Aprender de nuestros errores: Cómo abordar de manera eficaz el problema del abuso sexual de menores.

Rev. Monseñor Dr. Stephen J. Rossetti

Abordar de manera eficaz las acusaciones de abuso sexual de menores plantea un problema difícil y complejo, por el entramado de cuestiones de carácter pastoral, legal, clínico y de relaciones públicas que pueden confundir, desconcertar e inclusive paralizar. Como es sabido nos hemos equivocado algunas veces a la hora de encarar este problema.

Ello se debe en parte a que no hemos comprendido plenamente este crimen y la patología que lo genera. Asimismo, elementos sistémicos han impedido una respuesta diligente y sin tapujos, pero se vislumbran claras señales de progreso y esperanza. Si bien estos casos no aparecen en los titulares de la prensa, en los últimos años muchos líderes eclesiásticos han obrado correctamente. Un número creciente de obispos en varios países han intervenido de manera resuelta y eficaz cuando se han verificado acusaciones de abuso sexual de menores.

Actualmente la Iglesia Católica se encuentra ante una importante encrucijada. Las autoridades católicas en los distintos continentes han experimentado un proceso de aprendizaje doloroso a lo largo varias décadas. ¿Es realmente necesario que todos los países del mundo se sometan a este proceso tan atroz? La Iglesia conoce los elementos básicos de un programa eficaz de protección de menores. Debemos adoptar este programa hoy mismo en todo el mundo, de ahí deriva la importancia de este Simposio.

Si la Iglesia Católica actuase de forma proactiva para implantar y aplicar de manera eficaz un programa de protección de menores a nivel mundial, se convertiría en lo que es llamada a ser: una autoridad líder en el mundo en la promoción del bienestar y seguridad de niños.

Una parte importante de este programa deberá abordar cómo tratar de manera oportuna y eficaz a los responsables del abuso. Deseo delinear seis errores típicos que los líderes eclesiásticos han cometido a la hora de trabajar con sacerdotes abusadores y sugerir algunas medidas que se han demostrado eficaces.

1. No escuchar a las víctimas: ser despistados por los violadores. Tal y como hemos aprendido de forma elocuente en ocasión de la primera sesión, nuestra prioridad ha de ser escuchar a las víctimas de abuso sexual. Puesto que los responsables de abuso sexual han sido algunas veces nuestros mismos sacerdotes, los Obispos y respectivos vicarios han centrado la atención solo en los acusados. La organización de la Iglesia se inclina hacia esa dirección, como se desprende de nuestra manera de abordar las acusaciones. Tal y como ha afirmado un obispo americano, “nuestro error ha sido olvidarnos de que también las víctimas constituyen parte integrante de nuestro rebaño”.

Desgraciadamente centrarse en los responsables y no en las víctimas acarrea consecuencias devastadoras. Todos los abusadores tienden a minimizar, racionalizar, descargar la culpa y rechazar la verdad de sus crímenes. Para ellos es difícil encarar la verdad de su comportamiento, que Papa Benedicto, en varias ocasiones, ha calificado justamente “obsceno”.

Ante todo, los responsables mienten a menudo a la hora de tener un cara a cara. En el pasado, los obispos y sus vicarios solían convocar a los sacerdotes acusados en sus despachos. El obispo solía preguntarle al cura si las acusaciones eran verdaderas. Y a menudo el abusador mentía. Es triste comprobar que el obispo no se daba cuenta de que el sacerdote estaba mintiendo. Para aquellos que han tenido la oportunidad de confrontarse con alcoholistas o drogadictos, los mecanismos de negación de los responsables de abuso sexual de menores son similares a los adoptadas por estos individuos, de no ser aun más intensos.

Sin duda alguna existen acusaciones falsas. Es de importancia clave que hagamos todo los posible para restaurar la buena reputación del sacerdote si se comprueban que las acusaciones son falsas. Pero décadas de experiencia nos permiten afirmar que la gran mayoría de las acusaciones, por encima de un 95%, son fundadas. Una persona que revela y declara haber sido víctima de acoso sexual por parte de un sacerdote tiene poco que ganar y mucho que perder. Se requiere coraje, además de estar dispuesto a ser inculpado y ridiculizado.

Además los abusador adoptan típicamente muchas formas para minimizar y racionalizar su comportamiento, que los psicólogos denominan mecanismos de defensa. Los autores de estos delitos intentan convencer a los líderes de la Iglesia y a ellos mismos que se trató de un evento “excepcional”, que ocurrió porque había “bebido demasiado” o que “no pasará nunca más”. Un abusador podría afirmar que todo esto es algo pasado, que lo ha confesado y que ha terminado. También podría culpar a la víctima, diciendo que el menor “le hizo avances” y “quiso seducirlo”.

