Candidatos al Sacerdocio y a la Vida Religiosa. Simposio sobre los abusos sexuales por parte de Clérigos en la Universidad Gregoriana.

Candidatos al Sacerdocio y a la Vida Religiosa.

Jorge Carlos Patrón Wong.

Selección, detección y formación:

El Papa Benedicto XVI ha señalado que el cambio de época que vivimos genera una “emergencia educativa”. Se percibe una dificultad de transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia humana y cristiana.

En medio de esta sociedad secularizada y relativista, nos encontramos con ambientes esperanzadores llenos de esfuerzo y trabajo por una Iglesia más fiel al Evangelio. Entre esos espacios privilegiados, donde el Espíritu Santo va apuntalando como “semilla de mostaza” modos diferentes de vida, se encuentran los seminarios y las casas de formación.

Voy a enumerar algunos de estos destellos, que están ya en evolución en nuestros Seminarios.

La revolución copernicana:

Desde hace 10 años he sido testigo cercano de cómo en la Organización de Seminarios de Latinoamérica y del Caribe (Oslam), y con ella en las organizaciones nacionales de Seminarios, se ha dado un giro a lo que hemos llamado “revolución copernicana”. Un cambio radical en el centro de atención.

El centro de gravitación no son ya los métodos, teorías y recursos dirigidos a los seminaristas, sino que las baterías han apuntado hacia la formación permanente de los formadores, porque la experiencia ha constado que lo que realmente forma a la persona del seminarista es la vida y el ejemplo del formador1

La novedad consiste en que el propio formador, delante de los retos de la misión formativa actual, toma consciencia de que el Seminario es el espacio formativo permanente para él y no simplemente para los seminaristas; que es un nuevo llamado de Cristo para él y no únicamente para los candidatos al sacerdocio; y por lo tanto, en su

1 Cfr Orientaciones para la formación del formador”. Conclusiones de la XVII Asamblea General de la Oslam, Medellín, Colombia, 1~6 diciembre 2003.

Cfr. Conclusiones de la Asamblea Extraordinaria de la Oslam, Mérida, México, 13~18 octubre 2008

 

servicio como formador descubre un camino discipular cristiano y de conformación sacerdotal para él mismo.

La eficacia y los frutos del Seminario “están vinculados a la manera como los propios formadores viven su vocación y al modo como la expresan en el acompañamiento al formando, en el trabajo de equipo y en espíritu de comunión”2

El Ambiente de Familia:

Podríamos pasar días enteros hablando de las familias rotas o disfuncionales y con poca vivencia cristiana. La mayoría de nuestros seminaristas provienen de esta realidad. El Seminario resulta la segunda experiencia comunitaria de vida, después de la familia. La segunda familia que es el Seminario está llamada a valorar todo lo positivo de la familia de origen, pero al mismo tiempo tiene que sanar, corregir y aportar todo lo que como carencia o negatividad se trae en el corazón en las relaciones afectivas y de convivencia.

La precisión que hace la exhortación apostólica “Pastores dabo vobis”3, de que el Seminario, antes que ser un lugar o espacio material, debe ser un ambiente espiritual, un modo de vida que como atmósfera favorezca y asegure un proceso formativo, adquiere suma relevancia.

El “ambiente real” de la vida comunitaria depende directamente de la consistencia humana y espiritual de cada uno de sus miembros. En una comunidad, los seminaristas consistentes y sinceros estimularán recíprocamente el crecimiento vocacional y ayudarán a mantener el ambiente propicio a los ideales sacerdotales. La presencia y prevalencia de seminaristas de “dos rostros o de doble vida”, acostumbrados a proclamar públicamente los ideales sacerdotales más elevados y al mismo tiempo a traicionarlos en la intimidad de la vida, tienen el poder de destruir los espacios y medios formativos, generando ambientes verdaderamente antivocacionales.

El paso de un ambiente meramente institucional a un ambiente de familia es indispensable para lograr cambios reales en la manera de pensar y vivir de los seminaristas. El sentido de la paternidad, la filiación, la fraternidad, el bien común, el servicio a los demás, anteponiendo los intereses o gustos personales, sólo se pueden experimentar en atmósferas familiares.

2 Ibid,n 49 3PDV 42

 

Quienes hemos sido formadores, hemos experimentado que, al paso de los años y de las experiencias formativas, el propio rol o transferencia relacional cambia radicalmente en el organigrama afectivo y perceptivo de los seminaristas y de uno mismo.

