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El Monstruo Manipulador: Eje egocéntrico. Amebas y pseudópodos.

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Uno se pasa la vida insultando contra los medios de comunicación, por el inmediatismo de estar sometidos al rating, y héme aquí haciendo lo mismo. Un inusitado aumento de visitas en el blog, por el tema de la manipulación, me fuerza a darle prioridad. Voy a adelantar la publicación de la tipología del egocentrismo que coincide fuertemente con las estructuras del monstruo manipulador. Esa tipología es, la llamo yo, la de la “madre sobreprotectora” o del “maestro”. Ambos tienen en común el deseo desorbitado y desquiciado de “engendrar”, de ser conocidos como “padres”, “maestros” y tener muchos “hijos” y “discípulos”. También, obviamente, se aplica a los desquiciados deseos de “fundar”, como muy bien lo describiera Ludovico en su “El fundador”. La cuestión es que, paradójicamente, cuanto mayor es el deseo de “engendrar”, cuanto más se desorbita, menos se obtiene lo que se busca. No se engendra, propiamente hablando, sino que se crean “pseudópodos”. Los pseudópodos son extensiones de los organismos unicelulares que les sirven para desplazarse y para alimentarse. Parecen tener la pretensión de constituirse en otra célula, pero jamás lo son, quedan siempre en una mera extensión del cuerpo unicelular principal. Quien se enloquece por engendrar, enloquece también respecto del fruto, y le aplica al engendrado un concepto de pertenencia que lo termina destruyendo. El engendrar sano va acompañado de un comenzar a alejarse, a morir a aquello que se engendra desde el mismo momento del nacimiento del otro. Recuerdo haber leído en algún diálogo platónico (es una cita fabulosa, algún día tendré que buscarla) una amarga queja de Sócrates, el maestro humano, el maestro eterno, en la cual describía a algunos de sus ex discípulos que se habían alejado de él, que enseñaban por su cuenta y se atribuían totalmente a sí mismos todos los méritos de lo aprendido. ¡Oh Sócrates! Oh Sócrates… tu misma queja, tu mismo dolor, es tu gloria. ¡Sólo hay un maestro humano!, y es el que denodadamente y por todos los medios busca desaparecer, esconderse, haciendo nacer en el otro una sabiduría que ya no te pertenece, que no es tuya, de serlo no sería sabiduría, disfraz de espantajo sería. Llora en silencio tu profunda felicidad, bautista heleno, tu discípulo ya no es tuyo, es de sí mismo, y, si él lo permite, de quien puede enseñar desde adentro, el verdadero y único Maestro. Llora tu gozoso dolor, griega voz que clama en el desierto de los infinitos maestros nutricios, que dan directamente el alimento en la boca, que no enseñan a navegar, que necesitan el crédito, y que no quieren seguir tu torturante ascética de desaparecer en el desierto, de disminuir para que “Él” crezca, en el alma de hombres de verdad, no pseudópodos, sino auténticos capitanes de sí mismos.

Por supuesto, en la misma línea de crear expectativa, escribiré algo ad hoc respecto del monstruo manipulador. Este texto, que adelanto ahora, es parte de un texto único y continúa los post  Yoyocentrismo; La burbuja del egocéntrico. Dos características. y Yoyocentrismo, desde el Nido.

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Egocentrismo de

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madre sobreprotectora:

