SÍNTESIS

La historia de “Las cabezas trocadas” condensa los tres temas que ejercían una especial fascinación sobre Thomas Mann: la seducción por lo demoníaco, el encanto de la duplicación de imágenes y el de la eternidad de los renacimientos.
Se trata de un mito en el que dos jóvenes intercambian, por error, sus respectivas cabezas. El aspecto demoníaco está representado por una imagen materna superyoica y cruel (diosa-demonio) que, por sus características persecutorias, induce a una regresión acompañada de una intensa disociación cuerpo-mente manifestada por el fenómeno de la duplicación, como expresión de un profundo trastorno de la identidad.
La aparición de la mujer, imagen de la madre seductora y terrorífica, y la necesidad de enfrentar la situación edípica y de hacerse cargo de la paternidad sin haber podido elaborar el duelo por las pérdidas previas, amenazan el mantenimiento de las defensas,
conducen a la confusión y obligan a reforzar más aún la disociación.
Esta disociación, dramatizada por la decapitación y las identificaciones proyectivas por el trueque de cuerpos y cabezas, evidencia con máxima intensidad la perturbación de la identidad por la ruptura del vínculo mente-cuerpo y la enajenación de las partes disociadas y proyectadas.
A su vez, los cambios sufridos por los cuerpos, dada su enorme magnitud, atentan contra la posibilidad de restablecer el sentimiento de identidad, aun precario, que antes tenían.
El acontecimiento del trueque, que marca un momento límite en la regresión, lleva a un “renacimiento” en condiciones más patológicas y con funcionamiento de mecanismos más arcaicos.
Los personajes renacidos tienen características más explícitas de “doble”, uno para el otro, y su relación se torna más persecutoria.
La fantasía del continuo renacer tiene un contenido persecutorio claustrofóbico, pero T. Mann la desarrolla y elabora en un nivel simbólico adaptado a la realidad, sosteniendo la recurrencia de los mitos y lo arcaico que renace con cada ser y se repite a través de las generaciones.
Sin embargo, su insistencia en el tema de los renacimientos encubre una fantasía latente de inmortalidad que expresa el deseo de asegurar la continuidad de su identidad y ponerla a salvo de la “tentación demoníaca”, en realidad tanática, de perderse en “el otro” y perder la propia identidad.

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