Son meras tentativas que el abusador pone en acto para que los líderes de la Iglesia pasen por alto y den por acabada la situación, aunque no termine allí. Y si aparece una víctima, es muy probable que haya otras.i

La mayoría de los líderes de la Iglesia no están capacitados para investigar y responder a las acusaciones de abuso sexual de menores. En el pasado han intentado abordar estos casos complejos en persona y “en forma discreta”, a veces con escasos resultados. Se requiere la ayuda de profesionales en campo médico y legal.

Pero inclusive los expertos de salud mental pueden ser despistados por las racionalizaciones y rechazos de los abusadores. Muchas veces los obispos recurren a profesionales acreditados, pero con escasa experiencia en caso de abuso sexual de menores. Por tanto, en el Centro en donde me desempeño y donde tratamos a centenares de violadores, contamos con equipos de profesionales que han adquirido muchos años de experiencia en este campo. Un abusador podría ser capaz de despistar a una sola persona, pero raramente podrá despistar a un equipo entero de profesionales expertos.

Escuchar a los abusadores y no darse cuenta de sus manipulaciones y racionalizaciones ha llevado a algunos líderes de la Iglesia a equivocarse a la hora de abordar el problema. Cuando la Iglesia escucha antes a las víctimas, como Papa Benedicto ha reiterado en varias ocasiones,

podemos conocer la verdad. Por medio de las víctimas podremos saber concretamente el dolor que ha sido causado. Por medio de las víctimas llegaremos a saber cómo el violador las sedujo y las manipuló. Siempre por medio de las víctimas llegaremos a saber que los casos no han terminado absolutamente y que deben adoptarse medidas de alto impacto y decisivas.

Recomendación 1a: una política de “primero las víctimas ”. Toda averiguación deberá empezar con escuchar a la víctima. En primer lugar, la Iglesia deberá centrar la atención en la víctima, no en el abusador.

Recomendación 1b: los líderes de la Iglesia no deberían abordar estos casos sin la ayuda de profesionales. Se deberá instituir una comisión experta en varias materias, a saber, abuso sexual de menores, investigación criminal, aplicación de la ley, derecho canónico y salud mental. Esta comisión deberá investigar y proporcionar el adecuado asesoramiento al Obispo.

2. Infravalorar la prevalencia del abuso sexual de menores en la propia Diócesis. Cuando se hicieron públicos los primeros casos de abuso sexual de menores, la mayoría creyó que se trataba de eventos aislados. “Sí”, algunos obispos admitieron, “lamentablemente se produjo un caso de abuso sexual, de todas formas fue un evento excepcional”.

En todo el mundo, los líderes de la Iglesia afirmaron, “es solo un problema americano”.

A medida que iban surgiendo más casos en otros países, afirmaron, “es un problema de los países angloparlantes”. Luego, con el aumento de los casos, ampliaban el ámbito, “es un problema occidental”. Los confines se iban corriendo cada vez más lejos. Y todas las veces, los líderes de la Iglesia afirmaban “Aquí no ha pasado”.

Un meta análisis publicado hace diez meses ha demostrado que el fenómeno del abuso sexual de menores se registra con la misma elevada incidencia en África, Asia, Australia, Europa, América Latina y América del Norte.ii La Organización Mundial de la Salud en su informe sobre la violencia sexual de menores referido al año 2002 ha afirmado: “El abuso y descuido de menores es un problema sanitario a nivel global”. Es un problema grave que afecta a todas las generaciones, clases socioeconómicas y sociedades.

El abuso sexual de menores ha sido siempre una plaga en la sociedad y en el seno de la Iglesia. El canon 71 del Concilio de Elvira (aproximadamente 306 AD) reza: “Aquellos que abusan sexualmente de niños no podrán comulgar inclusive en punto de muerte ”. Por lo visto se verificaron numerosos casos de abuso sexual de menores en España hace 1700 años como para justificar la promulgación de un canon con el objeto de combatir esta plaga. De hecho, el abuso sexual no es un fenómeno nuevo.

En su célebre obra, Luz del mundo, Benedicto XVI ha hablado cándidamente del abuso sexual de menores en la Iglesia. Creo que los años de trabajo en Congregación de la Doctrina de la Fe, en el ámbito de la cual se leían y procesaban los casos, haya contribuido a comprender la dimensión de esta tragedia. No obstante el Santo Padre sea una persona que, como se dice

coloquialmente, “entiende al vuelo”, cuando le preguntaron por qué no era más agresivo a la hora de abordar este problema, tras la pregunta del arzobispo de Múnich, respondió: “Para mí fue sorprendente descubrir que en Alemania el abuso sexual era un fenómeno de tan vasta escala”. El abuso sexual es un horror que permanece oculto y, como el maligno, prospera en las tinieblas. La curación comienza solo al exponerlo a la luz.