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Es necesario, finalmente, construir este tercer modo de egocentrismo. Tal vez el más difícil de identificar como tal, es decir, como actitud egocéntrica, ya que se reviste de las más altruistas pretensiones. Desde un comienzo hemos definido el egocentrismo como una carencia, es decir la carencia de una adecuada relación del yo personal con el mundo, o mejor dicho, con los otros que constituyen ese mundo, ya que no habría egocentrismo si no hubiese sociedad en la cual ser egocéntrico. En líneas generales la carencia del egocéntrico infantil es un deseo ineficaz de que el mundo o los otros se sometiesen a sus reglas de juego, como ya hemos dicho varias veces, es el “me gustaría que el mundo fuese como yo quiero”, donde el otro se convierte en un personaje, una pieza más del juego, que debe responder estrictamente a las reglas del mundo artificial que tiene como eje el deseo del egocéntrico infantil. El otro, jamás es un alguien personal con quien establecer una plenificante relación desinteresada. Este mundo artificial es específicamente el modo en que, en el egocéntrico infantil, se manifiesta la carencia común a todo egocéntrico: incapacidad de donación respecto del otro, menos técnicamente, incapacidad de amar de verdad. En otro punto se encuentra el egocéntrico adulto, el cual de algún modo acepta la realidad como es, sin embargo su motor es el interés eficaz de someter al mundo, por tanto a los otros. Hay una ceguera, ahora en la eficacia de conducirse estrictamente por los propios intereses, no ya un simple deseo, respecto del bien ajeno. El mundo es interés-no interés, fuera de eso no existe nada. También, como en cualquier egocéntrico, hay incapacidad de autodonación plenificante. Finalmente, llegamos a una tercera tipología bastante más difícil de desintrincar. Esta dificultad radica en el hecho de que en la apariencia existe una donación sublime de sí mismo, que en la realidad no es tal. Para todas las culturas de todos los tiempos, la figura de la madre ha sido siempre la figura del amor verdadero, del sacrificio puro, de la donación total. Esto es un hecho incontestable. Justamente detrás de esta sublimidad verdadera, real y deseable, es que se esconde una tipología de egoísmo basada en la corrupción de ese amor purísimo.  Esa tipología es la de madre sobreprotectora, que, como se encuentra a la sombra de algo excelente, se vuelve muy difícil de identificar, y aún más de corregir.  Esa tipología se basa en la corrupción de un deseo purísimo en el hombre: el deseo de engendrar, entendido este deseo no sólo materialmente, sino lo más ampliamente posible, incluyendo el engendrar de modo espiritual, que es el modo del maestro. Todo hombre siente el deseo de la perpetuación de sí mismo engendrando algo o alguien similar a sí; este deseo tiene como fundamento remoto el deseo de perpetuación de la propia especie. Es decir, que todo hombre siente el deseo de tener hijos, y no hablamos solamente del plano material, sino también del plano espiritual, en la forma de discípulos. Ese deseo sano y sublime se corrompe cuando ese amor por tener hijos deja de ser amor y se convierte en egoísmo. ¿Cuándo se convierte en egoísmo? Del mismo modo que en todos los tipos de egocentrismo, cuando se deja de respetar el bien del otro en sí mismo y el otro se convierte en apenas una pieza para satisfacer un interés, en este caso el deseo desordenado o carencia afectiva por sentirse padre, engendrador, o transmisor del bien del otro no según el bien del otro en sí mismo, que es el legítimo concepto de padre, sino según el propio modo particular de transmitir el bien y de concebir el bien. De modo que el bien del hijo no es el ser bueno en absoluto, sino el ser como el padre, imitación, copia, espejo, y lo que es peor aún: no un alguien personal subsistente y distinto, sino apenas un apéndice del engendrador. Esto no quiere decir que en la paternidad legítima no exista la imitación por parte del hijo, existe y es algo bueno y deseable, sin embargo, es imitación de lo bueno porque es bueno en absoluto aquello que el padre quiere transmitir y que el hijo debe imitar, no se transmite o imita simplemente por la razón de que pertenezca al padre. Allí está la gran diferencia. Esta tipología es difícil de identificar porque no es una simple carencia de ausencia, sino que hay una imitación falsa de lo verdadero, hay una farsa cancerosa de algo sublime. De todos los modos en que se da esta farsa del amor verdadero, el más fácil de detectar e identificar es el de la madre sobreprotectora, por eso quisimos darle este nombre.

