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Iglesia, abusos y liderazgo pastoral. Simposio sobre los abusos sexuales por parte de Clérigos en la Universidad Gregoriana.

Cardenal Reinhard Marx


1. La conmoción del escándalo de los abusos sexuales y sus repercusiones en la vida de la Iglesia y en el liderazgo al servicio de la misma

Descubrir que en el seno de la Iglesia se han producido abusos y maltratos de niños y adolescentes ha supuesto una profunda conmoción, ha perturbado a muchas personas en todo el mundo, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Aún conociendo el aleccionador inventario de los numerosos errores cometidos por la Iglesia a lo largo de la historia, el alcance de los abusos, la enorme dimensión del fracaso del clero en sus relaciones con niños y adolescentes nos ha conmocionado a todos profundamente. A título personal, puedo afirmar que el año 2010, en el que el debate sobre los abusos en Alemania alcanzó su punto álgido, fue el peor y más amago de mi vida. Especialmente durante aquellos meses me preguntaba una y otra vez: ¿Qué significa esta crisis para la Iglesia? ¿Qué intenta decirnos el Señor con esto? ¿Existe la posibilidad de aceptar un reto tan difícil como una oportunidad espiritual?

Hubo –y sigue habiendo en el presente- intentos inmediatos de contextualizar el fenómeno, clasificándolo dentro de un contexto social más amplio de violencia sexual contra niños y adolescentes que también ha ganado visibilidad en otros ámbitos de la sociedad. Esto es sin duda necesario, y los estudios y discusiones científicas nos ayudarán en los próximos años a comprender mejor las causas de los abusos y los marcos y estructuras más proclives a que ocurran. Pero para nosotros, como Iglesia, se sigue planteando la gran pregunta: ¿Cómo ha podido suceder en nuestras filas? ¿Cómo es posible que niños y adolescentes sufrieran heridas tan profundas, en cuerpo y alma, dentro de la esfera de la Iglesia? ¿Qué lecciones hemos de extraer de lo sucedido, cómo aferrar espiritualmente lo ocurrido y convertirlo en un mandato para la Iglesia presente y futura? Al hilo de estas preguntas desearía formular los siguientes comentarios.

1.1. La discrepancia entre la apariencia y la realidad, la tentación de no afrontar la verdad

El propio hecho de que la Iglesia sea una institución dedicada al bien, que representa todo lo sagrado, ilustra por qué la conmoción fue tan profunda tanto dentro como fuera de su seno. ¿Qué es lo sagrado? Para Jesús era –de una forma muy especial- la unión entre el interior y el exterior de la vida de las personas. Él mismo es la imagen de lo sagrado por excelencia. Él es lo que dice, sin discrepancias entre apariencia y realidad. Su vida es idéntica a su misión, sus acciones a sus palabras. Esto apunta también a la naturaleza de lo sacramental, puesto que el sacramento es lo que significa. Y de ahí que Jesús nos inste una y otra vez a poner nuestra vida interior en consonancia con la exterior, y a no permitir que nuestras palabras y actos contradigan esta realidad. Porque precisamente de ello acusa a fariseos y escribas. La Iglesia tiene que hacer todo lo posible, tanto en

 

el marco de su estructura institucional, como a través de todos los miembros de su organismo, para superar esta tensión entre la apariencia y la realidad, y lo tiene que hacer una y otra vez. Por supuesto, no es posible lograrlo sólo a través de la fuerza moral; sin la gracia, la Iglesia no puede ser Iglesia, y las personas no pueden alcanzar la santidad. Pero también es necesario, tanto para el individuo como para la comunidad, contar una con una fuerza moral sólida y con una responsabilidad que esté acompañada de aceptación vinculante y estructuralmente segura. Se trata también de afrontar la realidad del pecado y de avanzar por la senda del arrepentimiento.