Recuerdo que en mis primeros años como formador los seminaristas me veían, trataban y se relacionaban conmigo como “hermano mayor”. Y me comportaba –consciente e inconscientemente~ como tal. Al correr de los años, descubrí que, con las nuevas generaciones, las relaciones habían mutado a la de figura paterna. Sus actitudes y las mías, sus comportamientos y los míos eran propios de una relación semejante a la hijo~ padre, padre~hijo. Y más tarde, como rector del Seminario, con sorpresa aprendíque los jóvenes se acercaban buscando una relación de casi nieto~abuelo, abuelo~nieto, donde la experiencia, la paciencia y la visión de una persona adulta madura, con “canas”, era solicitada para equilibrar la visión y relación de los “prefectos de disciplina” que como buenos papás estaban ocupados en las correcciones inmediatas, el orden y el buen funcionamiento de los procesos cotidianos de la formación.

Cada uno de estos roles no sólo tiene su encanto, sino que tiene su eficacia como instrumento pedagógico para que se vayan experimentando los valores del Evangelio desde una diversidad y complementariedad semejante a la que se vive en la familia. No es ni con figuras de autoridad preocupadas solamente por la observancia externa de reglas de pureza y normas de disciplina, ni con aproximaciones ingenuas donde se deja el andar del proceso vocacional a la supuesta libertad y madurez personal del candidato, donde la relación formativa cumple su función. Es la presencia, el acompañamiento cercano y cotidiano, el conocimiento de los motivos profundos y la confrontación evangélicas que realiza el formador al candidato lo que va tejiendo la reestructuración psicológica y espiritual de la persona ante la llamada de la gracia divina.

Si este ambiente familiar no se logra, los traumas e insatisfacciones personales crecerán y se multiplicarán hasta niveles enfermizos y escandalosos en el presbiterado.

La gradualidad y la diversidad de las etapasformativas:

Desde una perspectiva teológica y espiritual los valores que se proponen al candidato son ideales de gran altura. Es el inicio de un camino donde al don de la gracia tiene que estar secundado por el esfuerzo, la acción ascética que depende del autoconocimiento y la confrontación. La vocación específica requiere de procesos prolongados y etapas gradualmente organizadas.

 

El deseo y la vivencia de los valores vocacionales no brotan de la nada, no son flores silvestres. Son frutos bien cultivados, intencionalmente buscados, propuestos de manera explícita y clara.

Este movimiento de especialización en los métodos y contenidos por etapas se está cristalizando en auténticos itinerarios formativos que favorecen una interiorización paulatina y evolutiva del ser hombre, cristiano, discípulo y Buen Pastor.

Así el Seminario Menor, está dirigido a formar a un buen cristiano. En el Curso Introductorio, con duración de un año, se profundiza la experiencia de un cristiano en discernimiento vocacional vivido en comunidad, donde se revisa la iniciación cristiana en términos de catecumenado. La etapa filosófica es propuesta como el aprender a ser discípulo de Cristo, más allá de simples estudios filosóficos. La etapa teológica incluye un itinerario “configurador específico”: los sentimientos, las actitudes, el estilo de vida de Jesucristo Buen Pastor. Debe ser la etapa no únicamente más prolongada, sino la más exigente en la formación inicial. El año o tiempo de experiencia pastoral varía de Seminario a Seminario. . Lo importante es la verificación de la vivencia de los valores vocacionales adquiridos y la prevalencia de una autoexigencia y generosidad personal que demuestren su idoneidad.

A este proceso formativo que se realiza dentro del Seminario Mayor, que abarca cuando menos 9 años de formación (un año de curso introductorio, tres de filosofía, cuatro de teología, un año de experiencia pastoral), y en el caso del Seminario Menor tres años más, se añade cuando menos un año de seguimiento vocacional previo a la admisión en el Seminario.

Por lo tanto, el esquema de estudio de dos años de de filosofía y tres años de teología, que canónicamente es el mínimo para recibir las órdenes sagradas, ha quedado totalmente superado como un hecho del pasado, que ninguna casa de formación seria en Latinoamérica sigue en la actualidad. La selección y formación de los candidatos al sacerdocio hoy cuentan con un proceso mucho más prolongado y cualificado que en el pasado. Esta decisión se fue tomando paulatinamente en los últimos años como respuesta a los nuevos retos que fueron apareciendo.

Algunas líneas pedagógicas y principios formativos prioritarios:

En la última década se han logrado unificar algunas líneas pedagógicas y principios que se han compartido en las reuniones de formadores. Mencionamos las principales que pudieran ser útiles para el propósito de este simposio:

 

Conversión integral:

La conversión es un fenómeno que ocurre en el ámbito de la fe, pero que debe incluir a toda la persona. Implica una conversión a la verdad, al bien y al amor. En los casos de desviaciones sexuales se descubre que la conversión no se realiza en estos tres planos y de manera dinámica y permanente.