Si hay personas en la Iglesia hoy día que piensan que este problema no afecta su país, los exhorto a hablar con todos aquellos que trabajan con los niños. Les recomiendo que contacten con las personas que han puesto en marcha programas dedicados a niños abusados o al personal que trabaja en los servicios de atención telefónica dedicados al abuso de menores. Les aconsejo que averiguen qué dicen las víctimas a puertas cerradas.

En cualquier país en que haya menores víctimas de abuso sexual, algunos de nuestros propios sacerdotes podrían hallarse involucrados en estos casos. Todos deseamos que nuestros sacerdotes no sufran disfunción humana alguna, pero no es así. Los sacerdotes padecen de las mismas patologías psicológicas que los laicos. Es verdad que tienen una vocación sagrada pero también son hombres.

Afortunadamente la mayoría de los sacerdotes no abusa de los menores. Son célibes que practican la castidad y se comportan como generosos baluartes del Evangelio. Una razón más por la que debería librarse una batalla campal para procesar a todos los abusadores. En primer lugar, lo debemos a los niños y a sus respectivas familias. Además, nuestros sacerdotes no merecen que sea ensuciada la reputación de la categoría de forma tan despreciable manera o que sea de alguna manera asociada a la sospecha de ser responsable de abusos sexuales.

Toda denegación de la frecuencia de los abusos sexuales de menores en el mundo es reflejo de la denegación utilizada por los agresores para seguir ocultando sus crímenes. Cuando no exponemos el mal a la luz del día, seguimos contaminando en secreto por dentro a la Iglesia.

Recomendación 2: determinar de manera proactiva la verdad de los abusos sexuales de menores en todos los países. Desarrollar y poner en marcha un programa global de prevención inmediatamente .

3. Creer que los agresores puedan ser curados para que no representen riesgo alguno. Un tiempo, algunos profesionales de salud mental eran excesivamente optimistas, pues creían que la patología psicológica que originaba el abuso sexual de menores podía ser “curada”. Los abusadores eran sometidos a terapia al cabo de la cual recibían un “certificado de buena salud”.

Estos obispos habían sido mal asesorados debido a la escasa comprensión de la patología de abuso sexual infantil por parte de los médicos, con la triste consecuencia de que muchos de ellos volvieron a ejercer el ministerio sacerdotal sin restricción alguna. Si bien muchas de estas personas no cometieron más delitos, algunos reincidieron. Esta situación no solo consternó a las víctimas y a las familias, sino que los líderes de la Iglesia fueron acusados de reasignar estos sacerdotes a otra parroquia sin abordar el problema de manera eficaz.

Nunca hubo y nunca habrá una terapia psicológica específicamente dedicada a los responsables de abuso sexual de menores o a cualquier otra patología que sea eficaz al 100%. No es esa la naturaleza de la psicología o del mundo en que vivimos, pues lamentablemente existen siempre oportunidades de recaídas.

En el programa clínico en el que trabajé, de los 339 sacerdotes tratados por abuso sexual de menores (solo aquellos que habían sido dados de alta después de al menos cinco años), 21 reincidieron, lo cual equivale a un 6,2%. Estos resultados eran tan rotundos porque el programa preveía un tratamiento intensivo de largo plazo, clientes relativamente altamente funcionales, un excelente equipo y un extenso programa de seguimiento plurianual que incluía la supervisión. Y de todas formas la eficacia del programa no era al 100%.

Tras la reincidencia de algunos abusadores ampliamente difundidas, se ha impuesto el principio igual de extremo según el cual todos los abusadores de menores son incurables. Algunos piensan que todas estas personas están destinadas a volver a delinquir. Mientras un tiempo vivíamos en una época de excesivo optimismo, ahora corremos el riesgo de caer en un pesimismo sin esperanzas. En ambos casos, la seguridad de los menores no se encuentra garantizada.

En los últimos treinta años, hemos logrado una mayor comprensión sobre cómo abordar el tratamiento de los agresores sexuales de menores. Muchas de las iniciales creencias en este campo tuvieron que ser modificadas e inclusive descartadas. Algunas de las mej ores terapias dedicadas a los abusadores incluyen hoy día estrategias encaminadas a prevenir las reincidencias basadas a menudo en un enfoque cognitivo-comportamental. Pueden incluir una gran variedad de objetivos terapéuticos, a saber, cómo regular las propias emociones, desarrollar relaciones castas con los coetáneos, asumirse la responsabilidad en caso de abusos, desarrollar sentimientos de empatía para con las víctimas y gestionar las fantasías sexuales.

Además los últimas terapias pueden incluir algunas formas del llamado modelo “The Good Lives ”. Este modelo sugiere que los tratamientos más eficaces ayudan a los abusadores a alcanzar los bienes primarios del hombre, es decir, un estilo de vida saludable, una vida laboral gratificante, la paz interior, la amistad y la creatividad. Combinar la estrategia de prevención de reincidencias y la adopción de un buen estilo de vida constituye una combinación eficaz para prevenir el abuso de menores y ayudar a los agresores sexuales para que lleven una vida más saludable. En cierto modo, el modelo “The Good Lives” se basa en principios que resultan intuitivos para los cristianos. Creemos que vivir una buena vida es algo que nos mantiene lejos del pecado y nos ayuda a aspirar a todo lo que es bueno.

