, enseñar y santificar. Gobernar como Cristo gobierna, participando de su autoridad en la Iglesia, significa quitar de sí toda ambición para servir dándose enteramente entregando su vida, transformándose en un instrumento de la gracia santificante de Cristo para aquellos a quienes sirve. Ello significa estar crucificado con Cristo para que su Esposa pueda crecer en verdadera santidad. El fracaso del servicio desinteresado a imitación de Cristo – fracaso a ejercer la autoridad en la comunidad Cristiana como el mismo Cristo hizo – tiene consecuencias negativas para toda la comunidad Cristiana. La historia nos presenta tristemente numerosos ejemplos. Pero cuando obispos y sacerdotes sirven como Cristo mismo sirve, entonces

 

ellos entregan sus vidas por su rebaño, dan testimonio creíble de su misión santificadora edificando de este modo a la Iglesia. Necesitamos hoy día más que nunca un servicio de este tipo.

Poder, sexo y dinero

El pecado, por el contrario, expresa una voluntad de dominio que utiliza todos los medios posibles a su alcance para hacer prevalecer el propio interés, el privilegio propio, en menoscabo del prójimo, quien es tomado como un medio más, negándole de este modo la fraternidad.

El dinero, como expresión del poder, se presenta como posibilidad de dominio sobre todo el universo relacional. La tentación lleva a creer que con el dinero se puede conseguirlo todo, incluso las voluntades ajenas, el mismo amor, contrariamente a lo que proclama el Cantar de los Cantares (Ct 8,7). Lo que el sujeto no es capaz de conquistar a través de la propia donación, se hace apetecible a través de la fuerza de atracción del dinero que no conoce límites.

El sexo, como expresión de la propia afectividad, se corrompe toda vez que expresa la voluntad de dominio en lugar de la propia donación y acogida del otro. La tentación lleva a tomar al otro como objeto de uso en lugar de sujeto-prójimo para la comunión. La propia libertad se interpreta como arbitraria expansión del yo en búsqueda de la satisfacción de pasiones arraigadas en el egoísmo personal. La búsqueda de la felicidad se asocia muchas veces con el tener y el disfrute del placer, olvidando la dimensión espiritual de la persona que se realiza en el amor.

Sólo la experiencia auténtica del amor de Dios nos purificará de las escorias del egoísmo humano que nos llevan a instrumentalizar al otro a través de conductas, gestos y palabras que no tienen otra finalidad que extender el dominio y el privilegio de sí sobre los demás.

Abuso y abusos

Todo tipo de abuso es contrario a la dignidad del hombre: abuso de poder, de saber, de tener, de ser, de seducciones, son todas perversiones que se manifiestan en un estilo de vida, de comportamientos, de pensamientos, que son todas desviaciones al interno de las cuales se coloca el abuso sexual del menor. Y es precisamente en un horizonte de desviaciones que se sitúan otras que reflejan la misma mentalidad: la hipocresía como sistema de vida, el deseo desenfrenado de hacer carrera, la aspiración a puestos de prestigio, el placer de ejercer el poder sobre otros, la mentalidad de los privilegios que es uno de los venenos más perniciosos de la vida espiritual puesto que produce componendas peligrosas en las relaciones y en los oficios.

Como dicen los psicólogos, aquel que abusa de un menor lleva otras huellas de desequilibrio. El delito es la punta de un iceberg complejo y profundo, que afecta a la historia

 

personal y familiar, social y cultural, un iceberg que revela en toda su plenitud las numerosas responsabilidades en juego. Sobre la victima ha caído todo el mal y en el abusador todo el mal encuentra un cómplice. Desde el punto de vista de la víctima, este delito es un horror sin alguna justificación posible. Desde el punto de vista de aquel que abusa, en tanto se trate de un cristiano que tiene una responsabilidad en la Iglesia, hay que procurar comprender el porqué de un tal fracaso de la libertad, el porqué de tal negación de la vocación cristiana. Cuando el mal se extiende, cuando el pecado golpea la Iglesia desde su interior, a través del escándalo, los cristianos a la vez que se cuestionan han orar: ¡Señor, ten piedad de nosotros! ¿Señor, que nos quieres decir? ¿Qué mensaje de vida y de verdad conllevan tu justicia y tu misericordia?

Formar en la responsabilidad personal

Ante la situación dramática de los casos de abusos de menores y de otros escándalos sexuales por parte de ministros de la Iglesia Católica, se requiere una normativa clara para proceder de modo rápido y eficaz ante estas lamentables situaciones. La urgencia de estas indicaciones no debería distraer la atención sobre la necesidad de cultivar la necesaria responsabilidad personal a todos los niveles de la comunidad cristiana en un clima de necesaria confianza recíproca. Es necesario comprender que la responsabilidad no recae solo en la autoridad eclesiástica; que ella represente a la comunidad no significa que no haya de darle la debida participación, a diversos niveles de implicación, de la misma responsabilidad educativa, según un espíritu de comunión.