El plano de la Verdad: es necesaria la apertura a la realidad, no construir la formación sacerdotal en la fantasía, en la imaginación o en expectativas no realistas. Es la parte intelectual de la conversión, que nos lleva a percibir valores objetivos y a contemplarlos como meta de la propia existencia. Aunque siempre conserva su carácter de misterio, el candidato debe poseer la capacidad de aproximarse a la realidad personal y del entorno, aunque sea dolorosa. Debe preguntarse dónde están sus motivaciones reales más profundas y por qué se adhiere a ciertos valores. Se cuestionan sus móviles inconscientes y sus orígenes, y une la inteligencia y el espíritu sobrenatural para que se encuentre con la verdad de la vocación.

El plano del Bien: No basta comprender la verdad, es necesario que sea significativa para la persona en el contexto concreto de vida. Que sea percibida como un bien, que se elije libremente y que abre a la persona a la experiencia subjetiva de un valor objetivo. Algunos seminaristas no dan ese paso realmente en aspectos centrales de la vocación sacerdotal. Por ejemplo, el celibato es visto interiormente como una norma o un requisito, se acepta como tal, pero jamás es experimentado como un don carismático que es un bien para la persona y que hay de desarrollar y cuidar para la comunidad.

El plano del Amor: Es el carácter afectivo, tan central e importante en la vivencia de los valores propuestos. La verdadera amistad, las relaciones cordiales, maduras, fraternas, la vida comunitaria donde se da y se recibe deben ser constatadas con mucho cuidado. No se trata de cualquier afectividad, sino que viene caracterizada por el don de sía favor de los demás. Sólo en la conversión a la oblación y no en la gratificación de necesidades personales se puede construir una vida célibe.

Verificación de la relación con la totalidad de yo y la propia identidad:

La persona que ha evolucionado normalmente logra la doble capacidad de diferenciarse e integrarse. Esta capacidad lleva al sujeto a fijar sus propios límites ante los demás (diferenciación) y, a la vez, asumir su propia realidad compleja y ambivalente, ligando el

 

pasado y el presente con un ideal proyectado hacia el futuro (integración). Ambos movimientos están relacionados entre sí, siendo precisamente esta correlación armónica la que permite tener la certeza de la propia amabilidad subjetiva y el carácter positivo y estable de la persona.

Cuando en el candidato no se dan ambos movimientos en el proceso diario de la formación, no se puede reelaborar lo vivido, captar su sentido, recomponer las rupturas y divisiones, y reconciliarse con las vivencias negativas o percibidas como tales. Y este conjunto de carencias no permiten que se sitúen los ideales vocacionales en la realidad total de la persona. Funcionalmente los procesos formativos caen en el vacío y la petición de una coherencia de vida será considerada tarde o temprano, por la misma persona como un absurdo o un imposible.

La verificación se debe realizar en las casas de formación por medio de signos concretos de la vida diaria, como son: a) No limitarse al comportamiento externo, sino incluir también las predisposiciones y motivaciones para obrar, en los sentimientos y en las sensaciones conscientes o inconscientes siempre ligados a relaciones conflictivas con los demás, especialmente en el nivel de de los celos ,las intrigas y las mentiras. b) Cuando las anomalías relacionales no se ven como un problema personal, sino como un conflicto ocasionado siempre por los demás, el candidato percibe sus necesidades afectivas como legítimas y justificables. Sus propias gratificaciones afectivas, sexuales o de poder son realmente la fuente energética de su vocación y por lo tanto no ve internamente por qué habría de cambiarlas. c) La incapacidad de asumir los canales alternativos sanos que ofrece la formación para vivir la ausencia de gratificación y salir de símismo, como son: la oración, la vida fraterna, el deporte y el apostolado.

Estos elementos son decisivos para el futuro sacerdote, porque generan una identidad estable que lo hace capaz de vivir en forma unitaria, la multiplicidad de experiencias y de relaciones, de donde se pueden desarrollar los parámetros fundamentales de la personalidad del Buen Pastor: amor a la verdad, la lealtad, el respeto por la persona, el sentido de justicia, la coherencia y el equilibrio de juicio y comportamiento4.

Hay que tener en cuenta, que sociológicamente, la certeza sobre la propia identidad y la orientación sexual no es fácil para el joven de hoy, porque su definición tiene que hacerla de frente a una sociedad “líquida”, para retomar la célebre definición de Bauman, que parece hacer igualmente viables todas las posibilidades, en todos lados y en todo momento, incluyendo        las ilusiones virtuales de internet5. Por eso cobra mayor

4Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 11.