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a- Capacidad de sacrificio:

Tal vez sea esta característica la que más confunda la detección de este problema. En el egocéntrico adulto habíamos visto que existía una capacidad de sacrificio en función del deseo eficaz de consecución de los propios intereses. Esto es fácil de reconocer porque sistemáticamente se anula el otro. Sin embargo, en esta tipología el sacrificio no anula al otro, inclusive se hace en función del otro, lo cual puede confundir mucho al observador, pero con una salvedad, no se ama al otro como otro sino como un apéndice de sí mismo. En la madre sobreprotectora es posible observar sacrificios impresionantes en beneficio del hijo, inclusive casi siempre con grandes perjuicios de sí misma. Es una madre que está dispuesta a hacer de todo por el hijo, y ese de todo muchas veces es tan fuerte que no reconoce límites morales, si fuera necesario descendería al infierno por el hijo o con el hijo, no sólo por asumir la pena del castigo, sino que asumiría también la culpa. Y como, en realidad, nadie quiere asumir la culpa, invariablemente el hijo frente a sus ojos es inocente de toda culpa, esta defensa absolutamente parcial del hijo es sintomática de muchas madres cuando el hijo es pequeño.  En algunos casos es posible ver un sacrificio de la propia personalidad, la vida es vivir en función del hijo, fuera de eso su vida como persona individual y distinta de todo el universo carece de sentido, su realidad de persona se reduce a una relación: ser madre, no a ser un ser libre que cumple una función en la medida de sus posibilidades reales. De algún modo, es como si la madre quisiera dejar de ser persona para convertirse en un hábitat de seguridad, en un enorme vientre gestador de protección para el hijo. Hay un deseo de que el nido materno se perpetuase para siempre, de poder vivir siempre satisfaciendo las necesidades del hijo, y de vivir permanentemente en función de esas necesidades. Por eso, porque vive en función de una relación, es capaz de olvidarse de ella misma cruelmente.

Tenemos que terminar este punto distinguiendo cuándo el sacrificio es algo legítimo o algo ilegítimo. El sacrificio y la autodonación por el otro no sólo es verdaderamente plenificante, sino  que es la cosa más plenificante; así y todo tiene límites, y el límite está puesto en algo muy sutil y difícil de distinguir y de determinar en este caso. Ese límite es el respeto del ser del otro, de su propia individualidad, todo sacrificio de sí en favor de otro es para desenvolver las potencialidades del otro, no para limitarlas en un universo artificial de protección; esa protección causa un daño terrible al otro, dado que le priva de un elemento de la vida real: el sufrimiento. Ese sufrimiento es,  justamente, condición del desenvolvimiento real y completo de las potencialidades propias. Las capacidades se desenvuelven en la medida que esas capacidades “aprenden” a someter las dificultades de la vida. Siempre que se desenvuelve una potencialidad particular en detrimento del desenvolvimiento integral, bajo la protección de una campana de cristal artificial, normalmente, el resultado es una especie de genios monstruosos muy desarrollados en un punto, e increíblemente carentes en la múltiple riqueza que implica domar la vida. Aprender a vivir y enseñar a vivir  es como aprender o enseñar a alguien a nadar, es imposible hacerlo si a esa persona se la quiere preservar del contacto con el agua. Para aprender a vivir, muchas veces, uno tiene que sumergirse en las aguas de dificultades que esa vida propone. Cuando hablamos de límites del sacrificio  no queremos decir que el sacrificio de sí en función de otros tenga límites en cuanto a la intensidad, lejos de nuestra intención querer afirmar esto. El sacrificio de sí por una causa, por un pueblo, por el bien ajeno, ha sido siempre, es y será, en todas las culturas humanas, la esencia de la heroicidad, y, por tanto, el ápice más alto de la perfección del hombre. Sin embargo, debe estarse muy atento, no a la intensidad, sino al modo, que siempre es desinteresado, es decir que busca el bien del otro en sí mismo y no la limitación del otro por un mundo artificial de hacerlo vivir como un apéndice de mí o viviendo en un hábitat artificial de protección o dominio.

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b. Confusión de las personalidades:

Ese sacrificio de la propia personalidad, del que hablábamos en el punto anterior, se da en función de la misma lógica del amor, que provoca una unión cada vez más intensa con lo amado. Sin embargo, esta unión no es unión en distinción de personas, en la cual por muy unidos que se esté, el otro es el otro y yo soy yo. Por el contrario, en esta unión se da una confusión, en la cual los límites del otro y del yo se hacen cada vez más difusos. Se desearía que el yo y el otro se fusionasen, perdiendo la distinción personal de cada uno; ésta no es, evidentemente, la realidad del crecimiento en el ser por el intercambio del amor, que cada vez une más, pero que, sin embargo, conserva siempre distintas las personalidades y las enriquece cada vez más.

