La psicología del enemigo. Nuestros ‘traumas fundamentales’ y el uso kirchnerista que se hace de ellos.

Tema interesante para sacar conclusiones a nivel del uso que el kirchnerismo hace de nuestros ‘traumas fundamentales’.

POR ANA PRIETO

Experto en el comportamiento de grandes grupos humanos, el psiquiatra estadounidense de origen chipriota Vamik Volkan explica en este diálogo cómo los líderes políticos y religiosos pueden usar un “trauma escogido” para mantenerse en el poder o conservarlo, de la Guerra de las Malvinas al 11-S.

Estamos en Tbilisi, capital de la república de Georgia, asistiendo a la Segunda Conferencia Internacional sobre Salud y Derechos Humanos. No es caprichoso que esta pequeña ciudad del sur del Cáucaso sea la anfitriona del encuentro. Independizada de la Unión Soviética en 1991, Georgia tiene un largo historial de conflictos internos –y un muy reciente enfrentamiento con Rusia– que ha desgarrado las vidas de cientos de miles de personas y provocado masas de desplazados internos desde las regiones de Abjasia y Osetia del Sur, hoy territorios independientes de facto. La demanda de profesionales que pudieran trabajar en tratamiento psicológico y rehabilitación de víctimas de la tortura, del éxodo, y del sinnúmero de traumas que provocan los conflictos armados, ha convertido a Georgia en un centro importante en el tratamiento de la salud en relación a las violaciones a los derechos humanos.

Acaba de terminar la Conferencia Magistral más esperada del encuentro, a manos de Vamik Volkan, norteamericano de origen chipriota, psicoanalista y profesor emérito de psiquiatría de la Universidad de Virginia, cuatro veces candidato al Premio Nobel de la Paz. Su vasta carrera se ha volcado al estudio de la psicología de grandes grupos humanos, y a encontrar canales desde los que su disciplina pueda intervenir como factor crucial en las relaciones internacionales. Desde luego, no fue el primero en plantear la posibilidad: no muchos años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, Albert Einstein le preguntó a Sigmund Freud en una carta si esa nueva ciencia llamada psicoanálisis podría ofrecer respuestas que libraran a la humanidad de la amenaza de la guerra. Freud se mostró escéptico: poco iba a lograr esa ciencia fuera del plano individual. Y salvo los estudios sobre los sobrevivientes del Holocausto y sus descendientes, el psicoanálisis con frecuencia pasó por alto las experiencias de los pacientes en relación a traumas de raíz política, propios o heredados.

Sin embargo, algo contribuiría a virar la percepción diplomática sobre los conflictos internacionales: en 1977 el entonces presidente de Egipto, Anwar Sadat, dijo en Jerusalén que el setenta por ciento de los problemas entre árabes e israelíes eran psicológicos. Desde la Asociación Americana de Psiquiatría le tocó a Volkan y a su equipo descubrir si era cierto. Un campo de estudio se abrió ante él, junto con años de trabajo en la búsqueda de herramientas y recursos para promover el diálogo entre “enemigos”. En este sentido, una de las reglas de la psicología básica entre partes en conflicto consiste en que los “enemigos” terminan pareciéndose entre sí, como es el caso, ejemplifica, de Bin Laden y Bush. Durante su presentación en Tbilisi, llamada Trauma masivo en manos de “los otros” desplegó su definición de identidad de gran grupo como “la experiencia subjetiva de miles o millones de personas ligadas entre sí por un sentimiento de semejanza persistente”. Esa identidad, que puede ser tribal, étnica, religiosa, política, comienza en la niñez, se cristaliza en la adolescencia y no cambia nunca. Para explicarla mejor, Volkan acude a la imagen de una carpa bajo la que vive y se desarrolla ese gran grupo humano: su tela, a diferencia de la ropa que viste y que define a cada individuo, tapa laxamente los cuerpos, pero permite a quienes están debajo sentirse semejantes entre sí. Abordó además el concepto de “trauma escogido”: se trata de una representación mental común de un hecho histórico traumático. Puede ser una derrota, heridas abiertas, humillaciones. Y, en determinadas circunstancias, dice Vamik Volkan, los líderes políticos saben instintivamente qué trauma reavivar e inflamar y con qué fines, para que pase a ser una parte fundamental y urgente de esa gran tela.

¿Esto cuenta para todos los grupos humanos?

Donde quiera que vayas encontrarás este fenómeno. Los seres humanos somos iguales en todas partes. Cada cultura que haya sufrido un trauma en manos de “otros” se expresa de manera específica, pero también de maneras muy típicas. Te doy un ejemplo: en los años 60, los turcos desplazados de Chipre quemaron frazadas una vez porque se expandió el rumor de que habían sido fabricadas con telas griegas. Prefirieron pasar frío a cubrir su identidad con la del enemigo. Esa es una respuesta específica. Las respuestas típicas tienen que ver con el surgimiento de fundamentalismos, con mecanismos proyectivos en los que se acepta sin más lo que dice el líder, con pensamientos mágicos, con distorsiones de la realidad.

Cuando la última dictadura en la Argentina se tambaleaba, el presidente de facto Galtieri declaró la guerra a Gran Bretaña por las islas Malvinas. ¿Lo que hizo, según sus términos, fue activar un trauma escogido?