5H. Zollner, IlSe –contenuto,processi,mistero, en A. Manenti, S. Guarinelli, H. Zollner (eds), Persona e Formazione. Riflessioni per la pratica educativa y psicoterapéutica, Bologna, EDB, 2007.

 

importancia el ambiente sano del Seminario, con comportamientos y lenguaje que claramente inviten a definiciones de identidad.

La complejidad aumenta porque la sexualidad y afectividad humanas, aun si están estrechamente vinculadas entre sí, no coinciden. La sexualidad, entendida como genitalidad, puede ser manifestación privilegiada del afecto, pero no necesariamente. La sexualidad puede también ser vivida en forma totalmente desenganchada de los afectos, como en la perversión, en la que se procura reducir al otro a un objeto sobre el cual concentrar la agresividad y la frustración.

Por otra parte la afectividad puede no tener expresiones sexuales, como es el caso de la vida consagrada y del celibato, y encontrar otras formas de expresiones: las relaciones en el interior de la vida comunitaria, los ministerios apostólicos y la amistad.

Es una visión que se ve confirmada en investigaciones de la psicología del desarrollo: “La respuesta sexual humana puede ser postergada en forma indefinida o negada funcionalmente durante toda la vida. Ningún otro proceso fisiológico puede reclamar una maleabilidad tal de expresión física […]. Aun si es una función fisiológica natural, la respuesta sexual puede ser sublimada, delimitada, desplazada o tergiversada por la inhibición de sus componentes naturales y/oalteraciones del ambiente en el cual obran. Por ejemplo: la función sexual como proceso natural puede ser sublimada, por razones suficientemente válidas, logrando un alto grado de tolerancia a las tensiones sexuales con indulgencia y distorsión»6.

Esta complejidad es comprensible si se reconoce el carácter simbólico de la sexualidad y de la afectividad, su referencia estructural a significados escondidos y no reconocidos explícitamente por la persona; y por lo tanto, a significados tan diversos como contrastantes entre los seminaristas que viviendo formalmente el mismo proceso formativo generan resultados tan diferentes y opuestos.

Un anciano y sabio sacerdote psicólogo comentaba en clases que en el mundo afectivo y sexual todo podría pasar, todo podría combinarse e imaginarse. Y por lo tanto habría que seguir la recomendación directa que nos hizo Jesucristo: “oren y vigilen”. Orar todo, vigilar todo.

Esta realidad implica también que los formadores deben tener en cuenta que algunas dificultades, a primera vista marcadamente sexuales, reflejen de hecho problemáticas de otro tipo, como la estima de símismo, la madurez y la dificultad de donación y de vivir relaciones profundas y estables.

6 W.Masters, V. Johnson, La respuesta sexual humana, Buenos Aires, Intemédica, 1978.

 

La capacidad de amar y de donarse:

Una de las expresiones más importantes de la madurez afectiva es la capacidad de reconocer y querer el bien del otro, en la búsqueda de la empatía. La vocación cristiana es la invitación a salir de símismo para poner en Dios el centro de la propia existencia, contra la tentación de hacer del yo el centro de la propia vida.

En el substrato existencial de los abusadores sexuales se encuentra lo contrario: narcisismo, auto~suficiencia y la autorrealización como criterio supremo de vida. Criterios que fácilmente pasan como normales y justificables porque está de moda la cultura de la autorrealización personal como dogma para lograr la supuesta felicidad.

El P. Luis Rulla expresa asíel dilema psicológico que se coloca en las relaciones afectivas entre la autorrealización y la autotrascendencia, confrontadas con los valores cristianos: “Es importante decir que la motivación fundamental de la vocación cristiana no puede ser la autorrealización (self~actualization; self~fulfillment) como fin en sí misma; después de todo, ésta comporta una visión antropológica en la que el hombre está centrado en sí mismo, y es, por tanto, incapaz de amar e incapaz de recibir amor, está imposibilitado para tener una relación con el otro que no tienda a la utilización de éste en vistas a la propia autorrealización […]. Muy distinta es la antropología que subyace a la autotrascendencia del ágape. Aquíla motivación es el don total de sípara el bien, todo el bien del otro; en esta relación con el otro el individuo sale de sí hasta el punto de olvidarse de símismo; donde no se busca la realización de sus capacidades o posibilidades particulares; sino que se acoge a la otra persona sin reservas, en su totalidad. Así el hombre se realiza a sí mismo, en su libertad de autotrascendencia del amor; pero esta autorrealización es una consecuencia de la autotrascendencia. La antropología cristiana es un personalismo del Túy del tú, no es un personalismo del “yo”7”.