En este intento egoísta de unirse al otro, que no podemos llamar amor, hay como un deseo de tragarse al otro, de anular la libertad del otro, un deseo de imponer la propia forma, el propio modo de ser, que siempre es limitado a mi limitada realidad. Hay, más que un deseo de expandir el ser del otro, un deseo de limitar el ser del otro a las limitaciones del  propio modo de ser. Esto se ve sobre todo en el plano de la filiación espiritual, es decir, en el plano de los discípulos. El mal maestro, cuando no ama de verdad al discípulo, genera copias de sí. Copias que en definitiva son copias serviles de las propias limitaciones. Se pierde el interés del desarrollo de las potencias del otro en sí mismo y,  normalmente, son personalidades muy pobres y siempre invariablemente muy inferiores al propio maestro, esto es lógico, ya que el maestro se ha colocado a sí mismo como el máximo participable de perfecciones, entonces: “revuelven cielo y tierra para hacer un prosélito y cuando lo encuentran lo hacen el doble de peor que ellos mismos”; no podría ser de otro modo, ya que el arquetipo de riqueza no es la riqueza de las posibilidades propias, sino el maestro. Evidentemente que el buen maestro no puede limitar al otro a sí mismo, sino que pretende desenvolver las riquezas infinitas que el ser propone en la individualidad irrepetible de cada discípulo, con un solo límite, buscar lo que es bueno para el otro en sí mismo y jamás hacer del otro una mera continuación de sí mismo.

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c. Sobrevaloración de las opiniones ajenas y carencia afectiva:

Normalmente la opinión ajena tiene un peso enorme para una persona con estas características. Se da aquí un proceso similar al del egocéntrico infantil, de algún modo el deseo insano de generación crea una inflada imagen de sí como protectores del otro, o maestros del otro, o líderes del otro, entonces, como esa imagen no es humilde y ajustada a la realidad del bien del otro en sí mismo, está siempre hambrienta de confirmación. Confirmación, que si no se da en la realidad misma, la buscan en las valoraciones que los otros hacen de sí mismo.  Así están a la cacería de todo aquello que los confirme como protectores, maestros, o líderes. En algunos casos, pueden desenvolver la imagen negativa de sí como lo hace el egocéntrico infantil, que cumple exactamente la misma función que en el egocéntrico infantil: colocarse a sí mismo como víctima. Esto puede generar también personalidades débiles, sin embargo no llegan a tener la debilidad del egocéntrico infantil, ya que el deseo de poseer absolutamente al otro hace de  motor  unificador de los intereses sumamente eficaz, y también fortalecedor del obrar de la persona. Aún así, esa imagen negativa de sí que desenvuelven, por medio del deseo insano de generación, los hace verse como víctimas de la falta de reconocimiento, sea de sus cualidades de protector, maestro o líder, o principal y muy frecuentemente, de la falta de reconocimiento de los sacrificios que se tienen que hacer cuando se cumple el papel de protector, maestro, o líder. Son sintomáticas en las madres sobreprotectoras las quejas sobre la inconsideración que los hijos tienen con respecto a ellas, sobre la falta de valoración de sus sacrificios y sobre los crueles que pueden llegar a ser los hijos después de que se ha hecho tanto por ellos. Análogamente, sucede lo mismo, aunque no necesariamente en el mismo grado, en los casos del maestro y del líder, ya que en estos casos se oculta con más cuidado. Evidentemente, ese deseo insaciable de la confirmación de sí como padre, maestro o líder genera una carencia afectiva grande. Igualmente son muy hábiles para esconderla, odian mostrarse y reconocerse buscando el afecto del otro, hacen mil cosas disimuladísimas para ocultar que, en el fondo, están buscando al otro por una carencia personal, y no, en realidad, por el amor del otro en sí mismo. Por eso odian mostrarse como buscando al otro, como tomando la iniciativa, hacen de todo para que el otro venga a ellos, en el fondo desean algo que no pueden obtener porque se aman a sí mismos: ser amados libremente.