Los abusadores de menores han cometido un crimen atroz. Sin embargo, las tendencias actuales hacia la exclusión y demonización de los agresores sexuales no solo son contrarias a los principios cristianos, sino que aumentan la posibilidad de reincidencia de estas personas. Podría parecer liberatorio centrarse en el odio y en el disgusto hacia aquellos que abusan de menores y forzarlos a vivir perpetuamente en la vergüenza y en el destierro. Pero tal autoindulgencia social puede reforzar las dinámicas de vergüenza y victimización subyacentes que impulsan a muchos agresores sexuales a seguir abusando.

Es un problema en el que nuestros valores cristianos pueden ser de especial ayuda en estos momentos. Odiemos el pecado pero amemos al pecador. Despreciemos lo que han cometido los agresores sexuales pero tratemos de rehabilitarlos, para que sean miembros productivos de nuestra sociedad, cuando posible. Atrevámonos a llamarlos nuestros hermanos, pecadores al igual que nosotros. Este comportamiento es cristiano. Comportarse así no es solo en sus mejores intereses, sino en el mejor interés de nuestros niños. Cuando se impulsa a los abusadores a vivir una buena vida, los niños estarán más seguros.

Recomendación 3a: promover la seguridad de los niños; por el bien del agresor sexual, todos aquellos que abusan sexualmente de menores deberían someterse a un programa terapéutico inspirado en las modernos protocolos clínicos especialmente elaborados para tratar estas patologías. Estos programas no deberían solo intervenir desde el punto de vista del abuso, sino fomentar un estilo de vida saludable y virtuoso.

Recomendación 3b: por la seguridad de los niños y el bienestar del agresor sexual, debería reconocerse ampliamente la naturaleza atroz de este delito pero sin demonizar al abusador.

4. Malinterpretar el perdón de los agresores sexuales. Un tiempo los líderes de la Iglesia, a menudo en confabulación con las autoridades civiles, protegían de la ley a los sacerdotes responsables de estos crímenes. En aquel entonces, se creía que el escándalo del arresto de un sacerdote no era positivo para la sociedad o la Iglesia. Asimismo, la Iglesia tenía su propio ordenamiento sobre la base del cual adoptar las necesarias medidas disciplinarias. En los casos de abuso sexual de menores, este enfoque resultaba desastroso.

Juan Pablo II y su sucesor reconocieron con toda razón que el abuso sexual de menores es un delito civil en la mayoría de los países. Los curas católicos no deben ser protegidos y han de responder por los crimines cometidos, ya sea si han robado dinero de sus Iglesias o en caso de abuso sexual de menores o en materia de cualquier otra violación de las leyes civiles. Cuando un sacerdote ha sido acusado de un delito civil, las autoridades públicas deben poder investigar el delito y aplicar la adecuada pena.

Recuerdo una charla con un sacerdote que había terminado de descontar una condena de muchos años por abuso sexual de menores. Le pregunté acerca de su experiencia en la cárcel. Me dijo que era difícil pero que era “una deuda” que sentía necesario tener que pagar. Además, los sacerdotes que cometen crímenes deben responder ante las autoridades civiles no solo por el bien de la sociedad, sino también por el propio bien.

Tras la sentencia promulgada por el tribunal civil, la condena y la terapia psicológica, surge la siguiente pregunta difícil de responder “¿A dónde deberían ir? A veces los abusadores podrían decir: “si realmente me perdonas, deberías reincorporarme como sacerdote”. Sin embargo, el perdón y la reincorporación son dos asuntos diferentes. Podemos perdonar al

sacerdote pero no reincorporarlo. Por ejemplo, podemos perdonar a una persona con antecedentes de asaltos en bancos, pero sería imprudente contratarlo como cajero en un banco. Es decir, perdonamos al hombre pero no lo dejamos que maneje el dinero de la gente.

¿Deberían los sacerdotes que han abusado de menores volver a ejercer el ministerio sacerdotal inclusive restringido? Es una pregunta difícil de responder. El Santo Padre nos ha ofrecido unas pautas sabias en su obra Luz del Mundo. El Papa declara que “es necesario que la Iglesia vigile, condene a los pecadores y sobre todo prevenga que entren en contacto con los niños ”. Es el primero en afirmar que los sacerdotes responsables de abusos sexuales deben responder de sus crímenes. Además establece que no deberían estar más en contacto con los niños por el resto de sus vidas.

Por supuesto, la última afirmación es difícil de aplicar ya que los niños están por todas partes. Creo que el Santo Padre entiende afirmar que estos hombres no deberían tener alguna responsabilidad directa con niños o la oportunidad de contactos privados. En nuestro programa clínico lo afirmamos en nuestras recomendaciones con la siguiente advertencia: “ningún contacto no supervisado con menores”.