La verificación humana de la autotrascendencia que los formadores deben constatar en el día a día de la vida personal y comunitaria, aunada a las experiencias apostólicas realizadas fuera del Seminario, posee su equivalente en el campo de la vida espiritual, que los buenos directores espirituales saben detectar.

Los padres espirituales constatan que aunque la motivación cristocéntrica y trascendente de la vocación sacerdotal y la vida consagrada debería ser la principal, lamentablemente a veces no lo es, y prevalecen motivos secundarios como el ocupar un rol, anhelos de

7L. Rulla, Antropología de la vocación cristiana I. Bases interdisciplinares, Madrid, Sociedad de Educación Atenas, 1990.

 

protagonismo, realización de actividades de desarrollo humano y de incidencia en la justicia social, pero no una auténtica experiencia de Dios, un gusto por lo sagrado y un sentido auténtico de vida espiritual.

Los pederastas son personas que no han logrado una espiritualidad afectiva capaz de implicar los sentimientos, la mente y la imaginación en una opción cristocéntrica y trascendente de la vida. Ella es propia de quien ha realizado una experiencia auténtica de Dios y sabe encontrar en la relación con El la razón de ser de la propia vida.

El cardenal Hume aconsejaba a los futuros sacerdotes: “ el único modo de vivir como célibes es vivir una vida disciplinada de oración. Creo que sea esto lo que al final nos salva. Debes llenar tu mente y tu corazón con una enorme aspiración por Dios, y por las cosas de Dios. No podrás hacer esto al máximo nivel, pero debería ser aquello a lo que se tiende siempre”8

La centralidad de la afectividad:

En la última década en los Seminarios latinoamericanos se ha revalorado la centralidad del mundo afectivo de cada persona y de la comunidad. Esta reafirmación de la afectividad significa ir a la fuente de la propia vocación, que no es simplemente una renuncia al matrimonio sino un don. Es el amor de Cristo que se apodera del elegido y que siente la necesidad de permanecer libre para responder con plenitud a la elección. No es el celibato lo que constituye la esencia de la vida consagrada, sino es la respuesta amorosa en la relación al Señor que nos ha amado primero. Realidad profunda de la cual el celibato es un signo concreto en la respuesta diaria de la persona.

Por esto, la ausencia de sentimientos es un dato muy preocupante en la dinámica formativa y es también una de las características evidentes en la personalidad de abusadores de menores. Aun si no se llega a estos excesos permanece igualmente un signo preocupante, porque revela la falta de la alegría, propia de quien ha encontrado el tesoro en el campo o la perla preciosa ( Mt 13,44~46).

Los buenos formadores han aprendido a no ser complacientes con quien se muestra demasiado casto y demasiado serio, con quien es rígido y frío, pero también con quien ya resolvió todos los problemas y no tiene ninguna dificultad y cree poder leer todo, sentir

8 B. Hume, Operaidel Vangelo. Diaconi, preti, vescovi, laici, Paulinas, Milán 1992

 

todo, ver todo […]. Son los tipos menos confiables. La presunción es otro pésimo indicador pronóstico»9.

Cuando un candidato excluye los afectos del itinerario formativo, se corre el riesgo de recurrir al sacerdocio como a una especie de “profesión”, de ejercicio de un poder socialmente reconocido. En esta perspectiva la dimensión del rol se vuelve la motivación central, en el sentido que el individuo encuentra en ello, más allá de posibles beneficios, una respuesta esencial a la estima de símismo, de protección de miedos e inseguridades, de forma que las motivaciones espirituales terminan por volverse del todo secundarias hasta llegar a ser irrelevantes.

De esta forma termina por identificarse psicológicamente “con el rol”que cumple, a costa de los valores vocacionales que debería expresar. Por este motivo, la persona no estará preocupada por no ser coherente con los valores propios de la elección realizada, sino por las posibilidades gratificantes que podría obtener, de las que está siempre más dependiente, hasta no advertir que algunos gestos o acciones desencajan en forma impresionante con la vocación. Y así, a una práctica de “fachada”, advertida claramente por algunos con los que se relaciona, no corresponde una adhesión de mente y de corazón, mandando un mensaje claramente contrario. De hecho, en estos casos “el individuo depende de factores externos: obtener una recompensa o evitar un castigo o mantener una relación gratificante con una persona o con un grupo”10.

Por ello, a nivel formativo se pone particular atención en el cómo la persona se relata a sí misma y cuenta la propia historia de su vida en las entrevistas de acompañamiento con los formadores.