El debate de los últimos años nos ha ayudado a comprender lo grande que ha sido – y es- la tentación de evitar afrontar esta realidad en el seno de la Iglesia. No hay duda de que durante las últimas décadas, ante los episodios de abuso y maltrato, muchos responsables dieron prioridad a la protección de las instituciones, por lo que se produjo un intento de ocultar la terrible verdad en lugar de reconocerla en toda su amargura. A esta situación contribuyó también el uso de un lenguaje que desdibujaba los límites y restaba importancia a los hechos. Aquellos responsables adoptaron un enfoque concentrado en proteger a la institución, y puesto que los sacerdotes se consideraban representantes de la misma, cualquier acusación o cargo imputado a un sacerdote se equiparaba a un ataque contra la propia Iglesia.

No se trata aquí de distribuir la culpa a posteriori, sino de reconocer mecanismos a los que hemos de prestar la máxima atención. Hay que señalar que se ignoró sistemáticamente a las víctimas, su punto de vista y su sufrimiento. La sensación de culpa fue escasa o inexistente, y aún así, el salmo nos recuerda: “¿Quién puede discernir sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos” (Salmo 19:12). Por lo tanto, retrospectivamente, hay que reconocer una gran deuda de pecado al alegar que entonces se sabía poco sobre las repercusiones que los abusos estaban teniendo en los niños afectados por los mismos.

La credibilidad surge cuando la apariencia y la realidad se parecen, cuando la interioridad y la exterioridad están en la máxima consonancia, cuando lo que uno predica concuerda con cómo vive, y cuando lo que se dice se ajusta a lo que se hace. Esta autenticidad ha de ser el distintivo de los discípulos de Cristo. Y aún así, no es esto precisamente lo que sucede. Este es el motivo por el que la Iglesia ha sufrido una pérdida global de credibilidad de la que aún tiene que recuperarse. El Papa Benedicto XVI subrayó esto mismo en su discurso a la Curia de diciembre de 2010: “Hemos de acoger esta humillación como una exhortación a la verdad y una llamada a la renovación. Solamente la verdad salva. Hemos de preguntarnos qué podemos hacer para reparar lo más posible la injusticia cometida. Hemos de preguntarnos qué había de equivocado en nuestro anuncio, en todo nuestro modo de configurar el ser cristiano, de forma que algo así pudiera suceder. Hemos de hallar una nueva determinación en la fe y en el bien. Hemos de ser capaces de penitencia. Debemos esforzarnos en hacer todo lo posible en la preparación para el sacerdocio, para que algo semejante no vuelva a suceder jamás.” (Discurso a la Curia Romana para el intercambio de felicitaciones con ocasión de la Navidad, 20 de diciembre de 20101)

1          Traducción oficial extraída del archivo en línea de la Santa Sede:

http://www.vatican .va/holy_father/benedict_xvi/speeches/201 0/december/documents/hf_ben­xvi_spe_201 01 220_curia-auguri_sp.html

 

2. La Iglesia en medio del mundo: El con texto social de la conmoción

No hay duda de que la Iglesia vive sumergida en las condiciones sociales imperantes en su tiempo, y por lo tanto todo lo que dice y hace está influido por dichas limitaciones. Pero precisamente forma parte del misterio de la encarnación el que la Iglesia nunca se pueda considerar de forma aislada de su entorno social, como si fuera ajena al mundo. Es una realidad histórica, visible y concreta. Por ello carece de sentido pensar en la Iglesia como si se tratara de una isla, o de un barco asediado por un ejército de enemigos. La Iglesia, como pueblo de Dios, vive en medio del mundo, y el mundo está cambiando, plantea distintas exigencias culturales, experimenta progresos y retrocesos. La Iglesia no es del mundo, pero está en el mundo, y dicho mundo la observará continuamente con una mirada crítica, puesto que al fin y al cabo de ella emana una elevada demanda moral. De ahí que no resulte sorprendente que durante los años que ha durado el debate sobre los abusos, las críticas hayan sido especialmente intensas.