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d. Seducción y demagogia:

En el punto anterior hablábamos de la búsqueda del afecto del otro como modo de satisfacer una carencia afectiva generada por la desproporcionada imagen de sí mismo en su supuesta función generativa de padre. Tal hecho genera un eje de acción basado en obtener el afecto del otro, y esto está en las antípodas del amor auténtico del otro. Lo que implica que, más que actuar verdaderamente como padre, se comporte como un demagogo y un seductor.

Muchas veces la demagogia, creada en ellos por ese deseo insano de generación y  de valoración, los empuja también a hacerse habilísimamente propaganda de sí mismos. Se venden a sí mismos externamente como excelentes madres, maestros o líderes. Buscan activamente  convencer a los otros de que realmente es así, no poseen la calma de un humilde conocimiento de sí que no necesita confirmación ajena.

Tal vez la característica más saliente de este modo de actuar y por medio de la cual sea más fácil reconocerlos, del mismo modo que se distingue el oro del oropel, es el hecho de que hacen demagogia con los defectos del otro para ganar sus afectos. Actúan siempre como una madre sobreprotectora, disminuyendo, ocultando y excusando las faltas del hijo e inflando exponencialmente sus virtudes. Por el contrario, aquél que es auténticamente padre, corrige siempre, a tiempo y a destiempo, por supuesto, buscando ser lo más prudente posible, procurando invariablemente el bien del otro amado.  Se aprovechan  del deseo del que sufre, de ser comprendido y de encontrar un refugio, y explotan ese deseo sistemáticamente. Son los que siempre, de algún modo, están diciendo tú no tienes la culpa de nada en lo que te sucede y ayudan positivamente al otro para crear un sistema de disculpas internas, por eso se presentan como muy humanos y comprensivos. Por el contrario, si marcan algún defecto, lo hacen con tal suavidad, insustancialidad, tan sin remarcar la fuerza destructiva que ese defecto posee, que en el fondo, lo están diciendo como si aquello no tuviera importancia ninguna. Siempre e invariablemente, están poseídos por el miedo de perder el afecto, por eso son incapaces de apostar al otro y arriesgar corrigiéndolo. Y siempre terminan perjudicando a la persona que sufre porque sólo cumplen el híbrido papel de ser apenas una mezquina fuente de refugio, que lo único que logra es fortalecer y confirmar los dolores de esa persona, por el hecho de que hace el papel de una caja de resonancia de todas las quejas que esa persona expone, aumentándolas.

Por ese deseo de ser considerados y valorados están siempre ofreciendo refugio al otro. Son incapaces de respetar los tiempos ajenos y la privacidad ajena. Ante la menor señal de sufrimiento, comienzan a vender su producto: el ser refugio. Por eso se entrometen siempre con el ¿cómo estás?, te veo mal, ¿te sucede algo? Como todo hombre tiene algún problema, salvo raras excepciones, normalmente caen en la trampa del vendedor de refugio. No saben dejar al otro tranquilo en la privacidad propia, respetando algo que es muy educativo: sufrir solo. Esto, en la madre sobreprotectora, tiene consecuencias terribles, se entrometen absolutamente en toda la vida del hijo, sofocando de un modo absolutamente insano los espacios naturales de crecimiento. Esta intromisión termina desarrollando en el hijo el hábito no menos insano de llamar la atención para obtener refugio cada vez que está con dificultad. Los niños caprichosos, y los berrinches que crean para obtener lo que quieren, no son más que una consecuencia absolutamente lógica de la anterior intromisión.