Los directores espirituales descubren en este tipo de personas una pobre experiencia de dependencia a Dios, un escaso sentido de ser creaturas, que los conduce a una incapacidad fundamental de reconocer las propias debilidades y pecados y por lo tanto a una nula disponibilidad para trabajar sobre sí mismos. El descubrimiento de abusos sexuales siempre va precedido por años de mentira espiritual, sin respeto alguno a la dirección espiritual y al sacramento de la reconciliación.

El valor formativo de la renuncia:

9A. Cencini, Nel amore. Libertáe maturitáaffettiva nel celibato consacrato, Bologna, EDB, 1995. 10 Ibid.

 

Otra característica importante a verificar en la formación inicial es la capacidad de vivir la renuncia. La renuncia indica cómo un seminarista pueda perseverar en una elección aun sin haber recibido las gratificaciones esperadas, incluso llegando a no prestarles atención conscientemente.

Una ayuda práctica para captar el valor de la renuncia es la distinción fundamental entre tensión de renuncia y tensión de frustración. En el primer caso la renuncia no se considera el elemento central de la motivación, no disturba a la persona, no le quita la paz y la serenidad, porque no es percibida como algo indispensable y necesario para la propia vida: si asífuera, la tensión sería solamente frustración y haría que la vida sacerdotal fuera fuente de obsesiones que llevarían a no estar nunca contentos con la elección realizada.

La tensión de renuncia se fundamenta en la capacidad de autodominio, en el poder vivir con libertad y conscientemente el origen de la tensión, que es propio de la lucha espiritual de la vida cristiana. El candidato maduro no niega o trata de cubrir la tensión de crecimiento con justificaciones. No pierde la paz y es capaz de permanecer en la situación, mostrando de esta forma una libertad básica que no se pierde en las dificultades y conflictos, como puede ser la ausencia de aprobación social que sigue a un comportamiento coherente con la propia elección de vida.

Una espiritualidad de comunión:

Uno de los principios rectores de la formación sacerdotal en los Seminarios es la espiritualidad de comunión. En la práctica, se debe constatar dos elementos aparentemente opuestos pero paradójicamente conectados en la experiencia de la comunión: la capacidad de vivir la soledad y las relaciones sanas de amistad.

Saber vivir la soledad:

La familiaridad con la soledad, que nace de la familiaridad con el silencio, es un banco de pruebas indispensable para el futuro sacerdote, que en el celibato renuncia a vivir con una persona junto a sí, como renuncia a la relación exclusiva con otra persona; es una prueba que se debe atravesar para poder conocer el misterio del amor de Dios, descrito por San Agustín como “más interior que lo más íntimo mío”.

Si el seminarista no sabe estar bien consigo mismo, difícilmente podrá tener relaciones serenas con los demás. El sentido de soledad acompaña la vida humana porque existe un aspecto interior, un vacío, que ningún otro ser humano puede colmar. Esta “soledad metafísica”, cuando no es aceptada, lleva irremediablemente a expectativas ilusorias que

 

nunca se podrán cumplir y que ocasionan el fracaso en el matrimonio y, en el caso de sacerdotes y religiosos, una serie de graves compensaciones psicológicas entre las cuales se encuentra los abusos y desviaciones sexuales, la búsqueda de poder y la acumulación de bienes temporales.

Las relaciones sanas de amistad:

Una característica dolorosa en las personas que se han ensuciado con la pedofilia y abusos sexuales es la falta de relaciones a la par, es decir de amistades gratuitas, afectuosas, en las que las personas no desempeñan roles o encargos de la vida ordinaria, ni las relaciones se transforman en ejercicio de poder, o en meramente funcionales, o inclusive en chantaje afectivo de una parte o de otra.

La relaciones, bastantes pobres, de estas personas eran comúnmente vividas en forma “protectiva” con gente inferior, sea por edad o rol, y sobre ella ejercitaban una fuerte presión, probablemente porque eran incapaces de relacionarse de otra forma. Son personas profundamente solas, heridas, frustradas y angustiadas. ¿Por qué alguien querría tener relaciones emotivas con un menor si no es porque es incapaz de relacionarse con sus pares?

La presencia de buenas relaciones de igualdad debe enfatizarse como un elemento esencial para la aprobación de las órdenes sagradas. En palabras de la exhortación apostólica “Pastores dabo vobis”: “Puesto que el carisma del celibato, aun cuando es auténtico y probado, deja intactas las inclinaciones de la afectividad y los impulsos del instinto, los candidatos al sacerdocio necesitan una madurez afectiva que capacite a la prudencia, a la renuncia a todo lo que pueda ponerla en peligro, a la vigilancia sobre el cuerpo y el espíritu, a la estima y respeto en las relaciones interpersonales con hombres y mujeres. Una ayuda valiosa podrá hallarse en una adecuada educación para la verdadera amistad, a semejanza de los vínculos de afecto fraterno que Cristo mismo vivió en su vid a”11.