2.1 El público y los medios de comunicación

La Iglesia no ha estado sometida a la evaluación crítica de la opinión pública y los medios de comunicación –al menos en las sociedades occidentales- sólo durante los últimos años. De hecho, siempre ha existido una cierta tensión entre la Iglesia y la sociedad, y por lo tanto, la opinión pública. El debate público se ve exacerbado por nuestra cultura mediatizada, intensificada a través de Internet y de otros nuevos medios de comunicación. La personalización y el escándalo se han convertido en noticias de primer orden, y sin duda hay medios de comunicación que siguen encontrando motivos para convertir a la Iglesia en su blanco de forma deliberada. Así ha sucedido siempre y continuará sucediendo. Por ello no tiene sentido arremeter contra los medios de comunicación o condenar a la opinión pública; se trata más bien de adoptar una postura de forma abierta y persuasiva a través de una acción ejemplar, de conversaciones y aclaraciones en los medios de comunicación. Las campañas mediáticas que puedan existir sólo tendrán éxito si las alegaciones se basan en la verdad. El reto de afrontar a los medios de comunicación y a la opinión pública han de asumirlo especialmente los obispos. Las técnicas obstruccionistas, la trivialización y la relativización no serán un acicate para recuperar la credibilidad. Apertura, transparencia y veracidad son, por lo tanto, insustituibles. No podemos transmitir nunca la sensación de aprovecharnos de los medios. Las declaraciones oficiales y comentarios públicos de la Iglesia siempre han de ser veraces. En este ámbito una victoria a corto plazo puede ser efímera y suponer a la larga una mayor pérdida de credibilidad.

 

2.2 Las condiciones del Estado de Derecho y la relación entre Iglesia y Estado

Los abusos han afectado a la relación entre la Iglesia y el Estado de una forma especial, como demuestran los debates que han tenido lugar durante los últimos años. Aunque la relación entre la Iglesia y el Estado y el estatuto jurídico de la Iglesia varían de unos países a otros, ha de quedar claro que en principio y en la medida de lo posible ambos trabajan en estrecha cooperación en estos temas, y que la legislación estatal no ha de percibirse como una injerencia en los asuntos internos de la Iglesia, como venía interpretándose en las últimas décadas. Por supuesto surgirán dificultades en aquellos estados que no reconocen a la Iglesia como institución jurídica o que son anticlericales con carácter general. Pero los países en los que el problema de los abusos se ha agudizado en los últimos años son estados constitucionales cuyos principios reconocemos y acatamos.

Ha de considerarse cada marco jurídico específico de forma pormenorizada y a ello puede contribuir una buena relación con los tribunales y la Fiscalía del Estado. Sin embargo, hay que evitar que los sospechosos se vean situados bajo cualquier tipo de sospecha generalizada y que se incurra en una aplicación excesiva del Estado de Derecho. La Iglesia ha comprendido que su jurisdicción y la del Estado no se excluyen mutuamente, sino que más bien deberían complementarse, y que el contacto con la Fiscalía del Estado es necesario cuando existen delitos cometidos por empleados de la Iglesia y siempre estará sujeto a las circunstancias específicas de cada caso.

Otro factor social determinante lo constituye el hecho de que a día de hoy la realidad eclesial se percibe a nivel global. Cualquier cosa que suceda en la Iglesia de Sidney, Nueva York, París o Múnich se observa y discute en todo el mundo. Una Iglesia que opera –y tiene visibilidad- a escala mundial atesora un gran potencial, pero también se enfrenta al reto de que ocurra lo que ocurra en la Iglesia mundial, puede tener repercusiones hasta en la última parroquia en la que se discute y evalúa lo acontecido. Las consecuencias pueden implicar, por ejemplo, que alguien en Alemania decida abandonar la Iglesia a causa de un escándalo ocurrido en una zona del mundo completamente distinta. Teniendo en cuenta esta globalización eclesial, yo creo personalmente que podemos y debemos desarrollar ulteriormente y mejorar muchos aspectos estructurales, jurídicos y de organización. También en este caso nos encontramos en un nuevo contexto social, un contexto global que plantea un nuevo reto a la comunicación y la organización en el seno de la Iglesia.