Tienen también el modo de actuar del seductor, es decir, que no se espera con calma la posibilidad de que naturalmente se dé la empatía propia de la amistad, que es la base de toda relación de amor. En el caso del maestro o líder, éste no confía en que lo bueno que posee es atractivo por sí mismo, sin necesidad de subterfugios. Por el contrario, están siempre  tensos y atentos a los diversos modos de ganar el afecto del otro , a cómo seducirlo; en su interior son como leones rugientes buscando a quien devorar. En esto usan todos los medios fáciles de conquista del otro, propios del seductor, la adulación, la falsa comprensión, una falsa misericordia, el falso refugio, etc. Es por eso que carecen de la serenidad del auténtico maestro, que jamás es ansioso, sino que reposa en la bondad de lo que tiene para ofrecer, respetando siempre los tiempos del otro para poder reconocer esa bondad, y mucho más que los tiempos, la autodeterminación libre del otro en la búsqueda de aquello que es auténticamente bueno. El buen maestro también busca el amor del otro, pero sin ningún subterfugio condicionante de la verdadera libertad, siempre busca el amor del otro en el grado de pureza y libertad más alto concebible, que se manifiesta en la intención permanente de desplegar en el otro todas las riquezas posibles de su ser y de sus potencialidades.

Las personas de esta naturaleza, en cualquier tipo de vida que exija un nivel de sociabilidad humana alto, son altamente nocivas. Porque, de un modo casi patológico y al mismo tiempo extremadamente sutil, buscan establecerse como el centro de esa comunidad. Con su oferta de refugio están siempre a la búsqueda de la confidencia que crea un clima enorme de intimidad con el confidente, y también, en cierto modo, es creado un lazo de sujeción entre el confidente y aquél a quien le fue hecha la confidencia. Con esos lazos de sujeción, muy hábilmente, manipulan a las personas, porque, normalmente, se convierten en el último eje y referencial valorativo de aquél de quien extrajeron la confidencia. Como ellos mismos son el eje y referencial valorativo de todos aquellos que manipulan, se convierten también en los reguladores de la fama ajena, que normalmente tiene como regla de medida la proximidad a aquél que hace de eje valorador de tal comunidad. Entonces una persona es buena en la medida que es más fiel a ese eje valorador y comienza a ser mala en la medida que se aparta de ese eje valorador.  Por supuesto, una vez que se ha creado la telaraña de valorar la fama ajena en relación a sí mismos, esto crea un consenso comunitario altamente atractivo para cualquiera que forme parte de esa comunidad. Cualquier miembro desea evidentemente ser bien valorado en tal comunidad, sin embargo, invariablemente esa valoración está condicionada a la proximidad con el eje valorador y en la mayoría de los casos la mosca cae en la red. Por supuesto, como todo defecto, ésta es la cara negativa o la corrupción de algo bueno y deseable, que es la verdadera capacidad de ser padre, líder o maestro. ¿Cómo se distingue en este campo el orden recto del falso, que acabamos de exponer?Aunque es difícil de discernir en la práctica, por lo menos podemos dar los principios teóricos para distinguir un manipulador de un verdadero padre o líder. En primer lugar, el verdadero padre busca invariablemente el bien del otro, el manipulador usa el otro para sus propios intereses. Cuando el manipulador es muy hábil, esto sólo puede percibirse a través del infalible filtro del tiempo, y de la interpretación imparcial en el tiempo de dichas actitudes. Mirando atrás, habiendo mediado una buena cantidad de experiencia y tiempo respecto de esa persona, y por otro lado, siendo lo suficientemente imparcial y equilibrado para juzgar sus actitudes, es posible distinguir el oro de la hojalata. Otra característica para distinguir unos y otros, es que, en el verdadero padre, no existe una tensión excesiva en regular la fama ajena, el verdadero líder confía que la verdad de la realidad se impone por sí misma. Igualmente, hay una salvedad, cuando la fama o autoridad de una persona x constituye una grave amenaza para esa comunidad, es entonces que se ve obligado a actuar para defender el bien común, de todos modos esto último es dificilísimo de discernir, ya que el manipulador siempre cree que está defendiendo el bien común, cuando en realidad sólo busca sus propios intereses.  Otra característica para distinguir uno y otro es la apertura a las opiniones ajenas, normalmente, el manipulador es muy cerrado a todo lo que no sea su propio sistema y jamás escucha a nadie que no sea él mismo. En cambio, el verdadero padre reconoce sus limitaciones y está siempre dispuesto a escuchar, y esto quiere decir escuchar de verdad, es decir sopesando racionalmente las verdades del otro, y no apenas la coincidencia o no con el propio sistema. También se pueden distinguir ambos, en que el padre verdadero siempre está dispuesto a arriesgar y a apostar en el hijo si encuentra en él conversión verdadera, sin que importe la historia pasada con la que carga, siempre está pronto a matar el becerro cebado, para no sólo festejar, sino también, para dar una nueva oportunidad. En definitiva, siempre trata al hijo como persona libre y no como algo fatal y absolutamente predecible a causa de sus actos pasados. Por el contrario, el manipulador usa las personas como cosas, por tanto, no las respeta como tales, y tiene tanta confianza en el propio conocimiento de las personas, en el propio sistema de explicación de la realidad, que el espacio y el riesgo que deja para la libertad del otro es casi nulo. Es el tipo que siempre está convencido de que sabe hasta donde puede dar cada uno y usa, casi matemáticamente, ese “hasta donde” en beneficio de sí mismo. Extrañamente, también existen manipuladores que pueden caer exactamente en el desorden absolutamente opuesto. Es decir, en la ingenuidad e imprudencia de no considerar las limitaciones de una persona. Están siempre dando oportunidades como “si nada hubiese acontecido”, arrojan por la borda la experiencia real de esa persona, sobre la cual debe ser construida la mejora sin ingenuidades, dando espacios y consecuencias proporcionadas a esa experiencia real. Esto sucede también por demagogia, es decir, por necesidad de captar la benevolencia del otro, se interpretan sus actos pasados como si no tuviesen absolutamente ningún peso sobre la vida actual. Hay una necesidad de ser valorizado por el otro como el “padre bueno y generoso”; esa falsa generosidad degenera en la realidad, en perjuicio del hijo, porque no se ayuda a una corrección real de los problemas reales. El verdadero padre se encuentra en un equilibrio entre estos dos desórdenes opuestos. Ese equilibrio no está en el mismo plano que los desórdenes, está siempre en un plano superior; como tantas veces hemos repetido, es una dimensión distinta del interés propio, ese equilibrio se encuentra en el bien del otro en sí mismo.