Sin embargo, es un problema espinoso. Si los sacerdotes responsables de abusos sexuales se destituyen de sus cargos eclesiásticos, están completamente fuera del control de la Iglesia y por lo tanto lo mejor que podemos esperar es que la sociedad civil los vigile. Sin embargo, la mayoría de los abusadores no se procesan de manera satisfactoria en los tribunales civiles por distintas razones, lo cual implica que sin una condena penal, la sociedad civil no puede supervisar a los abusadores.

En el supuesto de que estas personas no sean destituidas de sus cargos eclesiales, algunos líderes de la Iglesia en distintos países han adoptado, formalmente o de hecho, una política mediante la cual el cura no podrá volver a ejercer la función pública de sacerdote. El cura no está autorizado a presentarse en público como sacerdote y es despojado de toda función sacerdotal. Estas son las llamadas políticas “tolerancia cero”. En caso de abuso de menores, el sacerdote pierde el privilegio pastoral para siempre.

En los Estados Unidos a lo largo de una década hemos intentado que estos sacerdotes permanecieran en el ministerio pastoral después de la terapia y que pudiesen ejercer un ministerio limitado con escaso o ningún contacto con menores. La gran mayoría de estos personas no volvió a molestar a ningún menor, pero algunos reincidieron. Además de la tragedia del sufrimiento causado a un mayor número de niños, esta solución resultó ser públicamente intolerable. Es comprensible que un elevado porcentaje de personas no desean que estas personas vuelvan a desempeñar sus funciones ministeriales, inclusive restringidas. Lentamente se ha difundido en el mundo una realidad ineludible, es decir, si un sacerdote ha abusado de un menor, pierde para siempre el privilegio de ejercer como sacerdote. Esta es la situación vigente en muchos países, y creo que lo será en todo el mundo.

El reto es el siguiente: si la persona no puede ejercer más como sacerdote, entonces, ¿cómo podemos ayudarla para que viva una “buena vida”? Algunos sacerdotes pueden ser capacitados para que realicen un trabajo secular. Otros viven en especiales hogares supervisados

para sacerdotes que han cometido estos tipos de delitos. Otros curas están parados y vagan por la sociedad sin alguna meta prefijada. Todavía no hemos solucionado el problema acuciante de cómo mantenerlos lejos del ministerio sacerdotal y de los niños, pero asistirlos para que puedan tener una vida productiva y supervisada.

Para todos aquellos que no han sido destituidos de su estado clerical pero no ejercen funciones pastorales, es patente que lo más seguro es supervisar a estas personas y mantenerlas lejos de los menores. Para llevar a cabo esta medida, los líderes de la Iglesia en algunos países han comenzado a consultar a profesionales y a desarrollar “planes de seguridad”. Estos planes establecen pautas dirigidas a los sacerdotes que han cometido abusos sexuales y representan una especie de contrato comportamental. Las modernas prácticas clínicas son bastante eficaces en identificar a los abusadores que presentan un riesgo de reincidencia elevado, medio o bajo. En función del nivel de riesgo, el plan será más o menos estricto a la hora de controlar los movimientos del sacerdote.

Debo advertir que hay un pequeño grupo de abusadores de alto riesgo que son personas muy peligrosas. Tal vez hayan abusado de decenas o incluso centenares de niños.iii Este tipo de agresor sexual no responde normalmente a la terapia y presenta una elevada probabilidad de reincidencia, si tiene la oportunidad. Esta minoría con elevado riesgo de reincidencia deberá ser identificada y supervisada rigurosamente.

Por supuesto todos los abusadores no deberán tener jamás algún contacto no supervisado con menores. Los respectivos planes de seguridad deberán ser claros y observados de la mejor manera posible, de lo contrario podrían producirse graves consecuencias negativas.iv El objetivo es garantizar la seguridad de estas personas para mantener seguros a los niños.

Recomendación 4a: Benedicto XVI afirmó que “es necesario que la Iglesia vigile, condene a los pecadores y sobre todo prevenga que entren en contacto con los niños ”.

Recomendación 4b: en países con un ordenamiento penal equitativo y en función, los líderes de la Iglesia deberán denunciar las acusaciones de abuso sexual de menores a las autoridades civiles competentes.

Recomendación 4c: desarrollar planes de seguridad para abusadores sexuales de menores que estén basados en distintos niveles de riesgo. Supervisar a estas personas, mantenerlas lejos de los niños, aplicar los planes.

5. Formación humana carente de los sacerdotes, inclusive a nivel de la esfera sexual.En los Estados Unidos a fines de los años 1970 y 1980, hubo un pico de casos de abuso sexual de menores. ¿Cuál era la razón? Probablemente era debido a una combinación de factores.