3. ¿Cómo pueden responder los obispos?

Está claro que a la luz de la estructura sacramental de la Iglesia, el obispo ostenta una responsabilidad especial con respecto a los aspectos que gobiernan la vida de su iglesia local. Esto en ocasiones se puede percibir como una sobrecarga estructural, y es llevadero sólo porque en última instancia es el propio Cristo quien reúne y guía a su Iglesia. Pero la Iglesia es cuerpo de Cristo y es sociedad. Como explica el Cardenal Kasper, “el carácter misterioso de la Iglesia no sublima su

 

naturaleza social”. Esta reflexión también repercute en las acciones del obispo como líder.

3.1 Una breve confortación teológica

La Iglesia es de hecho una estructura “Calcedonia”, como se describe en los documentos del Concilio Vaticano II (cf. LG 8). Desde esta perspectiva, la Iglesia es la analogía de la encarnación en sentido teológico, o en otras palabras, igual que el misterio de la encarnación de Cristo, la Iglesia es cuerpo y comunidad humana, organización visible e instrumento del Espíritu Santo, misterio y comunidad de forma análoga: igual que Jesucristo era Dios y hombre al mismo tiempo, “indivisible e inmezclable”, la Iglesia es la comunidad visible y el cuerpo de Cristo. Y por ello se le aplican de forma análoga los principios básicos de la coexistencia humana, como se expresa por ejemplo en la Doctrina Social Católica. Por este motivo la expresión social y la organización de la Iglesia pueden avanzar por el camino del aprendizaje y del cambio histórico sin poner en peligro la estructura fundacional básica que nace de Cristo. Al fin y al cabo, el carácter misterioso de la Iglesia no diluye su naturaleza social, que está sujeta al cambio histórico. En la organización humana visible del pueblo de Dios se revela la obra del Espíritu Santo, que convierte esta comunidad visible en el cuerpo de Cristo. Por ello, el liderazgo del obispo ha de medirse racionalmente en función de la eficacia con que se ejecuta y de su orientación hacia los objetivos establecidos. La reflexión racional puede y debe aplicarse incluso a la propia Iglesia, y esto repercute en las acciones del obispo.

3.2. Criterios de las acciones del obispo a la luz de la experiencia con casos de abuso

Lo más importante es mantener la concentración en objetivos claros y aplicarlos a un nivel operativo, llegando hasta la organización concreta de la administración. En nuestro contexto, el objetivo claro no es otro que la protección de los niños, garantizar que ocupen un lugar adecuado en el seno de la Iglesia, apoyarlos y orientarlos hacia las oportunidades que Dios les concede, permitiéndoles descubrir que la fe en Cristo le da mayor profundidad a la propia vida, la enriquece y la mejora.

A lo largo de los siglos, la Iglesia siempre ha sido un excelente foro para la buena pedagogía, la catequesis, la educación. El obispo ha de dar prioridad a esta labor tan importante, puesto que queda aún más claro que solo se alcanzarán los objetivos perseguidos (buena pedagogía, catequesis) si se cuenta con personal cualificado, con un control de calidad eficaz, con una buena administración y también con políticas que prevean medidas disciplinarias ante cualquier comportamiento inadecuado. La violencia sexual sufrida por niños y adolescentes nos muestra el lugar absolutamente prioritario que ha de ocupar la prevención para garantizar que la Iglesia sea un lugar en el que niños y jóvenes puedan sentirse realmente seguros. En las últimas décadas algunos han formulado reservas con respecto al Derecho Canónico, la administración eclesiástica y la burocracia. Sin embargo, la experiencia demuestra que un deterioro de la administración eclesial que se refleja hasta en el mantenimiento de los registros oficiales, y el menosprecio

 

de la ley de la Iglesia, de la disciplina y del control de calidad, conducen a consecuencias indeseables. Esto se pone de manifiesto de forma explícita con el enjuiciamiento de los casos de abuso.