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d- Susceptibilidad y femineidad en el modo de actuar:

La mujer posee naturalmente una capacidad mayor del conocimiento de las situaciones concretas, que se da por los valores percibidos de su aguda sensibilidad. Por el contrario, el hombre posee una capacidad mayor de resolución de cuestiones abstractas, y cierta ceguera o distancia de las cuestiones sensibles concretas en las que la mujer predomina. Esto  hace que, potencialmente, la mujer posea mayor capacidad de manipulación que el hombre, puede captar valores en situaciones determinadas que para muchos hombres quedan ocultos. Por eso también, las mujeres, normalmente, son más susceptibles que los hombres. En cosas más pequeñas y por cosas más pequeñas, pueden sentirse personalmente agredidas y afectadas, cosas a las que, muy probablemente, el hombre no daría ninguna importancia. En este caso que estamos analizando se da también una agudización de la percepción en esta dirección, así como la madre sobreprotectora es altamente susceptible y sensible a las reacciones del hijo. Por otro lado, en el caso del maestro y del líder, cuando son conducidos por un deseo insano de generación, adquieren también estas características naturalmente femeninas. Sucede que son empujados por el deseo de reconocimiento, entonces, todo lo que no sea reconocimiento, aún en un grado mínimo, es una herida y una agresión a su cualidad de padres, maestros o líderes. Entonces se puede observar que todo su comportamiento se reviste de ribetes altamente femeninos, a veces hasta el modo histérico de reaccionar es más susceptible que el de una mujer normal, como sucede también en el caso de muchos homosexuales, que poseen una sensibilidad hasta tal punto susceptible e histérica que supera morbosamente la sensibilidad de una mujer normal. Tampco es extraño que, en algunos casos extremos y patológicos, ese deseo de reflejarse en el discípulo lleve también a generar sentimientos homosexuales por esos discípulos. Ya que siempre el amor homosexual es un amor narcisista, no es un amar al otro en sí mismo, sino buscarse o proyectarse a uno mismo en un pretendido amor del otro, que es exactamente el caso que estamos estudiando.