Por otra parte, donde abundan multiplicidad de conflictos afectivos se debe ser muy cuidadoso para distinguir entre problemas de crecimiento normal afectivo de los candidatos, y las dificultades recurrentes ocasionadas por personas que psicológicamente son incapaces de la vida célibe. Estos últimos jamás deben permanecer en el Seminario, ni mucho menos ser ordenados sacerdotes.

11PDV44.

 

Aprender a integrar la agresividad:

La agresividad es parte de la naturaleza humana y es indispensable para vivir. Es un componente psíquico, “pasión irascible”que nos permite afrontar los obstáculos, es la “garra”que da fuerza y coraje para no sucumbir ante las dificultades y permite llevar a buen término cualquier objetivo en la existencia.

Las pasiones son fuentes energéticas para encauzar. La responsabilidad no está en la pasión en cuanto tal, sino en la dirección que le es asignada. Es la elección del sujeto la que confiere connotaciones morales a las pasiones: él puede usarlas para afrontar las dificultades de una misión trascendente espiritual o para convertirse en un “capo” del narcotráfico.

Un estimado maestro de psicología de esta universidad pontificia que nos hospeda, a quien recuerdo por sus ejemplos pintorescos y muy profundos, nos dijo en una clase de desarrollo humano que entre los candidatos al sacerdocio había que buscar a gente que tuviera las energías de un “potro” y no la debilidad de una “mula”. Y que el papel del formador era ayudar a la transformación de ese “potro salvaje”en un discípulo apóstol de Jesucristo.

Dieciséis años como formador en el Seminario me demostraron que ese ejemplo chistoso escondía una sabiduría práctica que siempre me ayudó para acompañar a los seminaristas, en su proceso de conocimiento de símismo, a la escucha y expresión del propio mundo afectivo y a la integración de la agresividad como fuente energética al servicio de la esperanza.

La negación de la rabia ciertamente no lleva a una vida más reposada y tranquila; ésta es más bien exasperada. Los sentimientos se revelan cuando no son escuchados, cuando no encuentran su lugar adecuado. Y las consecuencias pueden ser muy graves, para símismo y para los otros. En la base de muchos episodios de pedofilia y perversiones se halla justamente la agresividad negada.

Cito a continuación resultados de los estudios del Padre Rossetti sobre este tema: “Puede ser sorprendente que detrás de muchas desviaciones y patología sexuales exista una forma de rabia consolidada, o de rabia que se ha erotizado. Esto es particularmente verdad para los abusos sexuales con niños […]. Muchos me han dicho que cuando lo hacían buscaban dar a estos niños el amor de una figura paterna, el amor que ellos no recibieron de sus padres cuando eran niños. En todo caso el abuso sexual de niños es un acto destructivo que nace de su rabia y violencia disfrazada, que deja a las víctimas aterrorizadas. Ellos están reviviendo la violencia sufrida cuando eran niños con los mismos resultados destructivos. “Por sus frutos los conocerán”: los frutos nocivos de los abusos

 

sexuales de niños desenmascara la rabia y la violencia que interiormente están presentes

12”.

Por esto, uno de los pasos fundamentales en la cura de estas personas, verdugos o víctimas, es reconocer ante todo la importancia que la rabia reviste en relación a lo que sucedió: “La rabia consolidada es el combustible que alimenta una perversión sexual en la

vid a13”.

Una pedagogía preventiva y propositiva no solamente en nuestros Seminarios, sino también en todas las instituciones educativas, debe incluir la adecuada integración y canalización de la agresividad. Esto mejoraría la prevención, no solamente en relación a los abusos sexuales, sino en general hacia la mayor parte de las acciones de violencia que se multiplican por todos lados y a todos niveles de la convivencia humana postmoderna.

La respuesta formativa: el acompañamiento vocacional:

El acompañamiento vocacional es la prioridad formativa ante los retos y realidades que se presentan en la integración de las diversas dimensiones en la formación, y permite una selección adecuada de buenos aspirantes, un camino de crecimiento humano y cristiano preventivo y propositivo que genere sacerdotes según el corazón de Cristo.

Es tan central, que se puede afirmar que la eficacia y eficiencia de la formación sacerdotal hoy depende de la calidad y presencia frecuente del acompañamiento vocacional que los formadores brindan a los seminaristas, tanto en lo personal como en lo grupal, en cada etapa formativa.