3.3 Orientación al ministerio pastoral de Jesús

Los obispos siempre han de inspirarse de forma natural en el ejemplo de Jesús al cumplir con sus obligaciones como líderes eclesiales. No desarrollamos nuestras labores como obispos en nuestro propio nombre, sino en el de otro. Somos mensajeros, no actuamos simplemente en nuestro propio beneficio. Parte de la espiritualidad del líder consiste en vivir la obediencia como lo hizo Jesús. Por ello, la autoridad episcopal sólo se puede ejercer desde el amor, puesto que se trata de una autoridad que se ejerce en nombre de quien dio “su vida en rescate por muchos” (cf. Marcos 10,45). Esto ha de quedar claramente visible en el estilo y la calidad del liderazgo del obispo. Esta perspectiva no contradice el Derecho Canónico y la administración eclesiástica, es más, una buena gestión y visitas sistemáticas son instrumentos a su servicio. Pero el ministerio pastoral de Jesús subraya una vez más que ha de darse prioridad a la perspectiva del débil, especialmente a la de los niños. Jesús quería que ellos ocuparan un lugar central y fueran nuestra guía: “Y El, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así pues, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” (Mateo 18, 2-5). Esta es la norma que ha de inspirar nuestra labor y ante la que hemos de responder de nuestros esfuerzos.

4. Experiencias de las Archidiócesis de Múnich y Frisinga

Me gustaría añadir algunos elementos derivados de mi propia experiencia que quizá sean útiles tam bién para otros.

4.1 El camino gradual hacia el reconocimiento

En Alemania, la discusión sobre los casos de abuso en la Iglesia comenzó en 2001. El debate sobre los abusos en el seno de la Iglesia en Estados Unidos desencadenó la pregunta de si se habían producido abusos sexuales en la Iglesia alemana, y de cómo los había gestionado la propia Iglesia. Sin embargo, el debate tuvo un alcance limitado, puesto que aparentemente la situación no era tan grave como en Estados Unidos. Aún así, en la Conferencia Episcopal Alemana desarrollamos una serie de directrices y yo invité públicamente a cualquier persona afectada por casos de abuso a manifestarse, algunos lo hicieron. Pero ni siquiera entonces fuimos plenamente conscientes de la magnitud de la cuestión. Ni se prestó suficiente atención a las víctimas. Sin embargo, sí existió una voluntad de llamar las cosas por su nombre de forma transparente, abierta, y sin falsas consideraciones, así como de cooperar en cada caso con las oficinas del Fiscal del Estado.

 

Sólo a principios de 2010, cuando salieron a la luz casos de abuso en una escuela Jesuita en Alemania, se puso en marcha un movimiento que a nuestros ojos adquirió la velocidad de una avalancha. Incluso mientras discutíamos un cambio de política en la Conferencia Episcopal Alemana recibimos noticias sobre casos de abuso en una escuela Benedictina perteneciente a mi Archidiócesis de Múnich y Frisinga. De ahí en adelante fueron pocos los días en los que no se publicaron escritos o se produjeron debates sobre los abusos sexuales en la Iglesia Católica. A esto se sumaba el especial interés que esta Archidiócesis revestía para la prensa, puesto que el Papa Benedicto XVI fue Arzobispo de Múnich y Frisinga entre 1977 y 1982, y a los medios de comunicación les interesaba considerablemente poder acusar al propio Papa de haber fracasado en este ámbito.

Para mí no había duda de que apertura, claridad, educación y un avance proactivo eran la única forma de lidiar con esta crisis. Esto incluía afrontar a la opinión pública una y otra vez, pero también trabajar en el seno de la iglesia de forma reveladora y valiente. Se enviaron cartas a fieles y sacerdotes para contribuir a este objetivo. Por encima de todo, en una situación tan tensa, para mí también era importante permanecer al lado de los sacerdotes e impedir que la sospecha generalizada se cerniera sobre ellos, puesto que en su gran mayoría sirven fielmente a nuestra Iglesia.