Los traumas ocurren pero no todos ellos se convierten en traumas escogidos. A menos que algo los marque como “especiales”. Argentina ya tenía el sentimiento histórico de haber perdido Malvinas. ¿Qué hizo la dictadura para inflar el sentimiento popular hacia la guerra?

Discursos enardecidos, el himno a Malvinas sonando por todas partes, un jingle que decía “Argentinos a vencer” y un eslogan: “Cada uno en lo suyo, defendiendo lo nuestro”.

Ahí está, defendiendo la carpa.

En ese entonces las Malvinas parecían un asunto olvidado…

No, evidentemente no había sido olvidado. En las sociedades hay marcadores, son como sellos, y los gobernantes y dictadores los conocen bien. Bajo tiempos de crisis, cuando es necesario reafirmar la identidad, algunos inflamarán el trauma para bien, y otros, como Milosevic, para obtener permiso para asesinar. Galtieri lo inflamó para asirse al poder.

Hace poco, varios de los peores criminales de esa dictadura fueron condenados a cadena perpetua. ¿Qué significa eso para las víctimas y para la sociedad?

Algo “inesperado” ocurrió al fin en su país y los descendientes de quienes fueron torturados y asesinados podrán ahora reubicar su proceso de duelo. Cuando alguien muere tras ser torturado, o si desaparece y no se sabe dónde está su cuerpo, los dolientes se sentirán desvalidos, desesperados, ansiosos y humillados, y no podrán completar su trabajo de duelo: quedan varados en una suerte de “duelo sin fin”. Si decenas de miles de personas en un país pasan por ese proceso, toda la sociedad se ve afectada y pierde lo que el psicoanalista Eric Erikson llamó “confianza básica”. Argentina perdió su “confianza básica” societal. Con estos criminales en prisión, los descendientes de las víctimas podrán finalmente encauzar y completar su trabajo de duelo, y el conjunto de la sociedad tendrá la posibilidad de desarrollar un nuevo sentimiento compartido de confianza básica.

Me gustaría que me hable de su concepto de regresión social.

Alguna vez lo usé como analogía de la regresión individual, pero ahora estoy tratando de encontrar otra palabra para definir lo que hacen a la vez millones de personas. Y no se me ocurre ninguna. La regresión individual, que supone volver a fases anteriores cuando no se puede lidiar con un conflicto, es altamente sofisticada. Las sociedades también vuelven al pasado, pero de formas más primitivas, están en un nivel relacional muy bajo, consumiendo constantemente toneladas inimaginables de propaganda. Estamos en el comienzo de una nueva civilización; la globalización y la tecnología de alto nivel nos influyen cada vez más y los sistemas de comunicación cambian: el suyo es diferente del mío y yo no entiendo a mis nietos. Y mientras tanto, hay un niño en India fabricando mis zapatos. Es horrible. Todo esto afecta las identidades alrededor del mundo. Y estamos muy lejos de aceptarnos los unos a los otros, como se ha clamado. De hecho, estamos en tiempos de grandes conmociones, y todos nos preguntamos quiénes somos ahora.

¿Se profundizarán a su juicio los fundamentalismos?

Cuando colapsó la Unión Soviética vimos que la identidad de los grupos sociales que la habían conformado era sobre todo de índole étnica: georgianos, bosnios, etcétera. Hoy tenemos grandes identidades religiosas. Y no sólo existe el fundamentalismo islámico. En los Estados Unidos hay un fuerte fundamentalismo religioso. Los fundamentalismos son absolutos y las fronteras psicológicas del grupo se vuelven inflexibles. ¿Cómo se resuelve eso? En varios libros escribí que el mundo estaba esperando un gran líder. Cuando Barack Obama asumió la presidencia yo tenía muchas esperanzas. Ya no. No sé qué pasará con nuestra civilización; tal vez con el tiempo esas fronteras se vuelvan más flexibles, pero lo que sé sobre la naturaleza humana me dice que eso será muy difícil.

¿El terrorismo suicida es una suerte de exacerbación de la identidad grupal?

El terrorista suicida toma la carpa de la que hablamos y se la pone encima, como una prenda. Los que yo estudié obran bajo la psicología de grandes grupos, nunca bajo la individual. En Palestina y en otros sitios escogían gente joven, humillada, vulnerable. Y durante dos años empujaban en ellos la identidad del gran grupo y extraían la individual. Lo hacen a la manera de la propaganda goebbeliana: repetir, repetir, repetir. Un joven suicida es un símbolo del gran grupo, y su acto terrorista atrae la atención hacia el grupo, no hacia el suicida. Sin embargo hay personas, incluso adultos, que quieren ponerse esa carpa por razones individuales. Como Mohamed Atta, que hundió el avión en el World Trade Center en setiembre de 2001. No lo hizo como individuo, pero por razones individuales quiso representar a ese grupo. Hay datos que muestran que esto ha ocurrido antes en la historia; es algo endémico. Por motivos así necesitamos estudiar la psicología de los grandes grupos, para entender determinados patrones individuales de comportamiento.

¿Y qué hay de Anders Breivik, que mató a decenas de adolescentes el año pasado, en Oslo?

Eso es distinto. Ese hombre es un asesino serial y sus razones son por completo individuales.

Dijo que había cometido esos actos en nombre de “la identidad europea”, y en contra del multiculturalismo.

Sí, de una identidad que existía sólo en su cabeza. Utilizó su propia fantasía de gran grupo, pero no era un sentimiento societal. Y diré más: para ser un terrorista suicida no hace falta estar tan loco como Breivik.

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