Sobre todo en las comunidades de formación de los futuros sacerdotes, los candidatos deben tomar conciencia de la propia responsabilidad en su formación. Es necesario crear un clima de confianza y de responsabilidad para que el formando pueda exponer sin mayores dificultades sus problemas personales para dejarse ayudar por sus formadores. El formando debe también descifrar cuáles son las limitaciones que le impiden o dificultan seriamente un buen ejercicio del futuro ministerio sacerdotal, de manera que él también pueda discernir con sus formadores acerca de su aptitud. Una carencia seria a nivel psicológico puede ser un signo claro de que el Señor no lo llama al ministerio sacerdotal. Hacerse cargo con sinceridad y realismo del propio límite allana el camino para su curación, permitiendo de este modo también obrar a la gracia en el corazón y en la psique necesitadas de comprensión, de misericordia y aun de perdón.

Llevar adelante un proyecto personal a través del celibato presupone una madurez afectivo­sexual suficiente para poder perseverar con la gracia de Dios, la cual presupone siempre la naturaleza del hombre. Quien es capaz de abrirse de verdad al amor, vivirá su sexualidad como

 

expresión de su oblatividad7. La renuncia no es un componente accesorio del amor, sino su consecuencia directa que lo potencia cuanto más decidida sea. Cuanto más intenso es el amor, más efectiva es la renuncia. Quien de veras ama, no le importa renunciar a aquello que se contrapone al objeto de su amor. Y viceversa, cuanto más se debilita el amor, menos firme es la renuncia, más se vacila a la hora de sacrificar lo que es incompatible con el amado/a. Es decir, la renuncia potencia el amor a la vez que el amor motiva la renuncia.

Los grandes místicos, maestros del amor a Dios, también fueron maestros de ascética. No es posible un crecimiento en el misticismo sin una adecuada ascética. Por ello, la verdadera ascesis, la que posibilita y promueve el amor a Dios, no se contrapone a la libertad, sino que la posibilita y promueve. El término “ascesis” significa “ejercitarse”, “entrenarse”8. Del mismo modo como los deportistas se entrenan duramente para poder obtener una destreza en su deporte, así también en todos los ámbitos de la vida humana necesitamos de un cierto entrenamiento para lograr las metas que nos proponemos.

Así entendida la ascesis, como medio para posibilitar y fomentar la mística, como disciplina propia del amor, es necesario repensar creativamente los aspectos concretos de una ascesis que, lejos de coartar nuestra libertad, la potencia en su capacidad más profunda que es el amor.

El cultivo personal de una espiritualidad encarnada será decisivo para llevar adelante una vida espiritual profundamente comprometida con Jesús y su Iglesia. En efecto, todo lo humano tiene que ver con la humanidad de Cristo, y a la luz de su persona discernimos la auténtica humanidad (GS 22). Aun las heridas más profundas de la persona encuentran en Cristo su sentido y su camino de sanación. Por ello, se trata de asumirlas con espíritu confiado en la gracia de Cristo y en el ministerio de su Iglesia que es servicio de reconciliación y de comunión.

¿Dónde estaba Dios?

Hay una pregunta caliente de carácter teológica que suelen formular las víctimas de abuso: ¿Dónde estaba Dios mientras sufría el abuso por parte de un adulto? Obviamente la pregunta adquiere contornos más dramáticos cuando el abusador es un ministro de la Iglesia o un educador o incluso un familiar cercano. La pregunta surge no sólo en la situación de abuso, sino en toda situación donde se hace presente el mal, signo de la no-presencia de Dios. En el caso de abuso sexual de un menor, mayoritariamente de carácter homosexual, al mal sufrido se agrega el escándalo. ¿Cómo Dios puede permitir semejante cosa? Es el misterio de la libertad del hombre,

7 SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Orientaciones educativas sobre el amor humano, n.36.

8 A. CENCINI, Por amor, con amor, en el amor. Libertad y madurez afectiva en el celibato consagrado. Atenas, Madrid 1996, 594.

 

capaz de decidir por sí mismo por el bien o por el mal, por el amor o el odio, por la propia donación o la explotación del prójimo. La Sagrada Escritura comunica no solo la Palabra de Dios, sino también su silencio. La experiencia traumática del exilio del pueblo de Israel, la situación de prueba del justo, y finalmente, la experiencia de la pasión y muerte en cruz de Jesús, nos ponen frente al misterio del sufrimiento injusto permitido por Dios, pero también instrumento de purificación, de crecimiento en la fe y en la esperanza, en el amor, en fin, instrumento de salvación. Dios no quiere el sufrimiento del hombre, pero le concede el don de la libertad, a través de la cual puede él elegir el mal, atentando de ese modo contra la dignidad de alguno, provocándole así un sufrimiento injusto. Dios concede el don de la libertad para el bien, para amarlo en el prójimo, para realizarse en el mundo creando espacios de comunión. Pero toda vez que el hombre no responde a su vocación original, allí está Dios de la parte de la víctima, aun desde su silencio obrando a través del Espíritu del amor para convertir los males en bienes, en oportunidades de crecimiento personal y social, de confianza en Dios y no en el hombre, de apertura a la trascendencia a través del perdón. La Sagrada Escritura expresa una solidaridad estrecha y profunda de Dios con las víctimas. Si el mal existe como fruto de la negación de Dios, las victimas, sobre todo de la injusticia, son objeto de la predilección de Dios.