Los itinerarios, proyectos y planes formativos quedan sin alma si falta la relación viva, sincera y profunda entre el formador y el formando. Cuando esta relación no existe o es superficial, simplemente no hay proceso formativo real. Las relaciones defensivas, superficiales o carentes de verdad hacen imposible la formación. Sólo en la confianza que da la Fe y la Verdad que inspira el Amor se establece una trasformación de la persona.

12 S.J.Rossetti, “From Anger to Gratitude~Becoming Eucharistic People: the Journey of Human Formation”, conferencia realizada en la Universidad Pontificia Gregoriana el 26 marzo 2004.

13 Ibid.

 

Presencia mariana y vocación a la santidad:

Un aspecto no accidental en la prospectiva de la formación sacerdotal es el significado formativo que la Virgen María guarda en el cotidiano del mundo afectivo, espiritual, intelectual y pastoral de los futuros sacerdotes.

Benedicto XVI ha enfatizado que antes de cualquier teología, en el conmovedor diálogo entre Jesús, su madre y el discípulo Juan al pie de la cruz, aparece la verdadera humanidad, el verdadero humanismo de Cristo y de los discípulos. La relación simbólica humana y espiritual que se cultive en relación con la Virgen María resulta indispensable en la sana relación humana afectiva que el futuro sacerdote tendrá en las múltiples interacciones con la mujer como madre, hermana, amiga y colaboradora.

En palabras de Benedicto XVI: “incluso algunos que casi tienen dificultad para llegar a Jesús en su grandeza de Hijo de Dios, se confían a la Madre sin dificultad. Y podemos dirigirnos con mucha confianza a esta madre, que para cada cristiano es su Madre. Por otro lado, la Madre es también expresión de la Iglesia. No podemos ser cristianos solos, con un cristianismo construido según mis ideas. La Madre es imagen de la Iglesia, de la Madre Iglesia y, confiándonos a María, también tenemos que confiarnos a la Iglesia, vivir la Iglesia, ser Iglesia con María”14.

Así como la paternidad espiritual vivida por los formadores en relación con los seminaristas es eje formativo, la vivencia mariana maternal es esencial en el desarrollo y equilibrio vocacional en todas sus dimensiones: en el mundo afectivo personal, en el trato humano delicado y digno, en el proyecto personal de vida de seguimiento cercano y fiel a Jesucristo, en el respeto y valoración de la piedad popular, en su comprensión cristológica y en su experiencia viva de Iglesia.

Sin duda, la personalidad mariana del beato Juan Pablo II ha actualizado en los seminaristas y sacerdotes la figura presbiteral con todas las características masculinas propias armonizadas con una imagen sacerdotal tierna y bondadosa.

La imagen y el ejemplo que Juan Pablo II impregnó a generaciones actuales es la de un sacerdote, un obispo y un Papa que es al mismo tiempo y en la misma persona muy varonil y tierno, muy bondadoso y exigente, muy paternal y fraterno. Es un modelo atractivo, popular y muy apreciado por los jóvenes que es reproducido iconográficamente en todo tipo de imágenes, videos y expresiones cibernéticas juveniles

14 Benedicto XVI responde en televisión a las preguntas del público. 22 abril 2011. Televisión Italiana (RAI1). L’Osservatore Romano, edición española n.18 Mayo 2011

 

y que en todas las clases sociales y culturales es percibida como ideal posible y real en la vida de un ministro consagrado en el mundo de hoy.

Conclusión:

Mucho insisten en los documentos de la Iglesia, en el papel del obispo como principal formador y promotor de las vocaciones. Cada diócesis posee prospectivas particulares que ya se están trabajando con la aprobación y el impulso de cada obispo. Las conferencias episcopales nacionales en ejercicio del espíritu de comunión y colegiabilidad están elaborando directrices formativas y ordenamientos preventivos.

Estamos viviendo tiempos propicios para apoyar proyectos que han surgido de una realidad retadora que genera confianza y no pesimismo; que valora la pequeña semilla de mostaza que es regada todos los días y que por su poder interior se convierte en un árbol frondoso; que respeta la herencia del pasado y que está atenta a los signos del futuro donde se busca la fidelidad a Cristo y no el éxito mundano.

Que Nuestra Madre María y el beato Juan Pablo II intercedan por nosotros, para que secundemos con gozo y confianza la acción de la gracia de Dios en nuestros Seminarios.

+ Jorge Carlos Patrón Wong.
Obispo Coadjutor de Papantla, México.
Feb rero 2012.

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