Téngase en cuenta que esto lo escribí hace más de diez años y sin ningún caso piloto, Maciel, Karadima, u otro en vista, lo releo y me parece profético, a pesar de que odio el profetismo…

P y E

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e- El todo o nada en las relaciones:

Normalmente, este tipo de egocéntricos, son muy exigentes en sus relaciones. Esto sucede también en el egocéntrico infantil. Ese deseo de captar la atención del otro los lleva a ser muy absorbentes con el otro. Como sucede también con la madre sobreprotectora. También por el hecho ser absorbentes, los otros que están fuera de esa amistad, se vuelven una amenaza a la amistad propia. Como lo que se busca no es el bien del otro, sino, de algún modo, absorber su atención, cualquier otra persona que se aproxime de aquélla que constituye su refugio amoroso, se convierte en alguien amenazador, y puede desencadenar tormentas de celos exagerados. Esos celos desproporcionados son siempre señal de egocentrismo, porque se ha hecho del otro, no un objeto de amor legítimo, como un ser en sí mismo considerado, sino, muy por el contrario, un mero apéndice de sí mismo. No se valoriza ni se permite que pueda ser enriquecido por otros distintos de sí, él mismo se coloca como la única fuente de perfecciones para esa otra persona, limitándola evidentemente a sí mismo.  Por eso están siempre imponiendo exigencias sumamente radicales a los otros en sus relaciones, siempre exigen que el relacionarse con ellos sea todo o nada. Consecuencia de esto es que, muchas veces, como sucede también con los niños, las amistades pueden ser temporalmente muy intensas y una pequeña dificultad puede destruir la más intensa de las amistades. Les cuesta enormemente perdonar y volver a confiar en el otro, en el caso de que el otro de algún modo haya perjudicado la amistad, ya que ese otro deja de entrar en sus esquemas de todo o nada, son del tipo que no tiene grados, o te odia o te ama. Sin embargo, ese amor, aún mostrandose como intensísimo, es un amor narcisista, se ama al otro intensísimamente porque entra en mi sistema valorativo de la realidad, es decir que ese otro no traicionó en ningún punto, todavía, esa burbuja de valoración. Pero, cuando sucede esto último, y en algún grado, siempre sucede porque somos limitados, lógicamente la burbuja estalla, y el amado se convierte en odiado.

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f- La definición de sí mismos:

También, como en el caso del egocéntrico infantil, acostumbran a definirse a sí mismos en su papel paternal, sea delante de la propia imagen de sí, o, lo que es más grave, delante de los otros. Esto tiene las mismas dificultades que ya marcamos en la tipología anterior;  aquí también resaltaremos los réditos que se buscan con esta actitud. El más evidente es el rédito de respuesta ajena frente a la definición establecida; ellos procuran establecer claramente delante del mundo que son “padres” y, por tanto, que los otros respeten y reaccionen delante de ellos según esa definición dada de sí. Si observamos los padres que verdaderamente ejercen esa función, jamás tienen el vicio de estar definiéndose permanentemente como “padres”, simplemente ejercen esa función, y como la ejercen de verdad y no, por la exigencia de una “definición”, obtienen, con absoluta naturalidad, el respeto y obediencia que merecen por su condición de tales. En este deseo de establecer su definición frente al mundo, los padres, líderes, o maestros usan, no pocas veces, aliados que les hagan entender a los otros su “función” definida por ellos mismos. Estos aliados funcionan como propagandistas de la propia definición e inducen a los otros a aceptarla y a obrar conforme a ella. Evidentemente, esto genera un permanente conflicto tanto dentro de aquél que se define a sí mismo, como dentro de aquéllos que quiere someter bajo su definición. Porque el eje de equilibrio, que es el bien en sí mismo, tanto propio como ajeno, se perdió totalmente. Ahora todo está sometido al desquicio de un juego de poder basado en una insana hiperreflexión sobre las relaciones mutuas, y el deseo, consciente o inconsciente, de someter los otros a esa también insana definición de sí mismo. Evidentemente, “los otros”, de algún modo, perciben eso, y se resisten a entrar en el juego, generando permanentemente conflictos, agresión y angustia.

Conselheiro

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  1. #1 por helen acevedo lds el 22 febrero, 2012 - 9:14 PM

    esto nos enseña muchas cosas interesantes

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