En primer lugar, tal vez el factor más importante, una investigación preliminar que realicé me permitió descubrir que en aquella época se había admitido al sacerdocio un grupo de personas con un nivel elevado de disfunciones sexuales.v

En segundo lugar, aparentemente habían contribuido también las condiciones sociales. El ambiente en el que vive un potencial abusador puede influir en su comportamiento delictuoso. En aquel período, la Iglesia y la sociedad en general abordaban de manera insuficiente el problema del abuso sexual. La Iglesia y la sociedad en general no habían puesto en marcha iniciativas encaminadas a prevenir de manera oportuna el abuso sexual, tal y como habrían realizado al cabo de varios años. Además, es probable que también haya contribuido al recrudecimiento del fenómeno el clima cultural generado por la llamada “revolución sexual” de los años sesenta.vi

Es decir, es como si hubiéramos concentrado un grupo de personas con varios problemas de desviación sexual en un ambiente que no solo no condenaba ni sancionaba suficientemente el abuso sexual de menores, sino fomentaba la más desenfrenada expresión sexual. Una sexualidad anormal junto con un ambiente cultural permisivo representa una combinación mortal.

Hoy en día la sociedad estadounidense ha emanado leyes estrictamente aplicados que velan por el bienestar de los niños. Asimismo la Iglesia católica en los EE.UU lleva a cabo uno de los programas de protección infantil más extensos que cualquier otra institución en el mundo haya realizado. En efecto no sorprende la drástica disminución de la incidencia del abuso sexual de menores en la Iglesia católica de los Estados Unidos. ¡Gracias a Dios! Ello pone de relieve la importancia de los programas de seguridad infantil para la Iglesia Católica en todo el mundo y para la sociedad en general. Los programas de protección infantil tienen como objeto modificar la cultura global en la que operan los potenciales abusadores. Estos programas marcan la diferencia.vii

También esta situación destaca la necesidad de seleccionar y capacitar mejor a los candidatos sacerdotes. Reconocemos que es imposible identificar y eliminar todas las desviaciones psicosexuales en los candidatos al sacerdocio. Como ya afirmado, la psicología no garantizará la prevención del fenómeno al 100%. Sin descartar el hecho de que también hay muchos tipos diferentes de agresores sexuales. Según la opinión pública, todos los responsables de abuso sexual de menores presentan características análogas, pero no es así.

Sin embargo, es verdad que presentan algunos rasgos comunes. Por ejemplo, la mayoría de los abusadores se distinguen por su escasa capacidad de relacionarse con sus compañeros. Muchos de ellos sufren de desregulación afectiva. Un significativo porcentaje, aunque no la mayoría, han padecido de abusos sexuales cuando eran niños.

Además, hay varios tipos de abusadores. Algunos son narcisistas que usan las personas para gratificar sus propias necesidades. Otros son hipersexuales y cultivan relaciones sexuales promiscuas con diferentes clases de personas. Algunos son pedófilos tradicionales que se encuentran atraídos sexualmente por niños prepuberales. Otros abusan de los niños con la convicción de curar el HIV/SIDA. Algunos son adultos que encuentran a los individuos pospuberales emocionalmente coherentes con su desarrollo emocional atrofiado, etc.

Hoy día un tema sumamente debatido es la relación entre abuso sexual de menores y homosexualidad. Se distinguen dos posiciones extremas: algunos afirman que el abuso sexual de

menores es sobre todo un problema de homosexualidad, otros creen que estos dos fenómenos no tienen alguna relación. Las investigaciones se encuentran aun en una fase preliminar, pero ya podemos afirmar lo siguiente. En primer lugar, las personas que abusan de los niños no son todas homosexuales y la mayoría de los homosexuales no molestan a los menores. Sin embargo, hay un subgrupo de personas que se identifican como homosexuales que presentan un riesgo elevado. Según los datos recopilados sobre los sacerdotes-abusadores en América del Norte, el principal grupo de víctimas eran varones pospuberales. Cuando se pidió a los abusadores que identificaran su orientación sexual, la incidencia de homosexuales o bisexuales era desproporcionadamente mayor respecto a la de los heterosexuales.viii Dr. Martin Kafka concluyó que la homosexualidad no es una causa, sino un “posible factor de riesgo” en el problema del abuso sexual de jóvenes

ix La relación entre homosexualidad y abuso sexual de menores es compleja y aun no se

varones.

ha comprendido plenamente.

No hay ningún examen que permita descartar la totalidad de agresores del sacerdocio, pero algunos pueden ser identificados. Mis colegas y yo coincidimos en que lo más útil y apropiado es llevar a cabo un exhaustivo historial psicosexual, mediante una entrevista en un ambiente confidencial con un médico colegiado. El experto evaluará si candidato ha atravesado las normales etapas psicosexuales y si presenta cualquier síntoma de desviación psicosexual o psicosocial. Estos médicos han salvado la Iglesia de situaciones potencialmente desastrosas. De esta manera algunos candidatos con anomalías sexuales pueden ser identificados y descartados, aunque como ya afirmamos no completamente.