4.2. La búsqueda de la verdad y su manifestación pública

Con el objetivo de acercarnos a la verdad tanto como resultara posible, respondiendo por una parte a la avidez de información de la opinión pública y por otra protegiendo a los sacerdotes de la sospecha generalizada, llevamos a cabo una investigación de todos los registros de personal que se remontaba, en la medida de lo posible, al año 1945. El estudio lo realizaron expertos independientes con miras tanto a los casos de abuso, como al comportamiento de los superiores administrativos; el objetivo era aprender del pasado y evitar errores en el futuro. Se presentó al público una síntesis de dicho estudio. El informe completo estaba –y sigue estando a día de hoy- guardado bajo llave. El informe indicaba claramente que con mucha frecuencia el tratamiento que se había dado a estos casos estaba orientado a la protección de la Iglesia, y que los registros no eran ni coherentes ni exhaustivos. Para todos los participantes, incluidos los antiguamente responsables, no fue una verdad fácil de aceptar, pero creo que fue beneficioso afrontarla. Por supuesto se criticó nuestro comportamiento, pero retrospectivamente no hay duda de que esta actitud que pretendía –en la medida de lo posible- descubrir la verdad e intentar aprender de ella fue acogida positivamente tanto dentro como fuera de la i nstitución.

4.3 Admitir la culpa y adoptar medidas concretas

Un paso importante fue el de poner énfasis espiritual en la cuestión a través de la aceptación colectiva de la culpa en forma de celebración litúrgica, y se hizo primero con los obispos bávaros y después con toda la Conferencia Episcopal Alemana. Después se adoptaron rápidamente medidas concretas orientadas a la prevención y

 

la educación de sacerdotes y otros empleados que fueron muy bien acogidas por la opinión pública. A pesar de las numerosas críticas recibidas por la Iglesia, se ponía de manifiesto claramente que la Iglesia Católica había asumido un papel preponderante en la aplicación de medidas para la prevención de abusos sexuales. Al fin y al cabo, pronto quedó claro que había otros sectores de la sociedad que también tenían que enfrentarse a la cuestión. De ahí que en Alemania el gobierno organizara una mesa redonda titulada “Abusos sexuales de menores en instituciones públicas y privadas y en el seno de la familia”, en la que participaron representantes de todos los grupos significativos de la sociedad y la comunidad científica. Por lo tanto, la Iglesia Católica no fue la única situada en el centro del análisis crítico.

Queríamos ir más allá de estas medias. Por ello decidimos participar en esta conferencia y al mismo tiempo contribuir al desarrollo de un portal en Internet para la prevención de abusos sexuales. Este proyecto de aprendizaje a distancia se va a presentar en este mismo congreso y su desarrollo está diseñado para un periodo de tres años. El objetivo del portal multilingüe es facilitar información basada en la red y formación para sacerdotes, diáconos, personal pastoral y profesores de religión. También aspira a desarrollar un enfoque global frente a los abusos en la Iglesia Católica y en la sociedad. Como Archidiócesis de Múnich y Frisinga, contribuimos al contenido, estructura y financiación del proyecto. La Pontificia Universidad Gregoriana ha fundado e inaugurado recientemente un nuevo instituto en Múnich llamado “Centro para la Protección de la Infancia”, cuyos patrocinadores son la propia Universidad y la Archidiócesis de Múnich y Frisinga. También recibe financiación de otras diócesis, de una orden religiosa y de patrocinadores privados. La Clínica de la Universidad de Ulm y el Departamento de Psicología de la Universidad Gregoriana de Roma aportan el apoyo científico.

Somos cada vez más conscientes de que no se trata sólo de un problema alemán, americano o irlandés, sino que la Iglesia necesita trabajar en la materia a escala mundial, especialmente con miras al futuro. Por este motivo se van a lanzar ocho proyectos piloto en diferentes regiones y culturas de todo el mundo. Esto demuestra que nosotros, como Iglesia mundial, queremos trabajar –juntos, como una red- para garantizar la salud física y mental de niños y jóvenes. Sólo así podremos completar la transición desde una fase de reacción hacia la oportunidad de actuar de forma positiva y de desarrollar nuevas perspectivas para el futuro.