La Iglesia, como sacramento de la presencia operante de Dios en la historia, sigue el modelo de actuación de Dios mismo, haciéndose solidaria con las victimas y comprometiéndose en la lucha contra los abusos de menores, en la lucha de todo tipo de mal presente en la historia de la humanidad, solidaria por tanto con toda víctima de cualquier clase de mal, recordándoles una palabra de conforto y aliento fundada en la palabra-promesa de Dios en Jesucristo.

¿Qué quiere Dios?

Dios se manifiesta en la historia del hombre, y es así como a través de su experiencia, sea del bien y aun del mal, Dios tiene una palabra para el ser humano que lo conduce hacia un conocimiento más profundo de sí mismo y de su voluntad.

Es así como la Iglesia, cultivando su actitud de escucha de la Palabra de Dios, ha de cultivar también su actitud de escucha de sus propios miembros, sobre todo de aquellos que han sufrido directa o indirectamente los abusos sexuales por parte de sus ministros o educadores. La comunidad cristiana, a través de sus estratos intermedios, familias, educadores, escuelas, centros de reflexión, han de pronunciar una palabra que recoja en su conjunto lo que Dios quiere decir hoy a su Iglesia. El dialogo sincero y abierto será un camino necesario de discernimiento de la voluntad de Dios.

 

Un aspecto que se percibe por parte de la comunidad cristiana hoy día es una llamada a una mayor o total transparencia en todo lo que tenga que ver con el ejercicio de la autoridad vivida en el servicio, la cual implica una responsabilidad sobre las personas y una responsabilidad sobre los recursos que se disponen para cumplir la misión.

Si bien es cierto que el pecado de los miembros de la Iglesia, sobre todo de sus ministros, escandaliza a sus miembros y a la opinión pública, también es cierto que su ocultamiento puede hacer sospechar o incluso llevar a una hipocresía que a fin de cuentas provoca un escándalo aun mayor una vez que lo que se pretendía ocultar sale a la luz.

La Iglesia debe acompañar a las víctimas de abusos pero no puede renunciar a acompañar a sus victimarios a quienes hoy día se juzga sin piedad, y en muchos casos son tomados como “chivos expiatorios”. La comunidad eclesial no puede dejarse guiar simplemente por las campañas publicitarias adversas que amplifican sus males y ocultan sus bienes. La Iglesia ha de anunciar siempre la misericordia ilimitada de su Señor, sobre todo respecto a quien se arrepiente de su pecado y se abre al don de la conversión. En la gracia de Cristo el pecador encuentra siempre una nueva posibilidad de vida, de reconciliación, de paz. La emergencia de la problemática de abusos de menores por parte de ministros de la Iglesia católica, no puede quedar a merced de la instrumentalización para sembrar la división y la enemistad en el seno de la comunidad. La Iglesia se encuentra ante el desafío de hacer frente el oprobio con sinceridad, y de poner remedio con eficacia, logrando un acuerdo entre sus miembros para hacer frente con madurez de espíritu a una problemática sensible que pone de manifiesto la llamada del Espíritu a una autentica renovación.

La actitud valiente de Benedicto XVI inspiran esta reflexión que quiere suscitar un renovado compromiso al servicio de la Iglesia para que sea siempre cada día más el reflejo de la Iglesia celestial (Ap 21) en medio de las vicisitudes de este mundo que pasa. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24,35).

 

Sommario

Reflexión Teológico-moral sobre la realidad de los

Iglesia Católica………………………………………………………………….

Introducción ………………………………………………………

Varón y Mujer…………………………………………………….

Todo excepto el Otro…………………………………………..

La realidad del pecado ………………………………………..

El pecado de David …………………………………………….

El pecado y la sexualidad………………………………………

Educar la persona en su dimensión sexuada………………

……………………… La mediación del poder al servicio del bien común

El abuso de poder……………………………………………….

El liderazgo cristiano…………………………………………….

Poder, sexo y dinero…………………………………………….

Abuso y abusos ………………………………………………….

Formar en la responsabilidad personal……………………..

¿Dónde estaba Dios?……………………………………………

¿Qué quiere Dios?……………………………………………….

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