Además una vez que los candidatos han sido aceptados a la formación, es de importancia clave poner en marcha luego un intenso programa en formación humana. En su obra seminal sobre la formación sacerdotal, Pastores Dabo Vobis, Juan Pablo II definió la formación humana como la “base necesaria” de toda formación sacerdotal, que deberá prever una vida sacerdotal, saludable y casta. Además deberán incluirse pautas sobre cómo gestionar las propias emociones y entablar relaciones saludables y castas con sus coetáneos. Si una persona cultiva amistades sólidas con sus coetáneos, es improbable que recurra a abusar de menores.

Recomendación 5a: desarrollar eficaces programas educativos de seguridad infantil capaces de crear el ambiente adecuado para disuadir a los potenciales abusadores.

Recomendación 5b: efectuar un examen psicosexual de los candidatos al sacerdocio que deberá incluir un historial psicosexual integral realizado mediante una entrevista clínica confidencial por parte de un médico experto.

Recomendación 5c: proporcionar formación amplia y continua acerca de un estilo de vida psicosexual y psicosocial casto para los candidatos al sacerdocio y los sacerdotes. Estos programas deberán incluir una eficaz regulación afectiva, una gestión casta de la propia sexualidad y el cultivo de relaciones castas con los propios coetáneos.

6. Pasar por alto a las señales de peligro. El último error del cual deseo hablar es no dar importancia a las “señales de peligro”, es decir a aquellos indicios claros de abuso sexual inminente. No solo a veces hemos abordado de manera ineficaz las acusaciones, sino que también hemos pasado por alto indicios de un comportamiento peligroso y nos hemos dado cuenta cuando ya era demasiado tarde.

Antes de que se verifique el acto del abuso sexual, un agresor atraviesa generalmente un “período de conquista”. Puede hacer regalos costosos al menor, sacarle fotos sugestivas, pasar cada vez más tiempo a solas con el niño, tocándolo de manera inapropiada. Puede contarle al niño que él o ella es especial y que este es su secreto. Si otros adultos ven algo de lo que está pasando, pueden sentirse turbados con respecto a esta relación y/o volverse sospechosos. En el pasado, hemos ignorado en varias ocasiones relaciones inapropiadas y nos hemos percatado de ellas cuando ya era demasiado tarde. Estos comportamientos son señales de peligro irrefutables que presentan de por sí un carácter abusivo.

Por ejemplo, recientemente se supo que un sacerdote sacó centenares de fotos a menores, transcurrió muchísimo tiempo con ellos, solía tener sentados a los niños en su regazo y les hacía hurguetear en sus bolsillos, además le encontraron en su apartamento ropa íntima de una niña pequeña. Pero la Diócesis respondió de manera lenta e ineficaz a la queja formal recibida. Finalmente el sacerdote fue arrestado por posesión de material pedopornográfico. Todas las señales estaban presentes y aludían que esta persona cultivaba intereses sexuales anormales y que los menores corrían peligro o eran objeto de abuso sexual. La gente presentó formalmente quejas y sin embargo los líderes de la Iglesia tardaron en responder.

Es nuestra responsabilidad proteger a los niños. Y esto no solo comporta abordar las acusaciones de abuso sexual de menores de manera oportuna y eficaz, sino también reconocer las señales de peligro, los indicios. Una y otra vez hemos pasado por alto estas señales y nos equivocamos a la hora de intervenir adecuadamente.

Pero las buenas noticias nos muestran que un número creciente de líderes de la Iglesia están cada vez más atentos a estas “señales”. Conozco numerosos casos recientes en los que los líderes de la Iglesia han intervenido en situaciones similares antes de que ocurriera el abuso. De esta manera muchos niños han sido salvados. El clima de prevención y una cultura que vela por la seguridad infantil se están difundido cada vez más en numerosas áreas de la Iglesia.

Recomendación 6: los líderes de la Iglesia deberían conocer las “señales de peligro” que indican que un alguine podría ser, si ya no lo es, responsable de abuso sexual de menores. En caso de significativas “señales de peligro” o violaciones de los confines, las intervenciones deberían restablecer los límites adecuados, además de evaluar la situación e intervenir de manera oportuna.

Enumeré seis áreas generales de errores que hemos cometido y las relativas doce recomendaciones con la esperanza de que los demás no cometan los mismos errores. Fui testigo de la angustia y la vergüenza de las víctimas, de los abusadores y de todo el pueblo de Dios

conmocionado por esta terrible tragedia. Espero de todo corazón que otros puedan aprender más rápidamente y responder de manera más eficaz.

Ha llegado el momento de erradicar este mal de nuestra sociedad de forma proactiva y agresiva. Debemos comenzar esta tarea exorcizando este mal entre nosotros. Ha estado con nosotros por muchos siglos y sigue estando hasta la fecha. Los abusadores de niños deben saber que no tendrán refugio seguro en nuestra Iglesia.