5. La crisis como oportunidad de renovación espiritual

No hay duda de que el debate sobre los abusos sexuales de niños y adolescentes ha dañado a la Iglesia en gran medida. Ha conducido a una pérdida de credibilidad tanto interna como externa, y aún no ha terminado. Pero si intentamos comprender estos sucesos también a un nivel espiritual, pueden suponer un gran impulso hacia la conversión y la renovación, y por ende hacia la recuperación de la credibilidad, paso a paso. Tratar los casos de abuso de forma correcta y coherente, y con el valor de ser veraces, puede convertirse en una oportunidad. De hecho, puede tratarse incluso de una contribución a algo que es precioso para el Santo Padre: la evangelización y la reevangelización. Una cosa queda clara: tendremos que seguir lidiando con el debate de los abusos, y la crisis dista mucho de haber concluido. Se trata más bien de continuar con el proceso de aprendizaje espiritual y de prestar una atención renovada a la misión de la Iglesia y al testimonio que prescribe el

 

Evangelio. Se trata, en el espíritu de Jesús, de poner la realidad de la vida de la iglesia en mayor consonancia con lo que nos dice el Evangelio. Este momento histórico en el que por supuesto se escucha la llamada de Dios, prácticamente nos obliga a adoptar una actitud de humildad y acción al mismo tiempo. La parte externamente visible de la Iglesia ha de corresponderse con su vida interior; no se puede permitir que la apariencia se desmiembre de la realidad conduciendo a la Iglesia hacia el falso testimonio.

Dejando al margen las medidas y cambios estructurales, se trata, como de hecho pedía el Papa Benedicto XVI, de una renovación espiritual profunda en cuyo centro no se sitúe la supervivencia de la Iglesia o su significado exterior e influencia política, sino la cuestión de si cumple su misión de mostrar el camino hacia la comunión con el Dios trino. La labor de la Iglesia consiste en elevar a las personas, alentarlas a redescubrir la fe en el Dios y Padre Jesucristo, a descubrir el auténtico potencial de su humanidad y vivirla. De esta forma el propio Jesús dijo: “No temas, cree solamente” (Marcos 5,36), “Todo es posible para el que cree” (Marcos 9,23). Hemos de devolver la visibilidad a una Iglesia que está presente para el pueblo, y especialmente para los niños, los pobres y los débiles.

Por lo tanto, y especialmente de cara al debate sobre los abusos, ha de ponerse el acento en trabajar con niños y adolescentes. Sería importante desarrollar una política fundamental y exhaustiva dedicada a niños y jóvenes a través de la educación, la catequesis y la promoción de las familias, que son la base inicial del desarrollo y la promoción de la vida. Después la Iglesia tendrá que demostrar que realmente es una comunidad comprometida con la vida en sentido amplio, y lo hará a nivel mundial. Especialmente la Iglesia Católica se ha identificado firmemente y con insistencia con la protección de la vida y con la defensa de la misma desde desde que comienza hasta que termina. Y esto es positivo. Pero se trata de la vida en su conjunto y especialmente de la vida que necesita protección, promoción, formación, educación y amor: la vida de los más pequeños, de los niños y adolescentes.

Si la Iglesia asume una vez más a la tarea de constituir un símbolo y un sacramento del amor de Dios, y de situar la protección y promoción de la vida de los niños en el centro de sus intereses, entonces sus acciones y su labor contribuirán de forma decisiva a la Evangelización. Y como conclusión, la crisis vivida durante los últimos años también puede ser el punto de partida “Hacia la Curación y la Renovación” de la Iglesia en el futuro.

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  • Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la que son, sino también los grandes espacios que hay al lado.

    Fernando Pessoa


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  • Sólo hay un vicio, un vicio: vivir de té beodo / y no tocar el vino por no soltar verdades. / Sólo una cosa hay necesaria: TODO. / El resto es vanidad de vanidades.

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