La Congregación para la Doctrina de la Fe ha comenzado este proceso a nivel mundial invitando a todas las Conferencias Episcopales a presentar pautas para abordar el abuso sexual de menores dentro de finales de año. Sabemos que las pautas son inútiles de no ser respaldadas por la voluntad y el compromiso.

El abuso sexual de menores es un fenómeno que puede interrumpirse. La vertiginosa disminución del abuso sexual de niños en la Iglesia Católica de los Estados Unidos y de otras regiones, tras décadas de numerosas iniciativas vigorosas puestas en marcha, demuestra claramente la utilidad de los programas de protección infantil.

El proceso comienza con la educación. Agradezco de todo corazón a la Universidad Gregoriana por el coraje y la integridad intelectual de presentar este taller, que ha recibido la aprobación más firme de las esferas más altas de la Iglesia.

Recientemente he podido observar los enormes pasos que la Iglesia ha dado en combatir esta tragedia, con el apoyo rotundo del Santo Padre. Esta creciente conciencia se ha de difundir en el mundo.

Nuestro meta consiste en convertirnos en la voz de millones de niños abusados. Debemos estar al lado de todos aquellos que han sido heridos y han sufrido. Un día las víctimas de abuso sexual de niños nos mirarán no como a un enemigo, sino como a su defensor y amigo. Todavía ese día no ha llegado y por lo tanto no somos completamente la Iglesia que debemos ser.

La Iglesia Católica es una gran institución internacional con más de 2.000 años de historia, que demora en cambiar. Pero cuando por fin aúna la fuerza intelectual y la convicción moral y se concentra en lo que es justo, el poder de su voz es imparable. San Pedro Apóstol nos habló de este mal terrible y las puertas del infierno no prevaldrán sobre él.

iEn un estudio inédito de 2011 realizado por el Instituto San Lucas (SLI) de 91 sacerdotes que habían abusado de menores solo un 14%, es decir 13 agresores sexuales habían referido haber abusado solo de una víctima. Un 47% declaró haber abusado de 5 o más víctimas. El número modal de víctimas referido a esta muestra era cuatro. iiStolten borgh, Ma rije etal., “A Global Perspective on Child Sexual Abuse: Meta~Analysis of Prevalence Around the World,”Child Maltreatment 16(2), 2011, pág. 87.

iiiEnel estudio previamente citado de unos 91 agresores sexuales tratados en el Instituto San Lucas (SLI), un 10% (9 de 91) ha declarado haber abusado de 30 o más víctimas. Un sacerdote declaró 500 víctimas, dos declararon 100 víctimas, uno 50, otro 40, mientras que un sacerdote declaró 35 y 3 sacerdotes declararon haber abusado de 35 víctimas.

ivUna consecuencia negativa de no cumplir el Plan de seguridad podría ser el abandono total del estado clerical. vStephen J. Rossetti, Why Priests are Happy: A Study of the Psychological and Spiritual Health of Priests (Notre Dame, Indiana: Ave Maria Press, 2011), págs. 48~52.

viJohn Jay College of Criminal Justice, The Causes and Context of the SexualAbuse of Minors by Catholic Priests in the United States, 1950~2010 (Washington, DC: Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, 2011), pág. 36.

viiFinkelhor, David et al., “Updated Trends in Child Maltreatment, 2008,”Crimes Against Children Research Center. Durham, Nuevo Hampshire, Universidad de Nuevo Hampshire. Para más información, visitar: http://www.unh.edu/ccrc/Trends/index.html.

viiiMcGlone G., Viglione D.J., Geary B.: Data from one treatment center in USA (n=150 catholic clergy) who have sexually offended. Estudio presentado en ocasión de la Conferencia anual sobre el Tratamiento y la Investigación organizada por la Asociación para el Tratamiento de Abusadores Sexuales (Montreal, Ontario: CN, Octubre de 2002). En un estudio realizado sobre una muestra de 158 sacerdotes tratados en el Instituto San Luca, de todos aquellos que habían abusado de niños prepuberales un 54% se identificaba como heterosexual, un 32% como homosexual y un 14% afirmaba ser bisexual. De los sacerdotes que habían abusado de menores pospuberales, un 46% había declarado ser homosexual, un 35% heterosexual y un 19% se identificaba como bisexual. Véase también Miriam D. y Dodgson, Christine, “Clergy Who Violate Boundaries,”SeminaryJournal, Invierno 2007, 13(3), págs. 7~ 19.

ixKafka, Martin P. “Sexual Molesters of Adolescents, Ephebophilia and Catholic Clergy: A Review and Synthesis,”en SexualAbuse in the Catholic Church: Scientific and Legal Perspectives, ed. de R. Karl Hanson et al. (Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 2004), pág. 54.

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